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Faro de Vigo

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Juan Tallón

Parece una tontería

Juan Tallón

¡Apartaos!

De pronto, me vi corriendo como un loco en llamas por la terminal de un aeropuerto, sorteando tiendas, asientos, maletas, viajeros. Acababa de aterrizar con un retraso letal y debía enlazar con otro vuelo en cuestión de minutos. Seguramente iba a perderlo, y como cada vez que algo no sale como quiero, solo tenía hueco para un pensamiento: “Qué va a ser de mi vida”. Veo el fin del mundo fácilmente. Y eso que me encontraba de vacaciones, y que en el destino al que me dirigía no me esperaba nadie, ni tenía nada que hacer: solo era mi casa. Pero en esta vida ya es imposible no tener prisa, y no sentir angustia por razones desconocidas. Corría y corría mientras gritaba “sitio”, “cuidado”, “apartaos”, “perdón”.

Cuando alcancé la puerta de embarque, sin aire, sudando a chorros, descubrí que el segundo avión también llevaba retraso, y que los pasajeros aguardaban pacientes, haciendo filitas de tontos, a las que me sumé como tonto principal. Alguien me estudió de arriba a abajo y creo que pensó: “Uy, infarto. Qué pena. Y tan joven”. Me repuse poco a poco y experimenté agrado y a la vez desencanto porque mi desesperada carrera no había servido para nada. Otra vez me había empleado a fondo en algo totalmente inútil. Me acordé de esas personas que te adelantan corriendo, vestidas de calle, casi elegantes, empujadas por un asunto de vida o muerte, y con las que a los cinco minutos vuelves a coincidir en un baño, meando, sin atisbo de prisa. Ya era una de ellas.

Dos días después del innecesario sprint, me vino el recuerdo de algo que sostenía Josep Pla en Viaje en autobús, algo incontestable en los años 40, cuando lo escribió: “La prisa, la rapidez, el ganar tiempo, son problemas implanteables, inexistentes”. Todas las cosas esenciales de la vida son lentísimas, decía. “Las guerras han sido siempre largas. Las hambres, endémicas. La formación moral e intelectual de un hombre o de una mujer requieren cuidados persistentes. Llegar a dominar un instrumento o una herramienta cualquiera es cosa de larga paciencia”. Y qué decir de la cocina, el ritmo de las cosechas o el amor. Todo lento, lentísimo.

Unos mundos desaparecen y otros llegan, y de repente te ves corriendo desesperadamente por un aeropuerto. La tranquilidad, el aburrimiento, las esperas, la lentitud, los brazos definitivamente cruzados, te hacen parecer muerto. Creo que era comienzos de agosto cuando me pareció que un montón de gente estaba haciendo ya cosas de septiembre a todo meter. Otra mucha, bajo el anuncio de que estaba en mitad de unas maravillosas vacaciones, no dejaba de reportar noticias sobre lo que hacía, cómo de bonito era el sitio en el que descansaba, qué casas, qué playas, qué hoteles, qué montañas, qué tranquilidad, qué atardeceres, qué vida, qué todo, qué nada. Un trabajazo también descomunal ese posteo. Asistimos a la muerte del calendario. Ahora que estamos de verdad en septiembre, me pregunto qué mes no será ya, y a cuántas cosas no habremos llegado tarde sin saberlo, y, con un poco suerte, sin que importe absolutamente nada.

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