Inventario de perplejidades

De cómo regatear a la muerte

José Manuel Ponte

José Manuel Ponte

A la muerte no se la puede regatear. Ni siquiera Amancio. Al final, la muerte debe de ser algo parecido a un defensa resabiado con las rodillas hechas polvo y la dentadura de quita y pon que te siega la hierba bajo los pies, y te retira definitivamente del fútbol.

Durante su larga carrera en los estadios, Amancio recibió varias entradas criminales, de esas que pudieron haberle anticipado el cese en la actividad. Pero milagrosamente las superó y pudo volver al primer plano de la actividad, aunque se especula hasta dónde pudiera haber llegado de no sufrir esas interrupciones. No obstante, fue titular fijo en la Selección Nacional y llamado a las convocatorias de la Selección de la FIFA cuando se trataba de recaudar dinero para alguna buena causa. Amancio Amaro Varela (solo a las grandes estrellas del balompié se les puede tratar por su nombre y sus dos apellidos). Como sucede también con Luis Suárez Miramontes, el único internacional español que ganó el Balón de Oro. Y como sucede también con los toreros, de quienes hay que mencionar su barrio de procedencia. Luis Suárez lo fue (todavía lo es) de la Calle de Hércules y Amancio, de la calle Vizcaya. Con el número 10, o el 8, a la espalda, fueron famosos interiores como Chacho, el único jugador que marcó seis goles en un partido internacional contra Bulgaria; como Rodolfo Rábade, al que una enfermedad pulmonar que hizo estragos en la posguerra le impidió llegar a fenómeno; como Manolo Lechuga, un exquisito; como Jaime Blanco, que fue traspasado al Real Madrid poco después de Amancio, con quien no pudo hacer un tándem como el que llamó la atención de los aficionados en el modesto club Victoria; como Pellicer, que acabó dejando la camiseta de fútbol por la bata de médico; como José Luis y su relación de amor-odio con la grada que siempre esperaba de él alguna genialidad.

“Suárez y Amancio fueron quizás los dos mejores futbolistas españoles de la posguerra”

Suárez y Amancio fueron quizás los dos mejores futbolistas españoles de la posguerra. Uno como interior retrasado y otro como interior en punta (terminología ya en desuso). Cuando Amancio llegó al Real Madrid el seleccionador Hernández Coronado y el periodista y exárbitro Pedro Escartín lo situaron de extremo derecho, que no era realmente su puesto. Pero aun así brilló con luz propia. En un quinteto atacante en el que se alineaban Di Stéfano, del Sol, Gento, Félix Ruiz y Puskas, por ejemplo, era difícil abrirse hueco. Pero Amancio lo consiguió rápidamente. Desde la banda avanzaba hacia la portería contraria con el balón pegado al pie. Y esa forma de jugar, regateando temerariamente, lo expuso a la brutalidad de los defensas de antaño. Ni comparación con las entradas que sufre un joven jugador para el que, ahora, se pide protección a los árbitros.

No se incluyen en esta relación ni Arsenio ni Fran, que tienen sobrados méritos para figurar en ella. Cuestión de método histórico.

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