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Faro de Vigo

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La espada o la hoguera

El rey no se levantó en Colombia al paso de la presunta espada de Bolívar en la toma de posesión del nuevo presidente de aquel país, Petro. Podemos y Rufián han sentido en su pecho el dolor de ofensa tan lacerante. Bolívar, español con posibles, uno de los muchos que encabezó la independencia de aquellas tierras sin el aplauso de los indígenas y pobres, que siguen siendo multitud gracias a esas revoluciones poco igualitarias, es para la izquierda radical un símbolo merecedor de toda veneración. Y un ejemplo para la revolución que esperan y que deseamos siga esperando por nuestro bien.

La espada, cuyo origen es incierto, como todo mito, no es símbolo nacional, no siendo, por tanto, merecedora del respeto diplomático que rige los actos protocolarios en el extranjero. Levantarse es, pues, una opción o, simplemente, un despiste de tantos como los que acuden a este tipo de espectáculos y que se dejan llevar. Nuestro rey se percató del simbolismo de la cosa y no cedió a postrarse ante tal elemento de ornato.

Que Podemos y los independentistas hablen de respeto cuando gustan de quemar la bandera nacional y abuchean nuestro himno deslegitima su indignación aparente, pero y lo deben saber al preocuparse tanto por los sentimientos foráneos, ofende a una gran mayoría de los españoles. Sin olvidar que el debate que han iniciado en España no ha tenido eco en Colombia, en la que la espada en cuestión es discutida en su representatividad. Aunque la izquierda folklórica española vea unanimidad donde solo existe su visión reducida y tantas veces intrascendente del mundo.

Pero estando en agosto, enfermos de calor y limitados en el acondicionamiento de la temperatura, propongo un nuevo estilo en los desfiles que se hagan en este nuestro país, recuperando los símbolos múltiples que poseemos y que tienen reconocimiento general, más que el sable ese. Ni qué decir tiene que los visitantes, incluidos reyes y presidentes, deberán alzarse de sus asientos al paso de los elementos que se exhiban, originales y con raigambre histórica.

Podría encabezar el desfile la espada del Cid, la tizona especialmente.

Las estatuas de Pizarro y Hernán Cortés, que harían las delicias de Maduro, Petro y alguno más de los aduladores de Bolívar.

Las copas de Europa del Madrid, aunque podrían ser las del Barcelona si se quiere un desfile más corto, por hacer daño a los ministros europeos.

Podríamos representar un auto de fe con toda su parafernalia, lo que haría seguro levantarse a muchos embajadores entusiasmados en señal de reconocimiento.

O llevar a un tercio, con sus picas y demás artilugios, para el regocijo de los belgas y su presidente.

Y por qué no, una escena de la expulsión de los moros de España tras la toma de Granada, para solaz de los representantes del mundo islámico. Todos en pie aplaudiendo a rabiar. Desde luego que esto no tendría parangón con lo que hicieron los americanos del norte con sus indios o los argentinos con sus indígenas, a los que extinguieron tras las victorias libertadoras de San Martín, no bajo el yugo español. Esa parte de la historia que la memoria desmemoriada quiere omitir.

"Como decía Javier Krahe, yo prefiero la hoguera, más tradicional y netamente española. Importar símbolos foráneos es un exceso"

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Y, al final, según el gusto de los ofendidos, un brasero en el cual se quemaran a la par las banderas de España, la UE, la OTAN y EE UU. Seguro que todos los presidentes de nuestro entorno se alzarían de sus asientos y gustarían de espectáculo tan edificante.

Todo ambientado, cómo no, por el ¡Viva España! de Manolo Escobar. Nada de marchas militares. Pere Aragonés, con esa gracia que tiene e Iceta con la suya, podrían hacer los coros. Y Vestringe, todo arte y garbo, bailar sobre la tarima oficial. Inolvidable.

Cada presidente del futuro, igual que ha hecho el colombiano contra la opinión del saliente, debería poder exhibir los símbolos e hitos, no oficiales, que le placieran, con la obligación ética según Iglesias, Echenique y Rufián, de respetuosa adoración por los visitantes extranjeros.

Y es que cuando se quiere elevar a oficial y absoluto lo que no es, se pueden encontrar con quienes aprovechen sus veleidades y montarles un circo similar, pero cambiando los actores. Animo a nuestros representantes a utilizar los criterios de estos políticos para, en cada pueblo y ciudad, sacar sus recuerdos y símbolos bajo pena de excomunión laica a quien no les rinda pleitesía y se ponga de hinojos. Lo que sea. Lo que vale para unos, vale para todos, aunque Iglesias y demás crean que sus verdades son únicas. Se nota que salen poco a la calle.

Termino con una referencia al diputado de Podemos, de Granada, que ha demandado la guillotina para el rey. Se ha pasado un poco este Robespierre trasnochado y caduco. De mal gusto la cosa y sobre todo un poco rancia. Como decía Javier Krahe, yo prefiero la hoguera, más tradicional y netamente española. Importar símbolos foráneos es un exceso cuando aquí los tenemos tan sobrios y elegantes como los que más. Y la hoguera supera con creces a la guillotina en arte, espectáculo y sobriedad. Seamos españoles.

Yo, a diferencia del mentado, apuesto por la hoguera, pero la que más me agrada es la de la noche de San Juan, donde quemar lo viejo y empezar el año con esperanza. Esa no le gusta al diputado verdugo que quiere sangre real. Qué se le va a hacer. Hay gente para todo.

* Catedrático de Derecho Procesal de la UA

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