Presidente de Prensa Ibérica, Javier Moll, vicepresidenta Arancha Sarasola, autoridades, señoras y señores. 

Transcurría la segunda mitad del convulso siglo XIX. La revolución industrial transformaba las relaciones de producción tanto en la Europa anglosajona como en el corazón del continente. Las revoluciones de los años 48, cuando los trabajadores temían que los telares mecánicos y las máquinas los dejaran sin empleo, surgían por doquier. 

Los ferrocarriles, desde aquel inicial de Manchester a Liverpool recorrían media Europa. Las carreteras con nuevas tecnologías empezaban a cruzar los países que entraban en la modernidad. Los puertos, ya con el acrisolamiento del vapor y de la vela, unían los continentes. 

En España, sin embargo, el cambio era más lento y territorios enteros se anclaban en el inmovilismo. 

Fue entonces, en 1853, cuando apareció el Faro de Vigo. Era la respuesta desde esta ciudad a su aislamiento. Era entonces el Vigo que ya pescaba y ya trabajaba en las fábricas de la salazón. Llegados desde la Cataluña Mediterránea con el saber de su tarea desde los tiempos romanos, unos nuevos vigueses lanzaron la industria. Las sardinas se pescaban en la ría y los industriales se hicieron de Vigo. 

Pronto vimos que nuestro pescado debía llegar al resto de España. 

Pero el comercio no podía ir hacia el interior. Casi no había carreteras y ni asomo del ferrocarril. Y las comunicaciones eran imprescindibles para el negocio de la industria de la salazón. Y ahí arrancó el Faro, el de Vigo. 

Y aquel puerto, sí, el de Vigo, ya liberalizado el comercio con América, vio su espacio abierto. Las líneas marítimas de toda Europa recalaron aquí, en su ruta hacia Buenos Aires, a Cuba y a Puerto Rico. Y tanto había que mejorar el puerto para ir al mundo exterior. Pero también era preciso abrir las sendas para la Galicia interior, camino a las Castillas y ruta a la capital, a Madrid. Los grandes mercados necesitaban el pescado y las américas demandaban trabajadores y Vigo simbólicamente en medio.

Faro de Vigo entendió y encarnó a lo largo del siglo XIX las necesidades de un Vigo que producía mercancías y se relacionaba con América. Y la pesca enseguida hizo surgir el naval. En 1888, se botaron 8 barcos, en 1900, 87, diez veces más en diez años. La poderosa industria del naval, hierro y motor, arrancaba en la ciudad y al mismo tiempo en las páginas del Faro. 

Y la primera guerra mundial, aumentó la demanda de mercancías de la ciudad, y entonces ya con el tren en la estación de Urzáiz. En efecto, se había conseguido aquella demanda del Faro 39 años después. Era el gran avance de la comunicación interior. Ourense se acerco con aquel tren por el Miño, en 1881, y Madrid en 1885 y Portugal en 1886. Y el Faro lo celebró, porque era la gran necesidad y fuera su gran demanda. Vigo pasaba de las carretas a la máquina de vapor. 

Y la simbiosis entre el Faro y la ciudad que le daba su apellido, era total. Juntos eran capaces de lanzar la idea del nuevo Vigo, que había sido capital de provincia unos meses en el trienio liberal. Y el Faro lo promovía y lo contaba. Lo narraba, consciente de que lo había demandado en nombre de tantos empresarios, de tantos trabajadores que así evitaban la emigración. 

Pero ya en aquel principio del siglo XX, tanto las conservas, que con el avance tecnológico sustituyeron a la salazón, como los nuevos buques de hierro, fortalecieron la pesca y con ella la ciudad. Los apoyaba el Faro. 

Y la escuela de peritos industriales y la escuela de comercio. Todo en función de las necesidades de la economía, porque ya entonces sabían que Vigo sería tanto como fuese su economía. Y allí estaba el Faro, narrándolo, contándolo y apoyándolo.

Era más que el periódico, era el gran órgano que nos permitía el conocimiento y los logros, páginas de grandes artículos, de cartas, al estilo de lo que más adelante sucedería en The Times con las cartas de Keynes desarrollando su teoría económica contra las crisis. 

Y se fundó el Celta de Vigo, en la fusión de aquellos dos clubes que entendieron que unidos eran más. El Celta, que se iba a convertir en una pasión de la ciudad. Y las páginas del Faro lo contaron cada día a lo largo de todo un siglo. 

Y el Cristo de Vigo, manifestación de la gente, llevaba su procesión al mes del estío. 

La crisis de los años 30 no tuvo gran efecto en la ciudad. Eramos industria pero con una demanda asegurada. Y seguíamos sin carreteras convenientes y con el olvido sobre Portugal. Nuestro tren aún no iba por Zamora, daba una gran vuelta innecesaria. Era preciso el tren directo a Madrid, y las carreteras, nos contaba el Faro. 

