Opinión | Cuaderno de bitácora

La pereza

Pereza y adolescencia: ¿estarán unidas?

Pereza y adolescencia: ¿estarán unidas? / FDV

Si alguno de ustedes es de la generación que leía los libros de Barco de Vapor, de SM, a lo mejor les suena algo lo que les voy a contar. Me refiero a aquellos tiempos en que se cambiaba de color en aquella serie de libros, algo que creo que siguen haciendo: del azul al naranja y, de ahí, al rojo, según la edad. Como si se fuese ascendiendo con los colores de un cinturón de taekwondo, los pequeños lectores nos íbamos ganando el derecho a avanzar de graduación y de nivel de lecturas.

Ahora, de aquellos tiempos creo que Barco de Vapor solo debe conservar a Fray Perico y su Borrico, El Pirata Garrapata y algún que otro infalible más, pero yo recuerdo otra historia de la colección naranja: Las aventuras de Vania el forzudo. Se trataba de un muchacho extremadamente vago, que nunca quería hacer nada, y que un buen día recibe las instrucciones rarísimas de un personaje misterioso, conforme debe seguir vagueando hasta el extremo para, después, hacer muchísimas cosas y así lograr ser zar de un reino lejano. Yo pensaba que aquel reino debía llamarse “Vagolandia” o algo por el estilo, y no le veía sentido alguno a aquella historia. Sin embargo, Vania, el protagonista, estuvo encantado de estar siete años rascando la barriga y sin decir ni una palabra, solo con la promesa de ser después alguien importante, reconocido y poderoso.

Esta semana he recordado al protagonista de esta historia, que se publicó en 1968 por el autor checo Otfried Preussler, cuando tuve que llevar en Vigo a mi hijo adolescente a un centro comercial un sábado por la tarde. Sí, a un centro comercial, ya saben: esa nueva e inexplicable fuente de diversión para los chicos y chicas de 13, 14 y hasta 15 años. El caso es que, en un alarde de amabilidad maternal, le propuse a mi hijo que avisase a cuantos más amigos mejor, que yo llevaría a todos los que entrasen en el coche, cumpliendo después con la debida “devolución” a sus familias. Con la rapidez de un rayo celeste, los whatsapps volaron en una y otra dirección y las llamadas se sucedieron en un despliegue militar que jamás he visto cuando he solicitado que se recoja la habitación, por cierto. Para mi sorpresa, pude escuchar con claridad cómo uno de los amigos de mi hijo decía: “¿Al centro comercial? ¿Ahora? No, qué pereza. Yo no voy”. Y ustedes dirán: el muchacho tenía razón, a quién se le ocurre. Un centro comercial un sábado por la tarde… No saben lo de acuerdo que estoy. Sin embargo, mi estupor no provenía de ese punto: el niño en cuestión no estaba jugando al fútbol, ni viendo una película, ni montando a caballo ni haciendo surf. Tampoco leía, ni dibujaba, ni estaba con su novia o con otros amigos. El muchacho renunciaba a salir de casa, a ver el sol, aunque fuese el de un centro comercial, porque estaba jugando al Fornite. Le había dado pereza mover un solo músculo que no fuese el de sus manos gestionando los mandos de la XBOX, en definitiva.

Podría haber dado igual que sus amigos hubiesen decidido ir a jugar al golf, a tomar un helado a la playa de Samil o a charlar a un parque. La pereza abarcaba su mundo, porque el adictivo espacio virtual ya lo ofrecía casi todo. Al igual que a Vania el Forzudo, algo o alguien le ha dado a entender a nuestros chicos que ahí sentados, sin vivir, el día de mañana podrán ser grandes hombres: zares, youtubers, guaperas de la televisión, futbolistas millonarios y triunfadores de la vida.

Hay algo que estamos haciendo mal, muy mal, para que los jóvenes no entiendan que solo su comportamiento, y sus hábitos, formarán el carácter que determinará su destino. Ojalá la pereza no lo contamine todo; a Vania le salió bien la jugada, pero su historia solo era, en definitiva, la fantasía de un cuento.   

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