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Faro de Vigo

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Joaquín Rábago.

Sin Isabel II, ni el Reino Unido ni la Commonwealth serán ya lo mismo

A juzgar por la abrumadora cobertura mediática a raíz de su muerte a los 96 años y tras nada menos que setenta de reinado, el más largo de la historia, Isabel II pareciera, más que la reina de Inglaterra, monarca planetaria.

Uno de sus numerosos biógrafos la calificó en su día de “reina de un imperio en decadencia”, lo que parece en cualquier caso muy ajustado a quien, al subir al trono en 1952, se convirtió automáticamente en cabeza del más vasto imperio que el mundo ha conocido, ya por aquel entonces en trance de disolución.

La soberana conoció a quince primeros ministros, desde el aristocrático y profundamente racista Winston Churchill –el del discurso de “sangre, sudor y lágrimas” de la Segunda Guerra Mundial– hasta la plebeya Liz Truss, a la que todavía alcanzó a nombrar, dos días antes de morir, nueva jefa de Gobierno.

Isabel II acompañó al pueblo británico en todos los avatares de la modernización tecnológica del país, la financiarización de su economía y su integración primero, bajo el Gobierno conservador de Edward Heath, en la Unión Europea y su posterior abandono de ese club con el populista y mendaz Boris Johnson.

Famosa por su discreción, Isabel II nunca reveló lo que pensaba de sus primeros ministros o sus gobiernos. La monarca era algo así como la neutralidad en persona aunque en alguna ocasión tomó la iniciativa como cuando en 1961 durante un banquete de Estado aceptó un baile con Kwame Nkrumah, primer presidente negro de Ghana.

El país africano había declarado su independencia de Gran Bretaña cuatro años antes aunque seguía siendo miembro de la Commonwealth y muchos parlamentarios y ciudadanos británicos no veían con buenos ojos la visita de la Reina a una nación cuyo presidente estaba encarcelando a sus opositores y aproximándose a la Unión Soviética.

"Isabel II pareciera, más que la reina de Inglaterra, monarca planetaria"

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Cuando algunos políticos le advirtieron del peligro personal que corría allí, Isabel II confesó a quien era entonces su primer ministro, Harold McMillan: “No soy una estrella cinematográfica. Soy cabeza de la Commonwealth, y me pagan por asumir los posibles riesgos. No digo esto a la ligera. No olvide que tengo tres hijos”.

Ghana se había embarcado por aquel entonces en un programa de “socialismo africano”, y entusiasmado por el gesto de Isabel II, un diario de izquierdas de aquel país llegó a calificar peregrinamente a Isabel II como “la mayor monarca socialista de la historia”.

En los años ochenta, Isabel II dio también a entender con discreción, como era su estilo, que Londres no podía seguir apoyando al régimen de apartheid sudafricano, que mantenía en prisión a quien luego se convertiría en su presidente, Nelson Mandela.

Isabel II fue también la primer cabeza coronada británica en visitar la Unión Soviética, país que, en la revolución bolchevique, había eliminado a la familia de los Romanov, con la que la Reina estaba emparentada.

Aunque con su sucesor, Carlos de Inglaterra, continúe la pompa y el esplendor ya anacrónicos de esa monarquía, sin la popular Isabel II en el trono, ni el Reino Unido ni sobre todo la Commonwealth serán ya lo mismo.

En Escocia aumentarán seguramente las voces independentistas mientras que en Australia y otras naciones que tienen todavía al monarca británico como su jefe de Estado cobrarán intensidad las campañas a favor de su conversión en repúblicas.

El nuevo rey, cuando era aún Príncipe de Gales, ya explicó a los países que integran la Commonwealth que son totalmente libres de elegir entre monarquía y república y que todo ello puede resolverse “con calma y sin rencor”.

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