Opinión
Feijóo y la “Galiza” de Heidegger
Muchos se admiran (y se sorprenden) de cómo la idea de Galicia como nación fragmentaria (la “Galiza” de los actuales partidos nacional-separatistas) se ha ido filtrando en la administración autonómica y municipal, en todos los niveles (el propiamente administrativo, el lingüístico, el educativo, el turístico, el toponímico, el onomástico, el emblemático), hasta su consolidación actual, y de hacerlo, además, sin encontrar oposición alguna. De hecho, no existe en Galicia fuerza política, con cierta implantación, que discuta esta idea.
Y es que un componente diferencial de esta penetración en Galicia, en contraste con otras regiones españolas (como el País Vasco o Cataluña), es el hecho de que en esta región no haya sido necesario que un partido programáticamente nacionalista fraccionario, como el PNV en el País Vasco o CiU en Cataluña, llevase a cabo el peso de tal labor. Es decir, no se convirtió el galleguismo en un asunto partidista, sino que se hizo transversal a todos los partidos, y por ello indiscutible, en todos ellos.
En Galicia no existió, en efecto, un Gobierno autonómico dirigido por un partido semejante a lo que representaron en el País Vasco o en Cataluña el PNV o CiU, respectivamente. Tras la extinción del Partido Galeguista, ya en los años 60, el BNG, que durante los años de la Transición pudo tener funciones semejantes, solo contó en el Parlamento autonómico de Galicia con un diputado durante los años 80, el incansable José Manuel Beiras Torrado. De modo que serán, en este caso, en el caso gallego, los partidos de implantación nacional canónica (UCD, PP –AP en su momento– y PSOE en su versión galaica –PSdeG–) los principales artífices de esa infiltración institucional de la idea nacional-fragmentaria de Galicia en la administración y en la propia sociedad gallega.
Y este galleguismo transversal (“apartidista”) se produce, no por casualidad, sino por una estrategia deliberada, derivada de la situación en la que se encontraba el galleguismo durante el Franquismo, y que cuajará durante los primeros pasos de la Transición. Una estrategia, además, que tiene mucho que ver con Heidegger.
En efecto, uno de los numerosos tentáculos, de los que habló Víctor Farías (Heidegger y su herencia, ed. Tecnos, 2010), por los que ha influido la política heideggeriana –o, dicho de otro modo, el nazismo en su versión ex cátedra heideggeriana–, es la que viene representada por el nacionalismo fragmentario español, particularmente el galleguismo que tiene en Heidegger, a través del llamado piñeirismo, una inspiración muy directa. (Julio Quesada, por cierto, ha hablado –Heidegger de camino al Holocausto, Ed. Biblioteca Nueva, 2008–, o más bien sugerido, pues no llega a profundizar en ello, de la influencia de Heidegger también en el nacionalismo vasco).
Ramón Piñeiro, fundador en 1950 de la editorial Galaxia, fue el alma mater del actual nacionalismo gallego fragmentario, y el artífice de esta ingeniería social que fue capaz, sottovoce y sin oposición, de colocar toda esa mercancía metafísica galleguista, e influir en todo el espectro ideológico gallego: desde el derechista Fernández Albor (de AP) hasta el izquierdista Beiras se aglutinaron en torno a la célebre “mesa camilla” de Ramón Piñeiro, convirtiendo a la distinción izquierda y derecha en un puro flatus vocis. “Para nós o galeguismo non debía ser unha adscrición a un partido ou a posesión dunha ficha, senón a conciencia moral de todos os galegos, un imperativo ético que comprometese non ideolóxicamente, senon moralmente. O importante era que a ideoloxía, fose cal fose, supuxese a aceptación do galeguismo”, sentenció Ramón Piñeiro en su autobiografía, Da miña acordanza.
