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Juan Tallón

Parece una tontería

Juan Tallón

Tonterías sublimes

¿Sabes cuando dices una tontería por decir, en un esfuerzo disparatado por hacer gracia, y tú sabes que es una tontería formidable, una tontería marca Lafuxé, como decía mi abuelo, pero después resulta que la tontería va cambiando, se hace menos tontería, y al poco parece ya una ideaza? Normalmente las tonterías tienden a conservarse en el mismo estado hasta que se desvanecen en el aire. Tal vez, mientras se recuerdan, cumplen una misión; a lo mejor la vida es imposible sin ellas y luego más hermosa con su desaparición. En unas pocas ocasiones, sin embargo, la tontería se vuelve precisa, sensata, importante, necesaria.

Hace un año, alguien muy cercano a mí pretendió decir algo gracioso durante la entrega de un premio. En el momento sonó a tontería, pero pasado un año la veo como una de sus mejores ideas. Puede que la tontería siga siéndolo, pero cada vez que la recuerdo tiene mejor pinta. Ya casi es una audacia. Mi amigo empezó hablando de los premios, y de que pasa algo poco curioso con ellos: normalmente se pierden. “En el ámbito literario”, señaló, “apenas existen carreras que no estén decoradas con muchísimos premios que no se ganaron. Son parte del currículo”. Para no romantizar el fracaso, puntualizó que, si bien perder es humano, y muy común, “es incomparablemente más feo que ganar”.

Durante una etapa de la vida, cuando eres joven, crees tanto en los premios como en tu capacidad para hacerte con ellos. Forma parte de la inteligencia de la juventud: sentirte el mejor, dueño de un gran talento que si los demás no reconocen es porque son imbéciles. No veo razón para posicionarse en contra de esta actitud. Si no eres soberbio, idiota y lo sabes todo de la vida a esa edad, ¿cuándo?

“A lo mejor –inició mi amigo la tontería– habría que conceder los premios cuando no has hecho aún nada por merecerlos, pero crees en ellos y te hacen muchísima ilusión y puedes celebrar la concesión llegando a casa a las seis de la mañana y levantándonos a las tres de la tarde durante meses. En pocas etapas como la juventud se cree tanto en la verdad del éxito”, sentenció. Cuando al fin te reconocen y premian, pongamos que a los setenta u ochenta años, lo más probable es que seas un escéptico y padezcas dolores crónicos y no estés para fiestas. “Se trataría de conceder el premio en la juventud, como un acto de confianza en el futuro, por si acaso al fin alcanzas el éxito soñado. Si al cabo de los años se demuestra que no lo merecías, podría organizarse un cruel y hermoso acto de retirada del premio”, propuso.

Recordé estas palabras tras la muerte de Javier Marías, cuando volvió a hablarse de su candidatura al Nobel, nunca recibido. Ciertamente, el índice de perdedores del Nobel de literatura adquiere prestigio año a año, y la lucha por hacerse con la derrota es ya encarnizada. Pero, ¿qué necesidad? Si lo concediesen por adelantado, a los treinta años, incluso a los veinte, cuando tal vez aún no se ha escrito nada, ningún gran escritor tendría que morirse de viejo sin ganarlo. Enorme tontería, lo sé. Pero me gusta. Pintaza.

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