Opinión | Parece una tontería
Nosotros, los desgraciados
Quizá no sepamos mucho de Liz Truss, la primera ministra británica, salvo que es una desgraciada, y por tanto una de los nuestros. Los días aciagos, en los que entras en barrena y no dejas a nadie por defraudar, ni siquiera a ti mismo, nos representan a todos. No vale la pena afligirse. Tal vez lo triste sea dar siempre en el clavo, vivir con una perpetua sonrisa de ganador, andares de ganador, expresiones de ganador. Yo quitaría importancia a que Isabel II muriese después de reunirse con ella, recién nombrada en el cargo, o a que haya hundido la economía de su país en una semana, tras las primeras medidas de su gobierno.
"Aun en el caso de que Truss acabe con su país, las cosas empezarán a irle bien justo después, olvidando que destruyó la sexta economía mundial"
Nadie está a salvo de un malísimo día, una horrible semana, un año funesto. Modestamente, a mí me iba de maravilla la vida, y en una inusual concatenación de desgracias, el domingo pisé un vómito a unos metros del portal de mi edificio, camino del despacho de pan. No paraba de decir “Cuánto hijo de puta” y “Pero qué asco, joder”, a la vez que hacía como que cojeaba, cuando al doblar les esquina pisé un racimo de uvas, no necesariamente pequeñas. ¡Cuarenta metros fuera de casa y ya era un miserable! Al menos en los siguientes 100, hasta que alcancé mi destino y compré una barra, no pisé una cagada de perro. Habría sido lo lógico, casi lo deseable, porque a todos nos gustan los récords, aunque sean malos.
La gente que empieza el día con mal pie, o que estrena trabajo y no da una, enlazando unos resultados feísimos, despierta una natural simpatía, o al menos misericordia, en el resto del mundo. Básicamente, porque no son los demás quienes las pasan canutas, sino tú, y eso los hace sonreír y ponerlos contentos. A mí también me pondría. Por otra parte, las malas rachas empiezan y en algún momento acaban. Es lo bueno. Por eso creo que, aun en el caso de que Truss acabe con su país, las cosas empezarán a irle bien justo después, olvidando rápidamente que ella sola destruyó la sexta economía mundial. Para qué entristecerse. No hay necesidad.
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