Faro de Vigo

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Xoel Ben Ramos

Xoel Ben Ramos

Asesor en finanzas sostenibles

Huir

Cuando a mediados de abril la espeleóloga Beatriz Flamini salió de la cueva granadina donde había pasado 500 días aislada y sin cualquier tipo de información sobre lo que ocurría aquí afuera, lo primero que me vino a la mente es que la chica necesitaría una puesta al día urgente. Pensaba entonces, por ejemplo, si la llevan a un ‘cocktail’ con famosos, aparece Piqué y esta le pregunta por Shakira, pues quedaría fatal. Sobre todo cuando en la ‘playlist’ sonaba “cambiaste un Ferrari por un Twingo”.

Aunque lo más sorprendente de la aventura no fue lo que se perdió sino el hecho de encerrarse en aquella gruta sin otro fin que perdérselo. Científicamente definido como: estar aislada e incomunicada. Sí, todo sea en aras del conocimiento pero estos experimentos de reclusión extrema tienen un aquel de insano. ¿No? Ese afán de complicarse me parece hasta enfermizo por mucho equipo de psicólogos, terapeutas y médicos internistas que haya aquí arriba controlando tus constantes vitales. Porque desde Robinson Crusoe hasta el bueno de Tom Hanks en 'Náufrago', sabemos que de una manera u otra somos capaces de salir –con un pelín de suerte, vale– de todo cuanto entuerto nos metemos cuando la meta es sobrevivir. Si hasta en Marte Matt Damon lo consigue. Y haciéndolo a la gallega, “plantando patacas en la orilla del mar”, como la letra de los Herdeiros.

“Si me paso 500 días encerrado en una cueva estaré todo ese tiempo sin sorprenderme por los pactos”

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Otra cosa diferente sería si Flamini lo que estaba es harta. Hasta las narices. Hasta el moño de todo, y lo de moño, por no utilizar otra parte del cuerpo... Quizás, si ese fuera el verdadero motivo que la llevó a encerrarse en la caverna lo comprendería mejor. Además, como puedes disfrazarlo de sesudo trabajo de investigación y a cambio obtienes 500 días de paz, encaja. Visto así la envidio; de hecho, si la UVigo valora enviar una misión a la Cova do Rei Cintolo que cuenten conmigo. Me ahorraré ver ese mar de plástico que flota al amanecer en festivales y fiestas populares cada verano. En las jornadas de oscuridad ni me preocuparé de los nuevos parques eólicos para alimentar el aire acondicionado que alivie las temperaturas extremas provocadas por un cambio climático inexistente. Tampoco veré cómo se eleva el nivel del mar ni la revalorización de las pensiones conforme al IPC, por si en esos 500 días fuera a subir más que el índice… o al océano por bajar. En especial, año y medio sin sorprenderme por los pactos –bien sean plurinacionales o “uni”– y las políticas que emanan de estos (machirula, femibarbie,…) o la nueva agenda cultural valenciana. Eso sí, llevaré fatal no saber si el Dépor asciende, porque ya son muchos años sin “O noso Derbi”.

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