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Juan Tallón

Parece una tontería

Juan Tallón

No lo digas

No decir algo tiene a veces un efecto demoledor, y más efectivo y práctico que sí decirlo. Ya conocemos la fuerza de los silencios, o las pausas dramáticas, o las omisiones, o los papeles en blanco, o los segundos sentidos, o la ironía. También sabemos qué es hablar y que solo las paredes te presten cierta atención. En esto, en hablar y que no te hagan caso, no es por presumir, yo soy buenísimo. Muchos días sale más a cuenta clavarle la mirada a alguien, y no abrir la boca, que decirle algo que, al final, le entra por un oído y le sale por otro.

Hace 15 días pegué un post-it en la puerta en el que había escrito “¡¡Recoger cafetera!!”. Hace un mes se averió y la llevé a arreglar, y a las dos semanas me avisaron de que podía pasar a recogerla. El propósito del post-it era obvio: recordarme, cuando fuese a salir de casa, que hiciese el recado. Los primeros días, al leerlo, me decía “Mañana sin falta”. Pero ya sabemos que mañana es una fecha vaga, que nunca acaba de llegar. La situación ha ido empeorando, y ahora ya ni siquiera veo el post-it, aunque esté ahí. Resulta demasiado notorio, supongo, como para reparar en él. Francamente, no sé qué va a ser de la cafetera. Escribir o decir las cosas expresamente no es ninguna panacea. Omitirlas, en ocasiones, llama más la atención. Pensemos que algunos de los mejores relatos de Hemingway son esos en los que parece no decir nada, y, de pronto, acaban. Pero entonces reparas en lo que se omitió, y el relato se llena de significado. Esa omisión, cuando el autor la cultiva a propósito, fortalece la historia. Pasa lo mismo con los folios en blanco que exhiben los manifestantes chinos contra su gobierno. Esas hojas están cargadas de furia, hartazgo, gracias a que están en blanco.

Un exceso de elocuencia conduce al desaliento. Bien medida, convoca el misterio. Puede brotar del silencio. Cuentan que en 1984 Italo Calvino estaba en Sevilla con su mujer, Chichita, argentina de origen. En un hotel de la ciudad, José Luis Borges, ciego desde hacía tiempo, estaba reunido con un grupo de amigos. Llegaron entonces los Calvino. Mientras Chichita hablaba con su compatriota, Italo, célebre por su timidez, se mantenía a una prudente distancia. Su mujer, que lo conocía bien, le susurró a Borges: “Italo también ha venido…”. Apoyado en su bastón, el autor de El Aleph irguió la barbilla y dijo con la hermosa calma de los ciegos: “Lo he reconocido por su silencio”.

A la claridad se llega por distintas vías. Puede que la efectiva no sea ni la sencilla, ni la corta, ni la transparente. En los noventa, deseoso de sacar mi primer cero, y a la vez expresar mi aborrecimiento por la clase de religión, entregué un examen en blanco. Al minuto de empezar, firmé, me levanté, dejé el folio sobre la mesa del cura y me fui de clase con un agradable sabor de boca. Quizá fue mi primer triunfo como idiota. Desgraciadamente, el profesor adivinó mis intenciones. A la semana siguiente, cuando colgó las notas, me desmoroné al ver que me había puesto un cinco.

*Escritor

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