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Faro de Vigo

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Ceferino de Blas.

El mar de bandas

Los vigueses hace siglos que son entusiastas de las bandas de música, como se ha demostrado este verano con el seguimiento de los conciertos que se celebraron.

Sin embargo Vigo perdió su Banda Municipal en 1993 por extinción, al no reponer el Ayuntamiento a los integrantes que se iban jubilando, ya que eran funcionarios municipales. Pero estas agrupaciones estaban arraigadas en las parroquias, y ahora actúan en el centro de la ciudad bajo la denominación de “Un mar de bandas”, con tan buena acogida que han prolongado el ciclo de agosto con intervenciones en diferentes barrios.

He aquí una breve síntesis de esta historia.

La Banda Municipal de Vigo no fue la primera que existió en la ciudad. La antecedió la Banda de Música de la Casa de la Caridad, el Hospicio o de la Beneficencia, que de esas formas la llamaban, y hasta 1882 amenizó las tardes de los vigueses, una vez por semana en los veranos, con actuaciones en el Malecón, la Plaza de la Constitución o el Paseo de Alfonso.

Esta banda, la primera que formalmente tuvo la ciudad, fue fundada en mayo de 1879, “con niños asilados en la Casa de Caridad, la cual obtendrá con este motivo algunos ingresos para atender a sus necesidades”.

Su creación fue acogida con entusiasmo, ya que era demandada una “banda de música como corresponde a la importancia de nuestra población”, y cumplió de forma satisfactoria, durante cuatro años. Tocaba en todas las funciones importantes, en los paseos de verano y en las Navidades. Con ella había música siempre que se requería.

Pero en abril de 1883, “desorganizada y deshecha la Banda del Hospicio”, el alcalde Jacobo Domínguez sugiere en la sesión del 5 de abril la conveniencia de crear una nueva, “disponible para las funciones que puedan ocurrir, los paseos de la estación de verano y para que no se quede la población sin banda”.

De suyo, el día 20 de abril, el que había sido su director, Higinio Vidales, se despedía porque volvía a la isla de Cuba, embarcándose en el vapor “Veracruz”. En La Habana impulsó la música entre los emigrantes gallegos.

La banda de música era vista en aquellos tiempos como un elemento de prestigio y una auténtica necesidad.

Será en la sesión del Ayuntamiento del 12 de mayo, cuando el alcalde Jacobo Domínguez informa “que se organizó la banda de música que cuenta con instrumental y vestuario”.

Jacobo Domínguez, del partido liberal de Sagasta, fue un intelectual dedicado a la enseñanza. Antes de llegar a la alcaldía de Vigo había sido profesor de Lenguas en la Universidad de Oxford, y de vuelta impartió clases de inglés y francés. Amigo de Castelar, fue presidente de la sociedad recreativa “El Casino”. Acabó sus días en San Sebastián, a donde se trasladó en la década de los noventa.

La Banda de Música Municipal se estrenó en la Alameda, en la noche de San Juan, el 23 de junio de 1883. El concierto duró tres horas, desde las nueve hasta la medianoche.

Tuvo una vida de 110 años (1883-1993), y acabó como otras muchas de los ayuntamientos que las eliminaron por resultarles gravosas.

Su etapa más brillante discurre durante el dilatado periodo de dirección de Mónico García de la Parra, nombrado tras dura oposición por un jurado formado por los directores y grandes compositores Reveriano Soutullo, Ricardo Cetina y Manuel Hurtado, en diciembre de 1912.

Bajo la batuta de Mónico G. de la Parra, daría su primer concierto en abril de 1913, en el Tamberlick, con la cooperación del Orfeón de la Sociedad Coral “La Oliva”, que resultó un notable éxito y el comienzo de una carrera que la situaron entre las de mayor prestigio de España.

Mónico G. de la Parra recibió un gran homenaje en 1947 al cumplirse los 35 años dirigiendo la banda, arreglando y componiendo muchas piezas de su repertorio, hasta el 1 de agosto de 1957 en que el Ayuntamiento decidió su jubilación forzosa.

La Banda Municipal de Vigo ha pasado al baúl de los recuerdos, aunque su devenir y sus glorias figuran en los archivos, las hemerotecas y en grabaciones que se recogieron y que algunos entusiastas conservan como oro en paño.

Pero el aprecio por las bandas de música perdura en Vigo y tiene su respuesta en la decena que componen la Federación de Bandas Populares, nutridas por la vocación de sus integrantes y dirigidas por magníficos profesionales, que cuentan con el indispensable apoyo de asociaciones de las parroquias y los barrios.

Nunca deben desaparecer. Ni desaparecerán, porque como decía un culto vigués, refiriéndose al gusto artístico de la ciudad, “aquí, siempre que la ocasión se presenta, con la música se demuestra con elocuencia que allá en el fondo de nuestro ser se agita la idea del arte”.

La música ha sido en Vigo, desde que se comenzó a gestar el aprecio por las artes, en época anterior o simultánea al trovador Martin Codax, la que más ha calado. Y el entusiasmo por las bandas tiene sus mejores viveros allí donde arraiga el viguismo, en las parroquias, cuyos vecinos se sienten orgullosos de sus agrupaciones. Basta verlos desfilar tan ufanos con sus estandartes.

A diferencia de los que infravaloran a las Bandas de Música, porque las consideran de rango inferior, frente a las Sinfónicas, los vigueses siempre se mostraron encantados con las suyas desde que se fundó la primera banda en 1879, porque en aquel tiempo daba buen tono a la ciudad. Y ahora siguen encantados con su mar de bandas.

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