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Javier Sánchez de Dios.

Crónica Política

Javier Sánchez de Dios

¡Viva ‘La Pepa’...!

Adaptado el antiguo grito de apoyo a la Constitución de 1812, aprobada el día de San José –de ahí su apodo– y utilizada por los liberales que la impulsaron frente al absolutismo de Fernando VII y sus “hijos de San Luis”, invasores posnapoleónicos, merece la pena pronunciarlo de nuevo. Casi resucitarlo en su sentido original, porque, al menos en opinión personal, España vive hoy una situación política en la que no sólo se confirma la intención del Gobierno actual de ocupar y controlar los tres poderes democráticos, ejecutivo, legislativo –ambos ya en sus manos– y judicial, sino la subrepticia voluntad de liquidar el texto de la de 1978 para acomodarlo a la idea que de España tienen los secesionismos catalán y vasco y no descarta el gallego.

Por eso el “Viva La Pepa” sería hoy el equivalente a un “¡Viva la Constitución!” para muchos ciudadanos que, en territorio que todavía les pertenece, sufren persecución por repetirlo. Y, además, para recordarles lo que significa a todos aquellos que confían en pasar a la historia por haber exhumado el cadáver de un dictador cuyo significado real ni siquiera es conocido por quienes tienen menos de cincuenta años y que ahora pretenden recuperar como símbolo de una de las dos Españas sobre las que don Antonio Machado advirtió. Y peor aún: del que los jóvenes actuales prescinden, en parte porque es pasado y en parte porque la Historia, con mayúsculas, ya no se estudia en las escuelas, sustituida por un engendro supuestamente memorístico que ofrece una visión limitada y de un sectarismo parecido al que impregnó los textos durante otro casi medio siglo pero en sentido contrario.

Y es que, acerca de esto –de lo sectario– el refranero recoge el aviso de que “los extremos se tocan”. Escrito lo cual, y por ser este el día que es, procede alguna reflexión. La primera, acerca de la lamentable ausencia de la enseñanza de la Constitución española en el sistema educativo actual, y la subsiguiente falta de conocimiento de lo que contiene, que no es otra cosa que la regla democrática para introducir en la sociedad española algo que no ha sobrado en ella durante mucho tiempo: la libertad de cada individuo y el respeto a la de los demás sea cual fuere su ideario político. La segunda –reflexión– ha de ser casi obligada en este día: 1978 marca la apertura, ya iniciada un año antes, de un período de convivencia nacional que no pudieron superar poco después ni los crímenes de ETA ni el golpe de Estado de Tejero, frustrado por la actuación de la sociedad toda con el Rey a la cabeza. Tercera, lo que podría llamarse ausencia constitucional en las escuelas se ha agravado con la inmensa atribuía nada menos que al Ministerio de Educación según la cual la Historia de España habrá de reducirse en la práctica al período de “La Pepa” hasta nuestros días, aparte la majadería de algunos de prorrogar el “franquismo” hasta 1983. Habrá que esperar que esta barbaridad se elimine cuanto antes, siquiera para evitar la advertencia clásica según la cual los pueblos que olvidan –o no quieren recordar– “su propia historia están condenados a repetirla. Y aquí eso no conviene en absoluto.

Cabe aún otra reflexión más. En términos de Galicia, la Constitución vigente ha dotado esta tierra de un instrumento, el Estatuto de Autonomía, que le ha proporcionado todos estos años una capacidad de autogobierno y de propias decisiones que nunca había tenido. Es cierto que una porción de la sociedad gallega desea algo más, como también lo es que como todo en la vida es mejorable y quizá haya de adaptarse al tiempo que se vive, pero ha sido y es un instrumento de convivencia que, por desgracia, llega a una mera referencia en buena parte del sistema escolar, pero también eso tiene remedio, si se busca de verdad. Es por todas esas cosas por las que en día como hoy merece la pena exclamar con gratitud que “Viva la Constitución” o, como tantos antepasados hicieron, gritar “¡Viva La Pepa!”.

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