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Dezcállar azul

Protestas valientes

Quienes se manifiestan en defensa de su libertad deben contar con nuestro apoyo

La gente sale a protestar a la calle cuando ya no puede más y no encuentra otra manera más eficaz y productiva de canalizar su insatisfacción. Y como los regímenes autoritarios reprimen las protestas, se da la paradoja de que son más frecuentes en democracias que las toleran que en dictaduras que las hacen imposibles... hasta que cae la gota de agua que colma el vaso, se agota la paciencia, se aguanta el miedo y la gente, que no puede más, sale a la calle dispuesta a arrostrar las consecuencias de su descontento. Es lo que hoy pasa en la República Popular China y en la República Islámica de Irán.

Protestar en China no es fácil. Recuerden la masacre de Tiananmén en 1989, cuando caía el Muro de Berlín y Deng Xiaoping, el reverenciado líder del milagro económico, decidió que allí no iba a haber ni el glásnost ni la perestroika que acabaron con la URSS y aplastó con tanques a los pacíficos manifestantes que pedían apertura política. Desde entonces, los chinos saben que el que se mueve no es que no salga en la foto, es que lo paga caro. Lo saben en Tíbet, en Hong Kong y también los uigures de Xinjiang, sometidos con brutalidad en lo que algunos califican de genocidio. En China hoy se prohíben los grupos que luchan por los derechos humanos, se censura a los medios, se mete en la cárcel a los disidentes y la gente tiene un carnet de crédito social, que valora permanentemente su comportamiento para premiarlo o castigarlo, según el caso. Lo más parecido al Gran Hermano orwelliano.

Y a pesar de ello, la muerte de varias personas en el incendio de un edificio sometido a cuarentena, lo que pudo retrasar y dificultar su evacuación, colmó el vaso de la paciencia popular con la draconiana política de cero COVID que pretende, sin conseguirlo, evitar infecciones a base de encierros, cuarentenas de edificios, barrios o ciudades enteras, separación de familias y pruebas masivas. Parece que esa política ahora se suavizará porque las protestas con velas o flores se han extendido por todo el país, igual que manifestaciones de estudiantes blandiendo folios en blanco en denuncia de la censura, huelgas en fábricas confinadas, y hasta –algo insólito en China– gritos pidiendo la dimisión de Xi Jinping. La popularidad y legitimidad del Partido Comunista Chino se basa en el éxito de haber sacado a 600 millones de personas de la pobreza gracias a crecimientos de dos dígitos del PIB, mantenidos durante años. Pero eso se ha acabado, China solo crecerá este año el 2,8% y así no se mantiene contenta a la gente. La política de cero COVID tenía ya un alto coste económico y ahora se le añade un coste político. A veces olvidamos que China es un gigante con los pies de barro.

"China solo crecerá un 2,8% este año y así no se mantiene contenta a la gente. Es un gigante con los pies de barro"

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Las protestas en Irán son recurrentes y suelen estar motivadas por el malestar económico derivado de las sanciones impuestas por EE UU: las hubo en 2009 contra un pucherazo electoral, en 2017 contra la política económica del Gobierno, las de 2019 por la subida del precio de la gasolina se saldaron con un millar de muertos, y se repiten este año por el fallecimiento de Masha Amini, después de ser detenida por la Policía de la Moral por no llevar bien puesto el velo que vela por el pudor femenino, según los ayatolás. Las manifestaciones, sobre todo de jóvenes, se han extendido por todo el país aunque sin llegar por ahora a poner en peligro la estabilidad del régimen clerical. Se dice que hay 400 muertos y 14.000 detenidos y ya se han pronunciado cinco condenas a muerte por “enemistad contra Dios”, en un país donde la horca funciona con terrible regularidad, pues según Amnistía Internacional el año pasado se ejecutaron nada menos que a 314 personas, el segundo país del mundo en ejecuciones, solo después de China.

La conclusión es que hay que tener mucho valor para manifestarse en China e Irán, y por eso los que hoy lo hacen en defensa de su libertad y de su dignidad deben contar con nuestra admiración, nuestro respeto y nuestro apoyo. El peligro en ambos casos es que los regímenes autoritarios en el poder, acosados, opten por excitar el nacionalismo para distraer al respetable y eso es siempre una receta muy mala.

*Embajador de España

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