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Julio Picatoste

En busca de la verdad esquiva

Los filósofos llevan siglos explorando, como espeleólogos del conocimiento, qué es la verdad y cómo llegar a ella. Tal vez ocurre con la verdad algo similar a lo que San Agustín decía del tiempo; si no me preguntan, sé lo que es; si tengo que explicarlo, me siento incapaz de hacerlo. En su ensayo “La búsqueda de la verdad”, decía René Bissières que en el manejo cotidiano de nuestra vida estamos seguros de muchas cosas, pero una vez salimos de ese ámbito ordinario sabemos muy poco y tenemos muchos motivos de vacilación. Es cierto, a poco que reparemos en ello, se verá que la incertidumbre ocupa enormes espacios de nuestra vida.

Salir en busca de la verdad es aventura excitante que nos desborda. Y es que la pregunta sobre la verdad brota de la entraña misma de nuestro espíritu. Es una actitud existencialmente inevitable que acontece en el hombre tan pronto como adquiere conciencia de sí mismo e incerteza sobre su destino. Pero en principio, es como iniciar un trayecto a tientas, con pasos indecisos y senderos de final incierto. El incontenible anhelo humano por conocer la verdad ha desembocado, al cabo de los siglos, en una monumental sucesión de mitos, leyendas mágicas, religiones, filosofía, ciencia.

La vida del hombre es esencialmente incertidumbre, y en ella se fragua esa encrucijada de la trayectoria vital que es la duda. La palabra duda proviene del latín ‘dubitare’; ‘dubius’ es el que vacila, y ese término viene de ‘duo’, dos, pues la duda supone la presencia de dos tesis alternativas que, con cierta coquetería intelectual, se exhiben ante nosotros para demandar nuestra adhesión proclamando ser ambas la verdad; todo un reto trascendental que coloca al hombre en la tensión vital e intelectual de elegir, que es, en suma, decidir; es la que se ha llamado tensión veritativa y que conocen muy bien los jueces en el decisivo trance de juzgar.

Decía Ortega que la duda –y por ende, añado yo, la incertidumbre– “pertenece al mismo estrato que está en la arquitectura de la vida”. La incertidumbre es radicalmente constitutiva del ser humano. No puedo concebir una vida en la que tuviéramos la fortuna de gozar, desde su inicio, del conocimiento de la verdad. Acaso la verdad sea anterior al hombre. Lo cierto es que, en el fondo de nuestros corazones, anhelamos un mundo donde sean innecesarias las preguntas.

“Descartes halló en la duda la prueba de su propia existencia; con aquel método fue descartando cuanta cosa aparentaba existir pero que podía ser a la postre incierta”

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Resulta curioso, y hasta paradójico, que haya sido el deliberado y efectivo ejercicio de la duda el que propició el hallazgo de una primera y radical verdad. Me estoy refiriendo al “Pienso, luego existo” de Descartes. El filósofo halló en el cultivo de la duda la prueba certera de su propia existencia; con aquel método fue descartando toda cuanta cosa aparentaba existir pero que podía ser a la postre incierta. Y en ese ejercicio continuado, se encontró a sí mismo preguntándose, dudando, lo que le llevó al descubrimiento de una verdad incontestable. Yo soy quien dudo, yo, quien pienso; luego la primera verdad que puedo afirmar es que yo existo.

Precisamente porque la vida del hombre está hecha de incertidumbres, desde muy pronto se ha revelado su milenaria preocupación por la verdad; puede decirse que, de modos diversos, vivimos esforzados en su búsqueda. Y ello, porque la realidad no es siempre y en todo caso unívoca. Desde el punto de vista epistemológico, decía Susan Haack que un mismo acontecimiento puede ser objeto de diversas descripciones verdaderas, y desde la perspectiva literaria, apuntaba Borges que la realidad es tan compleja que un observador omnisciente podía escribir un número indefinido de biografías del mismo hombre.

La palabra griega para la verdad es aletheia, que literalmente significa no-ocultamiento, lo que está a la vista y es, por tanto, evidente. Pero, a veces, para llegar a la verdad es necesario despejar el camino de todo cuanto la oculta, empresa no siempre fácil. La verdad requiere, las más de las veces, de una exploración morosa y tenaz, no sobreviene por sí misma, inesperadamente, como un rayo que nos hiere e ilumina y nos descabalga de nuestras falsas creencias, como dicen que le ocurrió a Saulo, Pablo de Tarso. No, la verdad es una diosa esquiva que no se entrega a cualquiera, sino a quien apasionadamente la busca y la desea. La verdad, toda verdad, requiere de un previo rastreo, una exploración por entre la floresta y los meandros del conocimiento; lo dijo Platón; no hay verdad fuera de la búsqueda, aunque no es la búsqueda la que causa la verdad. Por eso no entiendo que Heidegger diga que la verdad auténtica se halla en la pura intuición, por más que se considere que esta sea una forma de conocimiento.

Sería deseable que la verdad fuese justamente el eco de aquellas preguntas que lanzamos al fondo oscuro del pozo de la ciencia y del saber, que es donde, según la mitología romana, habitaba la diosa Veritas. Pero no es así, al menos en mi caso; me asomo al vacío de esa concavidad llena de misterio y allí precipito a voces mis preguntas y del fondo solo me llega el eco confuso y distorsionado de mi propia voz.

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