Opinión | MÁS ALLÁ DEL GUETO CRONOLÓGICO

¿Todo gratis?

La cultura de la gratuidad de algunos servicios, bien sea generalizada o destinada a realizar discriminaciones positivas en función de parámetros como la edad, el género, la unidad familiar, el nivel de renta etc., en los últimos tiempos ha crecido exponencialmente. El caso es que no está nada mal cuando lo que se trata de compensar son desfases específicos, lo extraño es cuando esta medida, como en el caso de la gratuidad de los viajes en tren, se toma de forma generalizada sin tener en cuenta alguna característica que justifique esa decisión. Así, tiene el mismo derecho a la bonificación un acaudalado empresario o su hijo, que el de una persona con una renta limitada.

Me imagino que esa inversión tendrá un rédito político, pero se presenta cuando menos arriesgada y desmedida desde la óptica de una simple economía de andar por casa. No sé hasta qué punto, cuando llegue el momento, serán capaces de equilibrar el balance económico de este servicio público, porque el dinero destinado a acometer esas acciones subvencionadas no nace en una mina que hay debajo de la Moncloa, del Parlamento o del Banco de España, sino que es fruto de los impuestos pagados por personas y empresas en sus cuentas con el fisco a cada una de esas administraciones y, aunque “el papel lo aguanta todo”, no se yo si la ocurrencia de generar gasto más allá de las posibilidades reales y la capacidad de cobertura, nos hará ver que ese pozo tiene fondo y que cuando uno menos se lo espera se llega a él.

Lo del ferrocarril a primera vista me parece que tiene delito. Cuando las cosas no cuestan, generalmente no se les da la importancia que merecen, decía el sabio profesor que dirigió mi tesis. Reflexionando sobre esta frase, me ha venido de forma intermitente a la cabeza la preocupación por el tema del tren, porque una cosa es reducir el importe de los billetes en función de parámetros cuantificables como frecuencia de uso, unidad familiar, renta etc., y otra muy distinta, ofrecer lisa y llanamente la gratuidad del servicio, cuando además, el bien objeto de esta gratuidad es un transporte que utiliza la energía eléctrica como fuente de propulsión. Sí, esa que está por las nubes y que nos cuesta un riñón. ¿Quién paga esto?

Claro está que el beneficiario de esta bicoca va a estar encantado pero, ¿y el resto de los ciudadanos? Porque la ventaja, aunque en apariencia es universal, en realidad es selectiva para grupos concretos de usuarios que habitan en ciudades agraciadas por el paso del ferrocarril, quedando a la vez excluidos los que viven en áreas por las que no transita ese servicio público. Por otro lado, la compra masiva de billetes a cero euros ha provocado una avalancha desmedida, de modo que, muchas de las personas que con cierta asiduidad utilizan el servicio, han empezado a tener dificultades para viajar porque no encuentran billetes con facilidad al estar copados por los suscriptores gratuitos que apalancan asientos aunque al final no los utilicen. Se da la paradoja de que en la estación puede no haber billetes disponibles para un determinado tren que, cuando sale, va medio vacío.

Estoy completamente seguro de que las personas que se han beneficiado de la gratuidad del servicio, dentro de su corazón, saben que la medida es bastante incongruente pero, ¿a quién le amarga un dulce? También estoy convencido de que esos mismos usuarios abrazarían de forma muy positiva un descuento en los trayectos, en vez de la gratuidad, pero políticamente no tiene rival anunciar un “todo gratis”.

Lo malo es que unas infraestructuras sofisticadas como las del ferrocarril necesitan mantenimiento e inversión constante y, si casi nadie paga, ¿cómo se sostienen? A ver si la broma del todo gratis va a traer asuntos colaterales de calado como una reducción de plantilla o, lo que es peor, deficiencias en la puesta a punto y mantenimiento de la red ferroviaria, con las consecuencias que de ello se puedan derivar. Porque el dinero es finito y, si el usuario no paga, además de acostumbrarle mal, habrá que saber de dónde se saca y a que otras partidas sociales afecta esa bicoca.

Por otro lado, me pregunto si esto del desplazamiento en el ferrocarril de cercanía y media distancia sin coste alguno, no colaborará a que muchos de nuestros jóvenes estudiantes, a los que tradicionalmente la formación superior y universitaria, por la ubicación de la facultad de la carrera escogida les obligaba a vivir fuera del hogar familiar, ahora decidirán optar, gracias al tren gratuito a permanecer en el domicilio paterno durante toda su formación universitaria perdiendo así, al comienzo de su mayoría de edad, esa experiencia emancipadora que forma parte tan importante del plan vital iniciático de cada individuo y que sirve para aprender a vivir de forma autónoma e independiente.

Y, para continuar hablando de estudiantes, si nos vamos a la enseñanza primaria, los niños acaban de comenzar un nuevo curso y sus padres, según la OCU, van a pagar entre material y equipación escolar una media de 2.186€ euros por cada uno de ellos. Los de la pública, el 56%, 1.000€ por niño y los de la concertada, el 36%, 2.975€. Puestos a repartir, con una estrategia salomónica, se podría hacer un división a dos bandos. Por un lado, una rebaja interesante en el billete del transporte a los que lo usan como medio habitual para estudiar o trabajar, pero nunca gratuito, con el fin de poder seguir manteniendo la red ferroviaria con parte de los recursos que genera el pago por trayecto del servicio y, por otro lado, con la pasta que sobra del todo gratis del tren, se les podría dar vidilla a los padres de los alumnos de primaria ayudándoles a cubrir los gastos del material escolar de sus hijos.

Si bien es importantísimo que las personas tengan cubierta de serie la sanidad y la educación de forma universal, también lo es disponer de un trabajo donde cobrar un salario digno con el que cada persona y familia pueda acometer su plan vital, sin tener que recibir este tipo limosna indirecta e irracional, como sucede con la gratuidad del ferrocarril donde, a simple vista, su implantación no está asociada a ningún parámetro de carácter social, de renta o familiar que la justifique. Llegados a esta hipótesis, la conclusión podría ser: ¡Por favor, págame racionalmente por mi trabajo que yo me encargo de cubrir mis gastos y mis vicios!

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