Opinión

La palabra, ese milagro (I)

La palabra es luz, sí

Pedro Salinas (Defensa del lenguaje)

Conservo, afortunadamente, una capacidad de asombro casi infantil. Aún más, la cultivo y hasta la vivo con cierta delectación. Me admira la grandeza de lo pequeño y cotidiano cuando descubro la entraña de su origen. Nuestra vida diaria está colmada de logros ocurridos hace miles o millones de años; hoy nos parecen capacidades o habilidades absolutamente naturales, espontáneas, y hasta banales, pero significaron en su día un salto hacia adelante de importancia descomunal en la evolución de la especie humana. Me sobrecoge y maravilla pensar que cada uno de esos avances, determinantes de lo que hoy somos, ha sido producto de una muy lenta y compleja evolución de miles y miles de años hasta dar en lo que hoy somos. Pensemos, por ejemplo, en el momento en que nuestros lejanísimos ancestros decidieron abandonar su vida arbórea para descender a ras del suelo, iniciar la bipedestación y erguirse; fue este un cambio de tal magnitud que requirió del paso lento de milenios, durante los que se fueron produciendo cambios radicales y decisivos en su modo de vida, en la osamenta, conformación de las extremidades, alimentación. Representamos el estado actual de una prodigiosa y milenaria transformación del más singular habitante del planeta. Y sin duda estamos en tránsito hacia otras cuyos efectos no veremos nosotros, ni siquiera las generaciones de varios siglos posteriores. El concepto, la idea de evolución y progreso en la naturaleza es de una parsimonia imperceptible en el curso de las generaciones, es la historia que gobierna la evolución de la naturaleza y del universo que se mueve a cámara hiperlenta y que necesitó miles de millones de años para ir conformándose tal como hoy aparecen. Partimos de un ancestro común del ser humano y del chimpancé que vivió hace seis millones de años; largo tiempo de evolución y transformación hasta que aparece en África el Homo sapiens hace doscientos mil años.

Pero ahora me quiero referir a un acontecimiento extraordinario, milagroso, inexplicable y misterioso, sobre el que los propios especialistas no logran ponerse de acuerdo. Me refiero a esto mismo que estoy haciendo ahora, este ejercicio de escribir y encadenar palabras, como también el de pronunciarlas oralmente, algo tan cotidiano y sencillo, tan natural, tan nuestro. Es obvio que el ser humano no apareció sobre la faz de la tierra expresándose ya mediante el habla. Y me refiero a la palabra, no al lenguaje. Lenguaje, en el sentido de habilidad comunicativa, tienen los animales, lenguaje o protolenguaje tuvo el hombre primitivo, una herramienta interactiva de signos o sonidos, pero anterior a la palabra. Esta ha sido una creación genuina y exclusivamente humana, y tan distinta, dice Noam Chomsky, que no se explica por los mecanismos evolutivos convencionales. Para otros, la adquisición de esa capacidad tan singular como es el lenguaje hablado, es el producto de la confluencia de alteraciones genéticas y selección natural. En cualquier caso, la adquisición del habla supone la culminación de un proceso largo y complejo hasta que nuestros ancestros empezaron a articular palabras, acaecimiento prodigioso que llevaba en sí el germen de la civilización.

"La adquisición del habla supone la culminación de un proceso largo y complejo hasta que nuestros ancestros empezaron a articular palabras"

Se reconstruye el origen del universo con la teoría del Big Bang, pero desconocemos el momento histórico del origen de la palabra, tal vez la creación más portentosa del ser humano, y, desde luego, la más genuina, la que, con distancia sideral, nos eleva por encima de toda otra especie animal. Y es que la investigación sobre el nacimiento del lenguaje choca con una dificultad extraordinaria: ni el habla ni el cerebro se fosilizan. Por eso, solo se puede ir reconstruyendo el nacimiento del habla a través de pruebas indirectas, como, por ejemplo, el crecimiento de la masa cerebral.

Ese progreso de dimensión milenaria supuso alteraciones en la morfología de determinadas áreas del cerebro, concretamente del hemisferio izquierdo, donde anidan las áreas que gobiernan el lenguaje: su centro receptor (área de Wernicke) y el centro motor (área de Broca). El examen de cráneos del Homo erectus de hace cuatrocientos mil años revela que ya entonces se habían desarrollado aquellas áreas rectoras del lenguaje y, además, su anatomía presentaba ya las condiciones para articular sonidos.

Lo que entendemos por lenguaje de la palabra, con gramática y sintaxis, se produjo, al parecer, hace 50.000 o 60.000 años; pero este momento no era sino la culminación de un proceso de espesa morosidad de tal modo intrincado que se pierde en la oquedad inmensa y desconocida de la historia de la humanidad a lo largo de tantos miles de años de silencio y opacidad.

En esa gradual evolución, habrán estado implicados también los órganos de fonación y audición, y alguna mutación genética. Algunos científicos dicen que el paso del protolenguaje al lenguaje mediante la palabra fue debido a una mutación del gen FOXP2. ¡Asombroso! Y lo es más si reparamos en que, al parecer, tal innovación tuvo lugar entre cincuenta y cien mil años atrás en un lugar no precisado, pero que se sitúa en el África oriental.

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