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Faro de Vigo

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Ceferino de Blas.

Dejad descansar a la isla

Hace sólo dos décadas, cuando llegaba el otoño, las islas Cies quedaban desiertas. Volvían a ser territorio exclusivo de las gaviotas, los cormoranes y las aves que las habitan.

Los barcos de pasajes que hacían viajes los fines de semana dejaban de acudir y ya no las recorrían los visitantes. Solo las poblaban las aves, el viento y los temporales. Y recobraban la autenticidad.

Pero desde los últimos años, en especial desde esta década, las islas no descansan porque las navieras no cesan de transportar turistas y la publicidad resulta incontenible porque las ha señalado como preferentes.

Son decenas de miles los que acuden en una u otra época, en verano, primavera u otoño. Incluso en invierno. No existe un ápice de terreno sin ser hollado por los turistas.

Pedro Díaz, el escritor que mejor conoció a las islas, porque trabajó en su piel, excavándolas para rebuscar su pasado, y de las que publicó varios libros, escribió un artículo hace 65 años con el bello título de “qué hermosa soledad la de mi isla”. No quería, evidentemente, que se convirtiera en una isla desierta. Lo aclaraba así: “No debe interpretarse nuestra preocupación como incompatible con una bien dirigida orientación turística. Un fenómeno que no debe soslayarse”.

"Para salvaguardar la identidad de las islas, es imprescindible dejarlas descansar en determinadas épocas del año"

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Pero aceptada esa realidad, sugería a los potenciales visitantes una idea inimaginable hoy: que a Cíes se acuda “con el mismo espíritu y casi con tanto respeto como cuando se está ante un castillo”. Es decir, que no se vaya como a una discoteca o una verbena. Que las visitas no pierdan del todo el cariz cultural.

De los enjambres de turistas que viajan a Cíes deben contarse con los dedos los que pisan las islas como hicieron el centenar de poetas que las visitaron en el año 1954, y las colmaron de elogios porque en cuanto las pisaron se sintieron sumergidos en plena naturaleza. Uno de ellos dijo que sintió “una llamarada de algo que es superior a la belleza”.

Pero el ambiente tan turístico que ahora rodea las estancias en Cíes no permite percibir la llegada a las islas como una inmersión en un espacio virgen como ocurría cuando los viajes y el número de visitantes era limitado.

Son tantos los barcos que transportan turistas y tan grande su número que hasta las propias islas se fatigan y parece como si perdieran energía para influir en los que llegan.

Cuando Pedro Díaz, preocupado por el futuro de Cíes, proponía que habría que montar una sociedad o patronato que las cuidase no se imaginaba lo que estaba por venir. Esos organismos de atención ya existen, y ejercen una labor de control mucho mayor de la que él calculaba, porque ni en su mayor delirio predijo lo que se avecinaba, con decenas de miles desembarcando en Monteagudo. ¿Cómo podría lograrse el milagro “de salvar los profundos y sonoros silencios de las Cíes”, que él quería preservar?

Por eso, para salvaguardar la identidad de las islas, es imprescindible dejarlas descansar en determinadas épocas del año. Que no las pise nadie.

"El ambiente tan turístico no permite percibir la llegada a las islas como una inmersión en un espacio virgen"

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Aunque suene a arcaísmo la expresión de Pedro Díaz con la que insta a impedir que Cíes sean “víctimas de vocingleros e iconoclastas turistas, profanadores de rincones que aún conservan la sublime pureza”, acierta en sus deseos.

Es comprensible que las navieras que cubren esos trayectos, que les resultan muy rentables, quieran prolongarlos todo el año, y que la hostelería en la que repercute tan positivamente que las Cíes sean el segundo lugar más demandado de Galicia, deseen que estén activas todo el año. Pero se debe tener presente el adagio “no morir de éxito”. Otras islas del mundo están cerradas al público de tanto uso y pisoteo.

Es cierto que existe un aceptable control, que ya no hay incendios como ocurría hace décadas, ni son un rincón de drogadictos, ni hay peligro de que se instalen caravanas, ni se producen incidencias en los transportes –por falta o averías de los barcos–, pero el problema es la fatiga de las islas. Hay que verlas tranquilas. ¡Dejemos descansar a las islas!

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