Con el mayor de los respetos personales e institucionales, resulta evidente que aquí, en Galicia y en el resto de las Españas, una de dos: o los brujos –en este caso de la Economía– han llegado al poder, o los políticos, con los agnósticos a la cabeza, firmaron un acuerdo con los pontífices de las diferentes religiones para que se permita a los especialistas, laicos y creyentes, alistarse en un curso acelerado para lograr milagros. Y ya puestos, no faltará el guasón, algo irreverente pero bien intencionado, que relacione las visitas de los ministros Bolaños y Díaz al Papa Francisco para, siempre desde el respeto, abordar el asunto.

Viene a cuento, el introito, de que mientras todas las administraciones, y sus correspondientes administradores, exhortan a la gente –a la del común; a la otra no se necesita porque es inmune a las crisis– al ahorro energético, monetario y en general, salvo cualquier retraso en las obligaciones fiscales, ellos –los políticos– demuestran casi a diario una extraordinaria capacidad para generar dinero. De tal forma, además, que se diría que cada sede de los diferentes gobiernos que en España hay, disponen de una máquina de imprimir billetes de la que echan mano cuando es menester. Una costumbre, por cierto, que se vuelve hábito tanto más frecuente cuanto más se acercan, o llegan, elecciones de cualquier tipo.

Y es que pasan cosas que quizá tengan una explicación sencilla cuando los que se encargan de proporcionarla son no sólo especialistas, sino buenos didactas. Pero como ese nivel escasea entre los políticos –que no se arriesgan a dar detalles o no los conocen bien– prefieren optar a la propaganda ofreciendo el lado que, suponen, más simpatía –y votos– les pueden proporcionar. El último de los ejemplos corresponde a la Xunta que, en síntesis, anuncia que destinará más dinero a la obra pública para, de ese modo, intentar que las empresas que optan a realizarla sufran menos la inflación.

En verdad es esa una hermosa intención, pero supone casi un milagro. Ocurre, eso sí, que el señor conselleiro de Facenda parece decidido a explicar su modus operandi ante el Parlamento –lo que, ciertamente, es positivo–, pero no le va mucho eso de comparecer ante los medios. Acaso es que no se fía o quizá que no le gusta; de ahí que proceda recordar que la lista de ayudas del Gobierno gallego es cada vez más extensa y generosa y seguramente grata a la sociedad a la que beneficia –y vota–, pero debería concretar más no sólo el porqué, sino el cómo se hace para conseguir tanto dinero. Así la gente estaría mejor informada y más cerca de la res publica, algo que no acaba de entender el sector político moderado. Y le conviene corregir ese defecto, no sea que le pase como a otros que, cuando quisieron modificar su actitud ya estaban en la calle.

En cuanto a las aventuras del Gobierno central, es evidente que su capacidad didáctica ha sido sustituida por la inventiva, una disposición a presentar cuando mucho, la verdad a medias y, además, ofreciendo siempre la mitad preferida por sus narradores. Método que viene a ser una mentira doble, pero quienes lo emplean son conscientes de que las responsabilidades del futuro fracaso las pagarán otros. El milagro es que todavía queden gentes –no pocas muy preparadas– que sigan apoyando a un tinglado que demostró ya que lleva a derroteros inservibles desde hace demasiado tiempo. Salvo, naturalmente, para recrear aquí una nueva “casta” político-económica muy reconocible ya, que ha engañado a la sociedad española en general pero, sobre todo, a gran parte de los que en su día votaron a quienes creían inasequibles a determinado tipo de corruptelas. Pero las máscaras se desgastan por el uso, y eso ya lo están dejando claro las encuestas. Por ahora, al menos.