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Luis Carlos de la Peña

paisajes humanizados (III)

Luis Carlos de la Peña

Un país antiguo

Betanzos, Pontedeume, Seselle

Vista aérea del casco vello de Betanzos. / FDV

Para la mirada de los peninsulares, con excepción de los gallegos, Galicia es un lugar distinto. Son obvias la lengua, la gastronomía y una idiosincrasia particular hecha de obstinadas y sinuosas líneas curvas. Hay otras características que, estando a la vista, requieren de una atención reflexiva. Por ejemplo, el paisaje, la orografía redondeada –femenina, insistiría Unamuno–, la vegetación barroca, la infinidad de torreones, pazos, castros, rectorales, castillos, aldeas y catedrales que dan, aún hoy, una idea de la antigua, armoniosa e intensa humanización del territorio.

Quizá por ello, el paisaje observado, interpretado y vivido durante milenios sea también, en Galicia, un objeto literario en sí mismo. Lo fue para Pondal y Rosalía; para Valle y Castelao o para Fernández Flórez. Pocos creadores gallegos han escapado al influjo del paisaje en su ánimo y a la aspiración de penetrar en sus detalles y secretos: del cunqueiriano cuco del bosque de Silva al protector tronco vacío del viejo castiñeiro de Oliver Laxe en O que arde.

Es posible que El bosque animado, de Fernández Flórez, sea la obra literaria que a lo largo del tiempo más ha ayudado a popularizar los mitos, leyendas y estereotipos de la Galicia rural. La tierra de Cecebre y Betanzos, situada en los límites híbridos entre la urbe y las grandes extensiones de pastos y áreas boscosas, donde la influencia marina penetra profundamente en la tierra a través de los mansos ríos, conforman un paisaje ameno y codiciado desde antiguo.

La estirpe de los Andrade ha dejado allí tumbas, iglesias y torreones militares que se alzan en lo alto de inexpugnables peñascos en mitad de las fragas como antecedentes rudos, primitivos y utilitarios de los delirantes castillos románticos de los príncipes alemanes. Los señores feudales hicieron esculpir a los pies de sus tumbas los animales totémicos del jabalí y el oso, símbolos de lo agreste y bravío de su linaje. En el Betanzos actual, quizá la villa gallega más armoniosa y dulce, las antiguas iglesias de San Francisco –que dibujó Correa Corredoira– o la de Nuestra Señora del Azogue, que tanto recuerda a la de Santa María en Baiona, acompañan el deambular sosegado por sus tabernas, a la sombra de los ramos de laurel a modo de lambrequines y el vino ligero de su branco lexítimo, realidad enológica ofrecida a los mercados globales. Ese vino de reflejos verdes y violáceos acompaña a la perfección la tortilla de Betanzos. Un icono que se ha hecho un hueco en las cartas de todos los restaurantes gallegos de Madrid y que tiene la virtud de convertir su huevo no cuajado en metáfora del grave estuario del Mandeo, 600 hectáreas de salicornia y pastizales salinos atlánticos. Los franceses harían de estas superficies el marco privilegiado de una denominación de calidad para un delicado agneau de prés-salés.

En Betanzos, en las Mariñas todas, son frecuentes los cabellos rubios y los ojos claros; mujeres lentas de grandes rasgos hermosos que son muestra de la diversidad de tipos que el paso de los siglos ha ido sedimentando en el país. Es tierra de políticos finos, de escuela italiana e influencia liberal inglesa. Un precipitado sintético de suavidad en las formas, realismo y practicidad. Enraizados en la tierra, galeguistas por naturaleza, con una comprensión fluida de las cosas de Galicia, encuentran con frecuencia en Madrid y en la política española el terreno de expresión que a ellos conviene.

Entre estos, con un pie en la gestión cultural y el otro en la creación, César Antonio Molina ha dedicado atención lírica al mundo vecino del Eume. “El paisaje es un estado del alma” dice, y desde Caaveiro a las aguas misteriosamente verdes del río encañonado por la fraga, Molina ha recordado en un prolongado lamento a su amigo Ramiro Fonte, el poeta eumés, fallecido demasiado pronto. “Es dura la soledad a la orilla de algún puerto mientras esperamos”, escribió el poeta. En la plaza de la Angustia, junto al crucero y ante su antigua casa, he brindado por él con un chispeante blanco de Paderne. Juro que frente a las encaladas fachadas y a su trasluz, brotó fugaz en él el reflejo esmeralda de las mismas aguas del Eume.

“Un espacio propio, idiosincrático, en la transición de dos mundos urbanos, de A Coruña y Ferrol. Bosques, aguas, torres medievales...”

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Betanzos, Pontedeume, un espacio propio, idiosincrático, en la transición de dos mundos urbanos, de      A Coruña y Ferrol. Bosques, aguas, torres medievales y la luz negra que anuncia el Cantábrico. Políticos hábiles, poetas disueltos en el paisaje y gentes emprendedoras que preservan estos lugares con un cuidado que no se ve en otras partes del país. El liberalismo, que es tradición amable en estas latitudes, organiza la convivencia desde la responsabilidad particular.

Aquí la libertad individual de cada cual parece ensamblarse sin encontronazos con las de los demás, en un proyecto colectivo razonablemente confortable y tácitamente consensuado. La tradición migrante a América ha dejado la huella indiana en numerosas construcciones privadas y en dotaciones de uso comunal. Late un discurso del esfuerzo y el mérito personal, de hombres y mujeres hechos a sí mismos, cuando el Estado era todavía una entelequia.

El ámbito de los esteiros del Mandeo y el Eume se disuelve en la ría. En Ares, orientado al suroeste y a la vista del haz luminoso de la Torre de Hércules, el arenal de Seselle es un buen lugar para despedir este país recogido y antiguo. El alcalde de la localidad, socialista y profesor de Derecho Civil en la universidad compostelana, firma un manifiesto de la Asociación para la Defensa de la Transición en contra de la Ley de la Memoria Democrática impulsada por su propio partido. Sorprende, entre los firmantes, el elevado número de políticos con arraigo en esta tierra.

El coruñés Salvador de Madariaga escribió que “el hombre y no las cosas es el alma de la política, y si las cosas han de estudiarse a fin de dar con la salida de los laberintos políticos, para salir de ellos habrá que estudiar a los hombres”.

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