En su enésimo decreto ley –es obvio que el señor Sánchez prefiere, para ciertos asuntos, tratar como urgentes problemas que su gestión agravó aún más de lo que ya eran de inicio– el Gobierno acaba de ordenar a la población que sea solidaria con sus errores y haga lo que le mandan desde Moncloa. De lo contrario. y con poca sutileza, se habla de “insolidaridad” y hasta se resucita el término “patriotismo” como aviso para desobedientes y/o críticos. El objetivo confeso es el ahorro energético, cuyo coste se “come” el poder adquisitivo de los llamados a la austeridad a la vez que el bajón global de la economía amenaza con la recesión.

Un horizonte que ni siquiera el laboratorio de “ideas” del gabinete presidencial –experto más bien en ocurrencias– podrá calificar solo de un “espejismo”. Este Gobierno tan solo domina el modo de endosar a los demás errores que él comete, y de exigir responsabilidades por “falta de cooperación” –a lo que llama “estorbar”– cuando los solicitados se niegan a entregarla sin condiciones y, además, de rodillas. Y es que, en realidad, su señoría pretende gobernar España como lo hace con el PSOE, a la voz de “¡ar!” y enviando al ostracismo a todo aquel –o aquella– que ose no ya replicar, sino abstenerse de aplaudir sus decisiones.

En ese marco es, en opinión de quien escribe, donde hay que situar el decreto acerca del ahorro energético. Un ahorro cuya necesidad nadie discute, siempre que se plantee en serio y no se quede en otro gesto, tan grato para don Pedro y tan utilizado por él, de peronismo, al que ahora recuerda proponiendo masas de “descorbatados” como Evita convocaba a sus descamisados. Pero la apelación al ahorro, como a la austeridad o la responsabilidad ante la pandemia –que nadie sensato niega– solo la concibe, el presidente, referida a otros, jamás a su Gobierno. Y hay referencias concretas más que suficientes para respaldar eso.

(Además, es en su equipo donde aparecen exproletarios que en tiempo récord multiplican su patrimonio, veintitrés ministerios de los que, en un Gabinete “normal”, la mitad no pasarían de negociado, un récord mundial de enchufados a modo de asesores o consejeros a sueldo o, en fin, la relación –“secreta”– de los viajes de quien ahora reclama otro esfuerzo a una ciudadanía ejemplar que lleva más de un decenio soportando crisis, apretándose los cinturones y soportando que la gobiernen equipos de incapaces. A cualquiera le daría vergüenza ajena, pero en determinados casos es imposible, ya que se carece de la propia. Y es una lástima).

Aun a riesgo que los inquisidores de bolsillo que rodean al núcleo duro de la coalición repitan sus habituales exabruptos y descalificaciones, e incluso supuestas afiliaciones “ultras” o conspiraciones de ricos con barba y puro, el decreto sobre el ahorro no resolverá en absoluto el problema, es apenas una muestra de la carencia de imaginación, la escasa preparación y la pésima gestión que caracterizan a una parte de este Gobierno. Que un día presume como si fuese el inventor del empleo y menos de una semana después se calla ante del dato de que en el mes de julio aumenta el paro y al que no le salen las cuentas ni con el auxilio de la tecnología más avanzada. Quizá por eso son tan frecuentes sus decretos, a los que, como temen algunos, solo les falta una fórmula de cuartel. Por ejemplo, “ahorrar, ¡ar...!”.