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Penúltima vuelta de tuerca a la ABAU

Un examen en la ABAU en el campus universitario de la UVigo en Pontevedra.

Un examen en la ABAU en el campus universitario de la UVigo en Pontevedra. / Gustavo Santos

Más de 13.000 jóvenes gallegos afrontaron hace unos días los exámenes de la selectividad, redenominada ABAU (Avaliación de Bacharelato o Acceso á Universidade). Los resultados confirmaron el dato que marca la tendencia desde hace años: el porcentaje de éxito alcanza ya el 96%, una tasa que en román paladino significa aprobado general. Si a esto le añadimos que tras la pandemia –y la dulcificación del modelo– las calificaciones han experimentado una notable mejoría, deberíamos matizar el mito de la extrema dificultad. El lobo no es tan fiero como se pinta.

Sin embargo, la mejoría en las calificaciones no ha acabado con la controversia de esas pruebas, sino que ha cambiado de escenario: porque superar hoy la ABAU, aun con solvencia, no garantiza poder cursar la carrera que uno desea. El problema ya no está en pasar el corte de la selectividad –eso lo hacen todos–, sino en si el estudiante podrá matricularse en su primera opción de carrera. Y lo cierto es que la cosa aquí se complica sobremanera. Conclusión: la selectividad sigue seleccionando, pero ahora lo hace de otra manera. Ya no determina si el joven se queda dentro o fuera del sistema universitario –todos entran–, sino si podrá matricularse en su titulación supuestamente vocacional.

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Me apunto

Nuestro sistema educativo se caracteriza en estos tiempos por ser víctima de una burbuja de notas altas. Casi la mitad de los estudiantes que se presentan en España a la selectividad tienen una calificación media en Bachillerato de entre 8 y 10. Pensemos que hace una década el porcentaje era el 27%. En Canarias, Murcia o Andalucía la tasa de sobresalientes es de uno de cada cuatro alumnos. Recordemos que el expediente de Bachillerato pesa un 60% de la nota de acceso a la universidad; el 40% restante corresponde a la ABAU.

Ese globo de notas altas se ha visto en los últimos años impulsado por una selectividad más asequible. Desde la pandemia el ministerio ha estado concediendo más facilidades a los alumnos, que pudieron elegir aquellas preguntas en las que se sienten mejor preparados. Esa ampliación de la optatividad se tradujo en mejores calificaciones. Así, los sobresalientes crecieron un 90% desde 2021. Este modelo blando se acaba este año.

La primera consecuencia es que con calificaciones tan elevadas las notas de corte en las titulaciones se han puesto por las nubes. La segunda es la dificultad para identificar a los alumnos genuinamente sobresalientes. Salvo que aceptemos –que es mucho aceptar– que la educación española, y la gallega, está viviendo una edad dorada de generaciones de estudiantes brillantes. El tercer efecto es que el notable se ha convertido en la nueva normalidad y el suspenso en un rara avis. Como el sistema de corrección también cambia en función de las comunidades –en unas es más laxo y en otras más estricto–, la confusión es total. A igual conocimiento, el sobresaliente de Asturias o Canarias es el notable de Galicia.

El tsunami de sobresalientes es justamente lo que impide a muchos estudiantes tener garantizada la titulación que ansían. Esto produce frustración, sobre todo en aquellos que manifiestan una sincera vocación y unas buenas notas pero no lo suficiente –por unas décimas quedan excluidos–. Los alumnos más afortunados –con recursos económicos familiares– siempre podrán salir a una universidad extracomunitaria, pública o privada. España cuenta con casi 90 universidades, más de un tercio privadas. En total se imparten más de 9.100 titulaciones con el doble grado como estrella emergente. El dato es escalofriante. Con las solicitudes de creación de nuevas universidades pendientes de resolver, pronto tendremos dos por provincia. Otra burbuja difícil de sostener.

Y si el mercado nacional es insuficiente, siempre está el europeo. Por ejemplo, los jóvenes gallegos que, rechazados en Santiago, cursan Medicina en países del este ya no son una excepción. Y es que haciendo cuentas casi sale más económico estudiar en Polonia que en Madrid o Baleares.

Si la competitividad es brutal, la situación se puede complicar más. Porque las bonificaciones pospandemia llegan a su fin. El próximo curso la selectividad sufrirá cambios. Será más competencial y menos memorística. Se penalizarán las faltas de ortografía y la presentación. No habrá posibilidad de excluir temario y se acabaron los exámenes a la carta. Todo esto exigirá un rediseño de las pruebas y de la organización de las clases en función de los nuevos criterios. Los alumnos y los profesores se encontrarán en un territorio desconocido de resultado incierto.

El Gobierno ha ido retrasando hasta esta semana los cambios a la espera de un momento adecuado que nunca parecía llegar. En todo caso, el parto tampoco ha sido espectacular. Se mantiene en lo esencial el formato que existe desde hace medio siglo. Ni tampoco cuenta con el deseable consenso. Porque las once comunidades gobernadas por el Partido Popular se han desmarcado y presentarán lo que consideran la buena selectividad. Si bien prometen homogeneizar contenidos, criterios o fechas de celebración, ya veremos en qué queda.

Mientras esperamos acontecimientos, lo cierto es que unos y otros deberían de dejar de jugar con la selectividad y utilizarla como arma arrojadiza. La cuestión de fondo es si todavía es un instrumento eficaz. O si necesita una reformulación valiente que debería arrancar en el Bachillerato. La ABAU, sobre todo en determinados territorios, es un coladero. Selecciona poco y mal. Es injusta por discriminatoria.

Los propios profesores y expertos educativos admiten que lo que estamos viviendo ahora –esa fiesta del sobresaliente– no se ajusta a la realidad de las aulas. Ni al conocimiento real de los alumnos. Más bien responde a una política buenista y protectora con la que se procura no frustrar al estudiante en su etapa de bachiller y que sean otros más adelante –con suerte en la universidad, sino el propio mercado laboral– los que lo pongan en su sitio. Los que los bajen a la tierra. Así, en no pocos casos la burbuja de bachilleres brillantes se acaba pinchando. Siguiendo por este camino, el concepto de excelencia acabará degradándose hasta confundirse con el de normalidad.