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El mundo de hoy

Xabier Fole

Xabier Fole

“Fueron nuestras vacaciones de la historia”, escribió Charles Krauthammer. No para todos, desde luego. No en los Balcanes. No en Oriente Próximo. No en Ruanda. Pero en los 90 el mundo occidental parecía estar disfrutando de un periodo de paz y prosperidad. Se había caído el Muro de Berlín. Estados Unidos vivía un momento de bonanza económica. La Unión Europea crecía y se hacía más fuerte; se creó el mercado único, se estableció la libre circulación de personas como derecho fundamental, se introdujo el euro como moneda única. España participó en todos esos procesos, convirtiéndose, tras años de aislamiento, en un país más desarrollado, moderno y europeizado. Los hechos parecían confirmar la tesis que Francis Fukuyama había expuesto en 'El fin de la historia y el último hombre'. Las democracias liberales se consolidaban; las revoluciones sangrientas eran cosa del pasado.

Porque atrás quedaba ya lo peor del siglo XX, que, como advirtió Tony Judt, pronto se comenzaría a olvidar. La era de las guerras mundiales y los totalitarismos se había superado. Múnich. Pearl Harbor. Auschwitz. El Gulag. Estos eran unos episodios históricos que las nuevas generaciones observaban con una mezcla de horror e incomprensión. Desde la distancia. Porque el mundo estaba cambiando. La globalización se expandía de manera inexorable. Todo era posible. Todo iría inevitablemente a mejor. Fue el comienzo de internet, de la telerrealidad, de las videoconsolas. Aunque, pese al avance de las tecnologías, todavía se podía conservar una cierta privacidad. El conocimiento se ampliaba en los videoclubs y en los quioscos. Lo frívolo era seguido con interés; el sexo resultaba obsesivamente intrigante. No se texteaba, se hablaba. No podías elegir tanto, había que buscar mucho. En palabras de Chuck Klosterman: “Fue una década en la que lo veías todo antes de no volver a verlo nunca más”.

La caída de las Torres Gemelas supuso un duro despertar. A la luz de aquella masacre, la tesis de Fukuyama parecía una broma de mal gusto. Algunos pensaron entonces que la mejor forma de exportar la democracia liberal y acabar con el terrorismo era invadiendo Irak (entre ellos Krauthammer, para quien la intervención militar representaba una vuelta ineludible al trabajo, y el propio Fukuyama, aunque este último cambió de opinión poco tiempo después). Del triunfalismo del final de la Guerra Fría se pasó a la frustración que provocaron los desastres de Irak y Afganistán. La crisis financiera internacional generó una sensación de engaño. De promesa incumplida. De fraude. Se descubrió, además, que la globalización no solo producía ganadores. Y los que no se vieron beneficiados por este fenómeno expresarían luego su resentimiento en las urnas votando por partidos antisistema y candidatos poco convencionales.

Mientras tanto, “el sueño europeo”, como lo describió en un célebre libro Jeremy Rifkin (“se priorizan las relaciones comunitarias sobre la autonomía individual, la diversidad cultural sobre la asimilación, la calidad de vida sobre la acumulación de riqueza, el desarrollo sostenible sobre el crecimiento ilimitado”), parecía ponerse en cuestión. La Unión Europea, con la cual el continente logró la paz más duradera de su historia, comenzó a ser asociada con una lejana burocracia bruselense entrometida en la soberanía de los estados. Y España dejó de ir tan bien; bajo el milagro económico se ocultaba un inmenso ladrillo. Volvió la corrupción y con ella la desafección política. En la crisis emergieron, de nuevo, los nacionalismos. Periféricos y estatales. Pasamos de Trump como entretenimiento televisivo a Trump como presidente. Del espacio Schengen al Brexit. Del Pacto del Majestic al procés. Quienes se tomaron los 90 como unas vacaciones no contemplaron la posibilidad de que otros muchos estaban trabajando. El mundo de hoy, aunque a veces resulte difícil de creer, también es una consecuencia del mundo de ayer.