Pero América se llenaba de gentes que dejaban Galicia desde Vigo. Eramos la imagen de Europa en América. Pero aquella gente no regresaba. Y así lo advertía el Faro. 

La burguesía de Vigo empezó a tambalearse. Y llegó la Guerra Civil, que tanto daño hizo. Y también el Faro la contó. Con las limitaciones de la dictadura, pero la contó. 

Había transcurrido aquella etapa de los nuevos grandes y nobles edificios que las burguesías del naval y de la conserva, habían construido. Era el Faro el que iba narrando aquella sucesión de hechos, de fábricas, de arquitectura, de nombres notables de la edificación, Alfageme, Albo, La Artística, y sus arquitectos, Pacewic, Palacios, Gomez Román.

Eran las páginas de un diario que iba haciendo cultura, desarrollo, historia, en sus crónicas, desde sus páginas, desde sus ilustraciones, desde sus fotos. Y ahí están, dando testimonio y la épica de aquella eclosión de Vigo. 

Y los grandes escritores que enarbolaban la bandera de la cultura, en la narrativa, o los pintores, porque de la luz surgían Laxeiro, Colmeiro, Lugrís. 

Era el gran movimiento de la renovación que eclosionaba desde el mediodía en calle Principe y desde allí saltaba a Buenos Aires, a las tierras de América. Pero siempre desde las páginas del Faro cobraban vida en la madrugada del periódico, y así en el Faro aquella revolución del arte viajaba por el mundo. 

Y los directores del diario, quizá Álvaro Cunqueiro los ejemplifique, mostrando el maridaje como el del mar, las rocas y la pesca, pero en la narrativa, la poesía y la dirección de un Faro cada vez mas dinámico. 

Y Vigo crecía y el Faro daba cuenta. Y el tren ya alcanzaba Madrid y Barcelona. Ya estábamos donde debíamos. Pero nuestra alma se iba cubriendo con la niebla de la tristeza de una emigración que alejaba a tanta gente de sus hogares de Galicia a América, muchos para no volver jamás. O el débil consuelo de que la nueva emigración a Europa ocupase ahora su lugar. Y las páginas del Faro lo contaban, aunque llorosas y adustas. 

Y aún hoy, los anuncios con colores luminosos de los paquebotes adornan las paredes de la redacción del Faro. Sigue siendo la historia de nuestro éxito, pero también el reflejo de nuestro descontento por la emigración. Más sin embargo a Vigo incansablemente, y tercas como la corriente del Lagares, acudían las empresas, la industria, los servicios y la ciudad crecía. Y el Faro también. Y las noticias también. 

Y aquellos automóviles que recorrían el mundo, empezaron a fabricarse en Vigo. Y en las páginas de Faro asomaron aquellos dos caballos de lata y motor que enseguida salieron del papel del periódico y empezaron a recorrer el mundo. Aquella noticia dio paso a la mayor factoría de automóviles de Europa. Y llego el sector de la automoción. Y miles de empleos y la tecnología llenaron Vigo. 

Y entonces Zona Franca, impulsando y promoviendo economía, fue recibida por la ciudad y por el Faro. 

Democracia, democracia, democracia. La transición, en toda España y aquí, en Galicia y en Vigo, con una enorme fortaleza. Los grandes avances, el impulso del Faro, la historia de mítines políticos, que solo por hacerse, eran el cántico a la libertad. Y páginas, y titulares, y crónicas de un Faro exultante con la ciudad. 

Y con la llegada del Estatuto de Autonomía, seguimos dando pasos, y el Faro lo contaba, lo narraba, lo apoyaba. Y quizá en ese momento, en Vigo desatendieron nuestra historia, nuestro destino, y nuestra visión de la modernidad. Y aquí se decidió abandonar el legitimo derecho a formar parte de la estructura administrativa de la nueva Galicia. No supieron ver el momento. 

Era la crisis de los setenta y de los ochenta y quizás demasiado absortos en cómo hacerle frente, o mismo a la difícil transición política a la democracia, se dejó pasar aquel tiempo de redefinición de la historia. Y entonces la crisis económica tiñó de sombras al automóvil, y al naval. Y el Faro también entro en crisis, que amenazaba con su desaparición. 

Y el Faro hubiera seguramente desaparecido. Pero Javier Moll y Arancha Sarasola supieron entender la importancia de aquel diario que como The New York Times o The Times venían informando de sus territorios desde más de un siglo antes. Y el Faro se incorporó a Prensa Ibérica. Y con Ceferino de Blas como director siguió su senda de narrar y entender nuestra realidad. Con aquel anclaje del Club Faro, de conferencias, de narrar cómo Citröen superaba su crisis, cómo Barreras cambiaba de propietarios y como las antiguas industrias eran renovadas o sustituidas por otras con nuevos dirigentes. Pero igualmente coronadas por el éxito. 