“No se convirtió el galleguismo en un asunto partidista, sino que se hizo transversal a todos los partidos y por ello indiscutible”
En este sentido, es de notar, que lo primero que se traducirá al gallego por parte de la editorial Galaxia, cuando esta sea creada en el año 50, es a Heidegger, en concreto además “Da esencia da verdade”, en la que el filósofo de Baden hace una defensa de la libertad de su patria badense desplegando, para ello, toda la artillería filosófica existencial (o existencialista). Presidida por una carta-prólogo del propio Heidegger, que invitaba a la analogía, el carácter nacional de Galicia quedaba justificado por su asimilación, mutatis mutandis, con la “Heimat” (patria local) heideggeriana.
De este modo, por la vía del prestigio del mito de la Cultura, amparado por la figura de Heidegger, se coló esa ideología nacionalfragmentaria sin que apenas se notara, y todo ello con el respaldo de la figura de Fraga Iribarne que, con haber sido ministro de Franco y padre de la Constitución del 78, garantizaba el trampantojo. Probablemente queriendo neutralizar los efectos disolventes (separatistas) del galleguismo, Fraga quiso adelantarse al nacionalismo republicano y de izquierdas (apadrinado por la gigantesca figura de Castelao), y asimiló el “relato” galleguista, vía Piñeiro, hasta llegar a hacerse, en este sentido, más papista que el papa. “Piñeiro supo comprender que el galleguismo no podía ser únicamente la bandera de un partido, sino un compromiso pleno de todas las fuerzas políticas y sociales”, dijo “Don Manuel” ante la muerte de Ramón Piñeiro, en agosto de 1990.
En esta línea, y del mismo modo, esa criatura del fraguismo, que es Alberto Nuñez Feijóo, pudo decir, hace unos años, en el 2012, y sin escándalo, que “da mesma maneira que ser demócrata é un requisito básico para actuar en democracia, ser galeguista será un atributo elemental para actuar na democracia galega”. Por esas mismas fechas, en un homenaje a su predecesor, el también piñeirista Fernández Albor, abogaba por administrar Galicia con el mismo “galleguismo cordial” con el que Albor gobernó Galicia. Siguiendo sus pasos apostó porque el galleguismo se convirtiera, y dicho literalmente, en la “ideología común de todos los gallegos” (“El Correo Gallego”, 25 de julio de 2008). En esta línea tuvo a bien Feijóo reivindicar, siempre que pudo, todos los referentes del galleguismo político, desde Murguía hasta Castelao, pasando por la Xeneración Nós, etc. Una tradición nacionalista, a partir del siglo XIX, que se inventó una “nacionalidad gallega” completamente ad hoc, forjada a partir de elementos etnolingüísticos y raciales pasados por la túrmix ideológica del regionalismo, e inflamados por la celtomanía supremacista de aquel momento (sí, Murguía o Risco hablaban de “raza aria” para referirse a los antepasados celtas de la población gallega), y que llegará a nuestros días reconocida como “nazón de Breogán” (según figura en el himno gallego). “La identidad galleguista forma parte de nuestros genes”, ha llegado a afirmar Feijóo (“Libertad Digital”, 02-04-2007) en pleno éxtasis de exaltación nacionalista fragmentaria.
Esta es la herencia que ha dejado Feijóo en Galicia, tras tres mayorías absolutas como presidente de la Xunta de Galicia, con un galleguismo completamente institucionalizado, en todos los frentes (en el administrativo, educativo, cultural, etc.), que va impregnándolo todo de hechodiferencialismo, y que actúa como una lluvia fina, como el orballo, que cala sin apenas darse cuenta. Un resultado directo del plan piñeirista de sacar el galleguismo de la pugna de partidos, y que Feijóo ha seguido a pies juntillas: “O verdadeiramente importante non é que en Galicia haxa un Partido Galeguista; pola contra, o que importa é que, en lugar dun partido galeguista teñamos unha Galicia galeguista” (Ramón Piñeiro, Carta a Rodolfo Prada).
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