Opinión | EDITORIAL opinion@farodevigo.es

El naval va bien, pero puede ir mejor

Jornada inaugural de la Feria Internacional de la Industria Naval, Navalia, en el Instituto Ferial de Vigo ( Ifevi).

Jornada inaugural de la Feria Internacional de la Industria Naval, Navalia, en el Instituto Ferial de Vigo ( Ifevi). / Marta G. Brea

Tradicionalmente, una suerte de malditismo ha recaído sobre dos de los grandes motores económicos de Vigo y su área. Un infortunio, con raíces complejas y a veces de difícil explicación, que hacía que casi nunca hayan estado alineados en los tiempos de bonanza, pero que al mismo tiempo se han convertido en una tabla de salvación en los momentos de crisis. Porque mientras uno entraba en depresión, el otro asomaba la cabeza para tirar de la actividad. En efecto, cuando automoción y naval se han encontrado en sus trayectorias ha sido generalmente porque uno subía y el otro descendía. Uno se convertía en el puerto refugio de los trabajadores excedentes del otro y viceversa... hasta ahora.

Porque en los últimos años la economía viguesa está disfrutando de una sintonía entre ambos sectores. La planta que tiene Stellantis en Balaídos es la mejor del grupo en el mundo, la más eficaz y eficiente. Y esto en un universo tan ultracompetitivo tiene un valor extraordinario. Pero Stellantis es lo que es porque a su alrededor existe toda una constelación satelital de empresas proveedoras de primer nivel. Esperemos que todo este microcosmos se pueda mantener con la inminencia del vehículo eléctrico, aunque como ya hemos advertido en esta misma sección editorial, negros nubarrones se ciernen en el horizonte en forma de pérdidas de contratos. Carlos Tavares, el patrón de Stellantis y un directivo obsesionado con la eficiencia y el low cost, ha señalado a Marruecos como su nuevo gran proveedor.

Imagen

El boletín del director

Si quieres recibir este análisis de la actualidad cada viernes en tu correo tan solo debes activar este boletín en nuestra página web

Me apunto

La Xuntaanunció un primer plan de choque –porque se necesitará un esfuerzo mayor– para intentar parar un golpe que podría ser dramático en forma de destrucción de empleo y pérdida irreparable de tejido industrial. Ojalá que, como mantiene el Gobierno gallego, todavía estemos a tiempo de revertir una situación más que preocupante. Las dudas son cada vez mayores, porque cada semana publicamos nombres de empresas, algunas icónicas, que se están quedando descolgadas del coche eléctrico y cuyo futuro pinta mal.

A la espera de que las medidas de choque funcionen, el motor de Vigo todavía carbura. Y también lo hace el naval, un sector que forma parte del ADN de nuestro territorio, sin el cual es imposible entender su crecimiento y bienestar. Hace unos días la portada de FARO se abría con un titular que sintetiza bien el momento por el que pasa esta industria: “El naval blinda contratos por 175 millones en el mejor inicio de año desde 2008”. Con los siete pedidos cerrados en 2024 los astilleros de la ría están construyendo 32 barcos, la mayoría para armadoras extranjeras.

Esta situación de bonanza –que se traduce en empleo y facturación– permite además a las auxiliares diversificar más su oferta en mercados y segmentos. Buques para investigación oceanográfica, militares, pesqueros, yates de superlujo, de logística, offshore... las atarazanas de la ría son capaces de hacer real cualquier proyecto por complejo que sea en unos costes razonables. Esto explica que países tan diversos como Nueva Zelanda, Suecia, Estados Unidos, Islandia, Francia, Reino Unido, Uruguay o la Polinesia Francesa apuesten por la industria viguesa, que se ha ganado a pulso fama de seria, competente e innovadora.

La reciente feria Navalia, un buen termómetro para medir la salud del sector, ha confirmado el optimismo que reina en un gremio no demasiado proclive a exteriorizar ese ánimo positivo.

