La hija de la noche y el silencio

Julio Picatoste

Julio Picatoste

Harry G. Frankfurt, profesor de filosofía de la Universidad de Princenton, dice que uno de los rasgos más característicos de nuestra cultura es el desmedido cultivo del ‘bullshit’. Los diccionarios al uso traducen este vocablo como “chorrada” o “decir chorradas”; sin embargo, el traductor de la obra del citado profesor da a este término la significación de “charlatanería”, expresión que connota la idea del desprecio o manipulación de la verdad. O sea, que decir chorradas sería signo propio de nuestros tiempos, o lo que es lo mismo, andar con charlatanerías sin preocupación alguna por el respeto a la verdad. Creo que esta percepción es de general aceptación, pero no por sabida es menos triste y lamentable. La verdad, hoy en día, se valora a la baja. Véase sino la invención –y lo que es peor, la aceptación– del vocablo “posverdad” que no es sino un ropaje lingüístico para nombrar lo que no es sino deformación de la verdad. O vea el lector también lo que acontece con algunos medios en los que los índices de audiencia importan más que los índices de comunicación veraz.

Frankfurt se propone teorizar sobre este concepto de “charlatanería”, y para ello empieza por diferenciarlo de otras nociones. Dejo a un lado las especulaciones del filósofo norteamericano –con las que solo parcialmente estoy de acuerdo– acerca de la charlatanería y sus diferencias con el farol, la mentira, el embuste, etc. para remitirme a las preguntas que finalmente se hace, a saber, a qué obedece este fenómeno de la charlatanería o el chorreo de chorradas o, en fin, esa laxitud ética de un hablar por hablar indiferente a la verdad. Sin duda, una de las causas radica en la profusión de las nuevas y avanzadas técnicas de comunicación, tal vez uno de los adelantos de mayor envergadura de nuestros días. Sin embargo, Frankfurt no cree que proporcionalmente haya más charlatanería. Esta es inevitable cuando las circunstancias colocan a alguien en situación de tener que hablar sin saber de qué habla, despropósito que se multiplica de modo especial en el ámbito público. Dice el filósofo estadounidense, que esto ocurre porque hay la general convicción de que en una democracia todo ciudadano tiene la responsabilidad de opinar sobre cualquier cosa o, por lo menos, de todo aquello que concierne a la dirección de los asuntos de su país. Y yo añadiría la presencia de otro factor más: la necesidad de que la propia voz sea oída, que es una forma de dar testimonio de nuestra existencia, para lo cual hoy se cuenta con un instrumento que está al alcance de todos: las redes sociales, estruendo de vocerío global e ilimitado.

“Es deber fundamental de toda persona diferenciar entre lo verdadero y lo falso, discernir entre verdad y mentira; no hay otra forma de ser fiel a uno mismo”

Cree Harry G. Frankfurt que hoy predomina un escepticismo dominado por la creencia derrotista de que no es posible obtener un conocimiento de la realidad objetiva. El ser humano, mermado por esa actitud, desespera de saber cómo las cosas son en realidad y, lo que es peor, abdica de todo esfuerzo por diferenciar entre verdad y falsedad. Al final, el intento de ser fiel a los hechos es sustituido por el de ser fiel a sí mismo.

Esta teoría es, para mí, difícil de encajar, y no participo de ella. Es deber fundamental de toda persona diferenciar entre lo verdadero y lo falso, discernir entre verdad y mentira; no hay otra forma de ser fiel a uno mismo. Difícil tarea, lo sé, en una sociedad de ruidos y estridencias que nos distraen y ensordecen, esta sociedad que es estrépito de voces que nos sepultan y anegan hasta el punto de apagar nuestra propia voz. Tertulias en la radio, tertulias televisivas, algarabía en las redes, periodistas radiofónicos de lengua ligera para el insulto y menguada para la verdad, soberbios de las ondas, agoreros, profetas apocalípticos; todos hablan, todos saben y conocen, suenan sus voces y más voces y más voces… ¡Por favor, hágase, por un momento al menos, el silencio!

Víctor Boro, melancólico y solitario opositor dado a escribir poemas para sobrellevar los aciagos tiempos de tortura opositoril, decía en la estrofa de uno de sus versos volanderos: “Entre Babel y confusión no acierto / a oír mi voz, la mía verdadera, / la hija de la noche y el silencio”. Y, francamente, creo que en esa búsqueda debemos ejercitarnos.

Suscríbete para seguir leyendo