Crónica Política

Aviso oportuno

Javier Sánchez de Dios

Javier Sánchez de Dios

A primera vista, por lo menos, no parecen haber causado efecto las declaraciones del presidente de la Eurorregión Galicia/Norte de Portugal, que acaba de afirmar en FARO de VIGO que hay que estrechar lazos para “conseguir inversiones”. Lo que no sólo es verdad, sino que probablemente el señor Cunha se quedó corto. Al menos en lo que le toca a la parte gallega: su señoría hubiese podido elevar su observación hasta el nivel de queja, porque es cierto que en lo que respecta a la parte galaica, el Ejecutivo autonómico apenas ha movido pieza.

Ítem más. En algún caso concreto, ni siquiera convocó a representantes lusitanos para analizar –o debatir– asuntos de tal interés mutuo como el retraso fantasmal del Corredor Atlántico o, todavía peor, la ausencia fáctica en lo de ese tramo de AVE Vigo-Oporto, se refiere. Se trata del lado español, que aparenta el cuento de nunca acabar, y se dice “fáctico” para que se entienda mejor que hasta el momento aquí nadie ha pasado de las palabras a los hechos, y la Xunta tampoco parece muy interesada en sumar fuerzas para que el asunto se mueva.

Se ha dicho, y más de una vez, que a la Eurorregión “le falta gente”. O sea, que necesita atención no sólo por sus habitantes, sino también por los gobernantes, los medios de comunicación y, en todo caso, también por los empresarios. Es en ese sentido como podría deducirse –bien que en interpretación libre– lo afirmado por don Antonio que no sólo tiene mucho de cierto, sino aún más de arriesgado: hay que eliminar la idea de que Galicia y la región Douro están en el fin del mundo... O, dicho de otra manera, para que no se considere en tal lugar a todo el Noroeste. Por eso no es mala idea contar con Castilla y León y con Asturias. Y no solo para aumentar el espacio regional, sino la influencia.

Conste que hay otros elementos, y motivos, para atender lo dicho por el presidente eurorregional. Y no sólo por la potencia económica que ese Ente puede alcanzar –y si se tienen en cuenta por ejemplo las capacidades energéticas en renovables, más todavía– sino por la existencia consolidada y eficaz de un Eixo Atlántico que ha sentado lazos más que positivos a nivel de municipios y con acceso al entorno gubernamental en Lisboa. Y en la Europa que viene, ampliada y más cohesionada que hasta ahora, nadie estorbará para tener en cuenta y valorar como se debe no sólo a la Unión y sus Estados, sino también a las regiones. No hacerlo, y desmerecer su papel, sería un grave error, además de una insensatez.

Con estos argumentos, y unos cuantos más que podrían añadirse, los que sustentan la reflexión de que la Xunta debiera estrechar más sus lazos de vecindad, a la vez que reflexionar sobre las posibilidades de acciones conjuntas en la Eurorregión que, por ejemplo, podrían resolver problemas a sus habitantes a la vez que mejorar –y abaratar– algunos servicios públicos. Y no sólo eso: los contactos frecuentes, habituales, generarían un mayor y mejor conocimiento mutuo y el abandono definitivo de antiguos tópicos que a nada conducen. En ese marco, el Gobierno gallego perdería oportunidades de progresar, lo que sería una auténtica lástima.

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