Opinión

La palabra, ese milagro (y II)

Es evidente que la sola articulación del sonido no bastaba para el acto creador de la palabra; esta solo merece tal nombre si está vinculada a una idea; era precisa una evolución del cerebro que propiciase esa correlación, pues la palabra no es sino el ropaje con el que el pensamiento se exterioriza. Entonces, en su origen están implicados no solo los mecanismos de fonación y audición, sino también alteraciones morfológicas en el hemisferio izquierdo y en las conexiones nerviosas del cerebro, ese prodigio que permite el pensamiento y el raciocinio. Fue Darwin quien dijo que lo que caracteriza al hombre no es la capacidad de articular sonidos, sino que sea capaz de unir sonidos concretos con ideas concretas.

Me pregunto a qué innato instinto puede responder el hallazgo del lenguaje y, más concretamente, el de la palabra. El instinto de conservación nos empuja a la búsqueda de comida, actividad perentoria que debió consumir gran parte del tiempo del hombre primitivo. La llamada del sexo responde al instinto de continuidad de la especie. ¿Y el habla? ¿Qué instinto nos ha llevado a crear el lenguaje de palabras? ¿La necesidad de comunicación y relación con los demás miembros del grupo? ¿Hay acaso un impulso misterioso y recóndito que impele al desarrollo del intelecto? ¿Hay un “instinto de civilización”?

Los especialistas no acaban de saber exactamente por qué el género Homo ha sido el único en el reino animal que desarrolló y en el que maduró una compleja y formidable maquinaria con capacidad para pensar como es el cerebro. En el espacio de unos dos millones de años se produjo un florecimiento y despliegue descomunal de las redes e intercomunicaciones neuronales cuya causa es hoy por hoy desconocida. Se cree que hay un momento en que se produce una revolución cognitiva, una suerte de detonación del intelecto que coincide con el uso de herramientas, pero que algunos asocian a una mutación genética que afectó de modo profundo a las conexiones cerebrales.

Ahí se enmarca el nacimiento de la palabra, en un momento y en un rincón del planeta desconocido. Seguramente, nuestros ancestros usaron primero palabras sueltas para, en un ejercicio adánico, dar nombre a las cosas, llamar a los suyos, avisar del peligro o celebrar el éxito de la caza; seguiría luego el encadenamiento y combinación de palabras para formar oraciones sencillas.

" ¿Hay acaso un impulso misterioso y recóndito que impele al desarrollo del intelecto? ¿Hay un 'instinto de civilización'? "

Es llamativo que en el evangelio de Juan empiece diciendo que en principio fue el Verbo, y verbum es la palabra, que en el texto griego se traduce como logos, y aunque lo que sigue a continuación (“y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios…”) me resulta ininteligible, es lo cierto que el ideario cristiano atribuye al verbo una dimensión divina (se identifica con Jesucristo), portentosa, milagrosa, asociada al principio de todas las cosas. Tal vez porque con la palabra nuestro lejano ancestro se hizo en verdad hombre en su dimensión más honda. Tal es la palabra, milagro del hombre, de la naturaleza, de la genética, pero milagro al fin que ha llevado al género humano a muy altas cotas.

Y la sociedad, que es tan dada a reservar fechas para la rememoración de efemérides destacadas en la historia de la humanidad, no la tiene para conmemorar el día ignorado, perdido en el océano interminable de los tiempos, en que el hombre, alumbrado por un destello de creatividad divina, inventó la palabra.

Como desconocemos cuándo ocurrió tal prodigio, quiero suplir esa ignorancia dejándome llevar por la fantasía, una fantasía que pretende ser alegoría. Sé que no acierto en el vero, pero cifro mi esperanza en el ben trovato. Quiero imaginar al hombre primitivo urgido por la sed, tras larga caminata en busca de alimento, inclinándose sobre el agua de la charca; se ve reflejado en ella; se mira atentamente, y reconociendo su imagen en el agua pronuncia un vocablo sonoro, ronco, profundo, que suena como un “Yo”. Luego ve que la imagen de su compañera se asoma también al espejo de la charca para aparecer junto a él. Levanta la vista, se gira hacia ella, la mira a los ojos, la señala con el dedo, y de nuevo un crujido salido de lo más profundo de su garganta suena como un leve envite de la voz un “Tú”. No lo sabía, pero con esos dos monosílabos acababa de nombrar dos universos.

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