Opinión | Crónica Política

Javier Sánchez de Dios

Los acuerdos

Hay veces en que la Unión Europea parece menos unida de lo que pregonan algunos de sus miembros. En concreto, y para escoger como muestra basta el botón más reciente: la aprobación de los socios de una serie de medidas para proteger el medio ambiente y en especial el marítimo. Con efecto más que negativo para la pesca, resulta de lo más curioso que el voto decisivo para la aprobación de las normas a estrenar fue el de Austria, que como todo el mundo sabe carece de litoral después de su derrota en la Primera Guerra Mundial. También el de Bélgica, que no es precisamente un país dedicado a la extracción de pescado.

El acuerdo que pretende, al menos en teoría, defender las especies en peligro de desaparición, tiene además un carácter de reparación de los daños. Dicho de otra manera, los países que utilizan o utilizaron zonas consideradas como prácticamente agotadas tendrán que hacerse cargo de su repoblación y su cuidado. Eso implicará una inversión a mayores que aún está por determinar, y que “castigará” a aquellos países teóricamente responsables de los daños en el medio ambiente. Nada se dice, o muy poco y de forma indirecta cómo afectará a la parte social de la actividad pesquera.

Por lo tanto tampoco se sabe si habrá o no ayudas a quienes hayan de gastar fondos de sus presupuestos en la tarea obligatoria a la que ahora se les insta. El resultado siquiera a primera vista podría ser para los escépticos a cerca del cambio climático un argumento más para criticar las políticas conservacionistas, pero, salvo cambios de última hora, el nuevo reglamento es cosa votada, y por tanto aplicable en cuanto se haga oficial. No levantará entusiasmo en parte de la opinión pública, pero habrá que esperar a lo que llaman “la letra pequeña” para saber con exactitud que efectos tendrá.

En todo caso, y volviendo al introito, lo de la Unión es discutible –y discutido– en los sectores aquí más afectados, como pueden ser la pesca y el rural. La primera, porque la UE en ese aspecto no ha hecho mucho más que reducir el tamaño y la capacidad de las flotas gallega y española. De varios modos posibles, pero sobre todo estableciendo acuerdos con países ricos en capacidad pesquera que son extraordinariamente lentos a la hora de su aplicación, o que aún están pendientes de ella. El último ejemplo es el de Guinea, pero antes pueden citarse los de Marruecos, Namibia y Mozambique.

Estas citas no se agotan en el litoral africano. También en el Atlántico sur, y específicamente en aguas de Malvinas, donde los recientes líos dialécticos entre los presidentes de Argentina y España han complicado, y mucho, la renovación de acuerdos y cuotas entre los dos países. Es otra muestra más de que quienes, por ejemplo en Galicia, se dedican a las capturas marinas o después a su transformación, apenas cuentan en la lista de prioridades del oficio político. La prueba es que en los parlamentos tampoco existen acuerdos para cambiar esta situación. Y eso si es triste.

Suscríbete para seguir leyendo