Opinión | Vuelva usted mañana
Ser madre a los setenta
Ser madre casi a los setenta años no entra dentro de la normalidad biológica. La naturaleza es sabia, aunque el ser humano, endiosado, piensa que puede alzarse sobre su propia condición y superar lo que determina nuestro ser. Cierto es que la soberbia, el engreimiento y la arrogancia, a la par que el egoísmo, pueden conseguir por medios artificiales retar a nuestra propia esencia, pero también que la maternidad, cuando ello sucede, deja de ser lo que es y se convierte en un producto de consumo, de satisfacción, abandonando lo que de responsabilidad y amor tiene.
El ser humano es el centro, pero ahora no desde las perspectivas del humanismo, que nunca olvidó lo que somos, sino desde el epicureísmo radical y mal entendido, como el placer por el placer, como el gozo personal por encima de las obligaciones que la maternidad implica. El epicúreo busca el placer que proporcionan el equilibrio, la paz interior y el dominio de las pasiones incluso. Como sostiene GALA que nada te sobre y que nada te falte. Difícil, pero la ataraxia es paz y abandono de las necesidades creadas y del ego absoluto como razón primaria de todas las cosas.
Una persona de setenta años no puede ser madre aunque se empeñe en serlo. No verá a su hijo crecer, no lo apoyará en su adolescencia, no lo acompañará en su niñez en noches largas e interminables, en su primer amor, en sus logros profesionales y fracasos emocionales. No. Cuando la necesite, su madre no estará o no lo hará en las edades que la naturaleza marca como hábiles para criar, cuidar, educar y acompañar a un hijo.
"La naturaleza es sabia, aunque el ser humano, endiosado, piensa que puede alzarse sobre su propia condición"
Los que somos padres sabemos de madrugadas de insomnio que solo aguantamos, además de por amor absoluto e incondicional, porque podíamos tenerlas, incluso durante meses. Los que somos padres sabemos lo difícil que es acompañar a quien entra en la adolescencia e ir donde no nos reclamaba el tiempo, sino solo el deber de cautela. Los que somos padres sabíamos que éramos padres, no abuelos, cuya obligación culminó con nosotros, no con nuestros hijos, a los que debían, si querían, cuidar y disfrutar con la alegría debida a la edad, no con deberes superpuestos a lo que ya pasaron. Tampoco podían aunque quisieran. Las canas no son solo un adorno, sino una advertencia del paso irremediable del tiempo, de que la juventud no es eterna y vivir como tal es tan irrisorio, como engañoso.
Ser madre y abuela a la vez no es sino expresión de una sociedad perdida en sus valores más elementales, en el egoísmo, en la satisfacción de los sentimientos propios y el abandono de las responsabilidades más esenciales y la maternidad es una de ellas. Ser madre no es un remedio a la soledad, ni un sustitutivo de lo perdido por muy grave que sea. Es la máxima expresión del amor y el amor es entrega.
Ser madre a los setenta no es solo un error. Es expresión de una sociedad que camina perdida y desorientada en un mundo en el que la felicidad se mide en términos de satisfacción inmediata y personal. Es el triunfo del egoísmo que nunca colma la plenitud que necesita algo más que el placer, que la apariencia de felicidad que emana de la celeridad de lo tangible, del capricho como meta, de la ambición nunca satisfecha, de la ausencia de sosiego, de silencio, de soledad, de encuentro con el prójimo visto como ser humano, perfectible, como todos, pero deudor de afecto porque es un hermano o un compañero de la vida presente que compartimos.
Querer y conseguirlo a cualquier precio es máxima de una sociedad triste y angustiada, incluso dañar a quien se asume como hijo y al que no se puede dar lo debido. Y en este caso sin que lo merezca por su comportamiento. Sencillamente porque es imposible. Un huérfano seguro y a plazo más o menos previsible e inevitable o una orfandad prolongada que convierta al niño en lo que no debe ser, al menos si le queremos dar a su vida un camino armonioso y con la cadencia de la normalidad comprobada.
No entro a valorar la gestación subrogada que, no obstante, rechazo, todas ellas. Que un ser humano se geste en otro y que la madre sea ajena a ese crecimiento del feto, es tanto como alquilar una persona y en este caso para traer al mundo otra persona. Un ser humano como una incubadora sostiene la Iglesia.
Llámenme retrógrado. Lo acepto, pero hay cosas que natura ofrece y que no podemos los hombres o no debemos torcer. No somos dioses y siempre que lo hemos intentado ha sido para mal. Tener en cuenta la historia sin torcerla o censurarla es enseñanza que no se debe olvidar.
*Catedrático de Derecho procesal de la UA
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