Sin embargo, la experiencia enseña que cuando las cosas van bien, en lugar de quedarse estático a disfrutar del momento, hay que seguir dando pasos para que no sea una etapa episódica coyuntural. Se trata de robustecer los pilares sobre los que se asienta el sector, profundizando en las virtudes y corrigiendo deficiencias. Las empresas saben bien cómo hacerlo, porque son muy conscientes de que los errores graves se pagan a un precio muy alto. No hace falta dar nombres de grandes astilleros históricos que hoy solo forman parte de la leyenda del sector, es decir, son páginas de un pasado glorioso.

Sin embargo, en ese camino el talento, esfuerzo y dedicación no son suficientes. Hace falta más, un plus. El naval se mueve en un océano extraordinariamente competitivo y sus principales rivales no son empresas, sino países, con la superpotencia china al frente.

De ahí que en Navalia los grandes actores hayan urgido al Gobierno a implementar un Perte (Proyectos estratégicos para la recuperación y la transformación económica) de verdad. El primero, resuelto en diciembre, se quedó extremadamente corto –apenas 80 millones– y defraudó las expectativas de las empresas, la inmensa mayoría de las cuales se quedaron al margen. Y no solo eso: el mecanismo de asignación ha impedido encontrar esa capilarización de los fondos públicos en las auxiliares que, sin ninguna duda, son las responsables de las grandes innovaciones de nuestros barcos. Por ello ahora apremian un segundo plan que supere los 300 millones de fondos europeos pendientes de convocar.

Debe ser un Perte dialogado con la iniciativa privada para que sea útil y eficaz. Un Perte inclusivo, que busque sumar al mayor número de actores. Y un Perte abierto. En este sentido, es clave que entre las actividades financiables se incluya la formación, una de las grandes debilidades de la industria.

Hoy el naval no carece de contratos ni de infraestructuras y medios punteros. Todo lo contrario. Pero sí le falta mano de obra cualificada. En un país con una de las tasas de paro más altas de Europa, el sector demanda miles de trabajadores para poder atender los contratos. Con el envejecimiento de las plantillas y las jubilaciones, el problema se agrava. La falta de mano de obra es un lastre pesadísimo que limita el desarrollo de la industria. Hasta ahora las medidas adoptadas han sido claramente insuficientes. Hace falta un nuevo impulso para dotar de talento y manos a los astilleros. Con una campaña de formación y concienciación entre nuestros jóvenes, muchos de ellos desnortados sobre su futuro laboral. Y también buscando fuera lo que aquí no se encuentra.

"Hace falta un nuevo impulso para dotar de talento y manos a los astilleros. Con una campaña de formación y concienciación entre nuestros jóvenes, muchos de ellos desnortados sobre su futuro laboral"

Al margen de las administraciones, también el propio sector tiene deberes por delante para neutralizar esta debilidad. La construcción naval ha sido tradicionalmente cíclica, y la estructura de producción ha provocado cientos de despidos cada vez que asomaban épocas de vacas flacas. Nadie va a retornar a nuestras gradas si no tienen garantías de estabilidad laboral. Las auxiliares, con su diversificación, se están preparando para ese eventual escenario de baches. Pero los astilleros tienen una responsabilidad también, y es la de no dejar en la estacada, cuando vienen problemas, a todo el ecosistema de proveedoras que los han hecho (y los hacen) competitivos. Que errores de gestión en las atarazanas se lleven por delante auxiliares de primer nivel, como ha sucedido ya, no debe volver a suceder.

Galicia, particularmente el sur, no puede permitirse desperdiciar una oportunidad histórica. Una vez más el naval vuelve a mostrar todo su músculo y unas perspectivas esperanzadoras. Y decimos otra vez porque el sector ya ha vivido años de esplendor, marcando hitos en el mundo, unos tiempos brillantes que fueron desaprovechados. Fabulosos astilleros acabaron convirtiéndose en cementerios industriales. Esperemos que, por fin, unos y otros hayan aprendido la lección.