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Oportunidades y peligros de la digitalización en las aulas

Profesoras y alumnos en un aula, valiéndose de portátiles en el aula. / Efe
Digitalización. Si tuviésemos que elegir cuál es el término más usado, incluso manoseado, en los últimos tiempos en los ámbitos más diversos ese sería digitalización. De las multinacionales más poderosas a las pymes más modestas; de la cultura a la seguridad; de la judicatura a la sanidad; de la ciencia más compleja a la defensa del medio ambiente; también en los hogares y, por supuesto, en las aulas. Es imposible plantearse hoy no ya el futuro sino el presente sin recurrir a la idea de digitalización. La coincidencia es general: el bienestar, el progreso, la modernidad, incluso la mera subsistencia, depende en gran medida de cómo, cuándo y cuánto esté nuestra sociedad digitalizada.
El proceso digitalizador es presentado como una formidable herramienta a nuestro alcance para mejorar el estado de cosas, desde las globales a las particulares. De lo macro a lo micro. Tanto es así que todas las administraciones y gobiernos –desde las europeas a las locales– están dedicando cantidades ingentes de fondos públicos en esa dirección. Su mensaje, unívoco, es diáfano: digitalizarse o perecer.
Este pensamiento ‘mainstream’ que todo lo cubre, abarca y casi arrasa, puede estar, empero, solapando algunos efectos colaterales que cuando menos deberían movernos a la reflexión. Porque la digitalización es un magnífico campo de oportunidades que, sin embargo, oculta amenazas, peligros y riesgos. Algunos son evidentes en el ámbito educativo, un terreno especialmente sensible porque atañe directamente a la formación de nuestros jóvenes que constituyen la sociedad del mañana. La respuesta a lo que vamos a ser, cómo vamos a actuar y qué mundo tendremos –valores, principios, ideas...– en unas décadas se encuentra hoy sentada en los pupitres de nuestros colegios. Y por eso hay que extremar la vigilancia y cuestionarse si vamos en la dirección correcta.
FARO publica hoy un amplio reportaje en el que pone negro sobre blanco algunos de esos peligros y amenazas, la mayoría no son nuevas, ya fueron adelantadas por expertos hace más de una década cuando el fervor digitalizador empezaba a convertirse en un dogma incuestionable. Porque limitarse a llenar las aulas de ordenadores, ‘netbooks’, tabletas o pizarras interactivas no es digitalizarse.
“La digitalización es una enorme palanca de crecimiento e igualdad. De progreso. Pero sabiendo sus límites y siendo conscientes de que el mundo, nuestro mundo, es mucho más de lo que vemos y encontramos a través de una pantalla”
Nuestros jóvenes deben entender que la tecnología no puede ser un fin, ni por supuesto el único camino que garantiza el éxito. La experiencia nos demuestra –más ahora que las ‘fake news’ campan a sus anchas envueltas en un celofán de verosimilitud– que internet es un pozo sin fondo en el que conviven verdades y mucha falsedad, un campo abonado de prejuicios, sesgos, bulos o simples mentiras. Así que los alumnos deben aprender a utilizar ese prodigioso instrumento sabiendo buscar, seleccionar, cribar, elegir. ¿Se está haciendo?
El individualismo y la deshumanización de la enseñanza son otros dos riesgos. Muchos chicos, en especial los adolescentes, se están relacionando sólo con y a través de pantallas. En clase y fuera de ellas. Los expertos nos están alertando de forma machacona, aunque parece que clamen en el desierto, que las adicciones tecnológicas son cada vez más graves. Y no es de extrañar si, por ejemplo, un niño de doce años trabaja seis horas en clase con un ordenador, al llegar a casa le dedica otro buen rato a los deberes con ese mismo ordenador y una vez que concluye quiere relajarse con el móvil –Instagram, TikTok...– o la tele. Si sumamos, ese menor ha estado al menos diez horas diarias entre pantallas. ¿Es este el camino correcto?
Los informes realizados sobre el impacto de la digitalización en el proceso de aprendizaje, además de los beneficios, siempre incluyen claras advertencias: menos paciencia y constancia, falta de concentración, ausencia de enfoque crítico, empeoramiento de la comprensión lectora, dificultad para elaborar textos complejos o argumentados, pobreza léxica, simplificación de las respuestas –fruto de la universalización de los cuestionarios tipo test–, ausencia de matices en el pensamiento que tiende a la superficialidad, la práctica erradicación del papel –libro o cuadernos–, del bolígrafo, el lápiz, la pizarra o la tiza...
El hiperprotagonismo tecnológico tiene efectos físicos y psicológicos dañinos: sedentarismo, obesidad, déficit de sueño, daños visuales o el fomento de un carácter irritable y malhumorado. Otros son aún más alarmantes, como una agresividad que puede llegar al ciberacoso, un fenómeno que se extiende en las aulas y que, en los casos más extremos, dan pie a la violencia sobre los más débiles, o sobre los distintos. Y detrás de esta agresividad al alza están los intentos de suicidio entre los más jóvenes. Responsables de centros vienen reclamando más recursos, humanos y económicos, para afrontar una ola que cada día adquiere mayor dimensión.
Algunos países, curiosamente los más desarrollados, y gurús digitales de Silicon Valley han reaccionado a este conjunto de problemas con una revisión de su política educativa, sin renunciar a la digitalización, pero sí matizando su protagonismo y poniendo el foco en la formación del profesorado, en la tecnología del aprendizaje y el conocimiento, y buscando formas más creativas o recuperando las clásicas de impartir la enseñanza. Pensando más en las personas y menos en los teclados. Huyendo del papanatismo tecnológico. Porque es tan malo quedarse en el furgón de cola como ir demasiado deprisa sin evaluar todas las consecuencias.
La capacitación y la dignificación del enseñante es clave, pero también lo son los modelos educativos que se imponen sin mesura. Bill Gates, padre de Microsoft y nada sospechoso de una visión retrógrada y antediluviana, expresó en estos términos la senda a seguir: “La tecnología es solo una herramienta, pero para llevar a los niños a trabajar juntos y motivados, el profesor es lo más importante”.
La digitalización es una enorme palanca de crecimiento y de igualdad. De bienestar y progreso. Pero sabiendo sus límites y siendo conscientes de que el mundo, nuestro mundo, es mucho más de lo que podemos ver y encontrar a través de una pantalla. Y esto que cada día parece más difícil de entender es una lección que debe mamarse desde nuestras escuelas.
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