Y el Faro nos contaba como aquella crisis de la pesca se resolvía con los nuevos buques congeladores que faenaban en los más lejanos mares océanos. 

Y así, Presidente Moll, Vicepresidenta Sarasola, el Faro empezó a recuperar su gran espacio. Subíamos las cuestas y éramos de nuevo ciudad. Pero en Vigo, económicamente fuerte, seguía la debilidad de su poder político como colectivo. Y el Faro, el Faro en Prensa Ibérica, lo detectó de inmediato. 

Y las páginas del Faro, pronto nos anunciaban la aparición de la nueva Universidad, la de Vigo. Una vieja demanda de tantos profesores que estábamos en la universidad y una incontenible demanda de la sociedad. Y las portadas y páginas del Faro incorporaron esta nueva gran parcela. La ciencia, el conocimiento, iban a mejorar la tecnología y la investigación y dar paso a la nueva economía. 

Ciento cuarenta años después de su fundación el Faro informaba de la inauguración de la autovía de Vigo a Madrid. Aunque inconclusa, era un gran avance. Fotos, titulares, crónicas, el Faro estaba allí. 

Pero los transportes se modernizaban en otros lugares mientras aquí obsoletos, mostraban sus carencias. Y hubo que volver a recordar los grandes objetivos de la aparición del Faro, en aquel 1853; la comunicaciones seguían en precario. Sin tren de alta velocidad, sin los vuelos necesarios, con una autovía inconclusa, las carencias eran manifiestas. 

Y siguió la saga de buenos directores, con Juan Carlos da Silva, la llegada de Isidoro Nicieza y los cambios políticos llevaron a una situación en la que Vigo tenia que levantar la voz de nuevo. 

Y las páginas del Faro fueron testigo privilegiado y actor clave de una nueva época en la ciudad. Se acababa el conformismo ante la dejadez y el abandono de los que no entendían lo que Vigo representaba. Y así, de nuevo, las demandas surgieron. Esta vez desde la política que en otras ocasiones históricas había sido sumisa al poder en otras latitudes. 

Y páginas y los textos y las fotos narraban una nueva gran defensa, la de la caja de ahorros, el tren de alta velocidad, la amenaza de cierre del aeropuerto con aquel eslogan de aeropuerto único. Y el Faro, eterno compañero de singladura, al lado de la ciudad. Pero aún iba a haber más. Las portadas en defensa del partido judicial y los artículos de opinión reclamándolo, la importancia de la sanidad, el apoyo a un puerto más dinámico, las Islas Cíes patrimonio de la humanidad.

Cuantas aventuras magníficas, presidente Moll, vicepresidenta Sarasola, en la búsqueda de nuestros eternos sueños.

Y de pronto, como surgido del viento del mar, emergió. Apareció de súbito y puso a Vigo entre las ciudades con marca propia en el mundo. Era la Navidad, que el Faro siguió y popularizó con maestría. Y aquello dio la vuelta al mundo, y sigue creando el mito de Vigo. El turismo, decía el Faro, ya era el éxito en nuestra economía. 

The New York Times, The Times, The Guardian, La Reppublica, las televisiones... era la Navidad que atraía la atención de los más prestigiosos diarios de mundo. El Faro el primero. Y millones de visitantes. 

Y la última crisis del naval, y la necesidad del PERTE de la automoción para Vigo que ahora ya marcha en la buena dirección y ya asegurado, como ayer nos anunciaba el Faro, ahora ya con Rogelio Garrido como director. O la necesidad de un gran PERTE del naval, felizmente ya conseguido, o la alta tensión eléctrica, qué, denegada desde la pasada década, conseguiremos. 

Y el Faro y su presidente, Moll, ahí. Y nuestra demanda colectiva del agua, o el nuevo Plan General de Urbanismo. Y la fuerza imparable de la economía y de los emprendedores que dan a la ciudad su fuerza. Y ese es también el emprendimiento de Javier Moll y de Arancha Sarasola, una gran cadena de medios, Prensa Ibérica y con Faro de Vigo, el decano de la prensa española, a la cabeza. 

Y cuando los literatos escriben, la narrativa lo nutre, Ledicia Costas o Antón García Teixeiro.

O el “Faro na Escola”, con miles de jóvenes que confeccionan y tiran en la rotativa del Faro, sus periódicos, los Faros de cada colegio.

Por eso Vigo es su Faro y el Faro es Vigo. Es nuestro Faro. Siempre en el apoyo de la ciudad, y de los municipios del territorio.

Es parte de nuestra alma. Nuestro es el decano de la prensa, y la prensa es democracia y la democracia es libertad. Faro de Vigo, medalla de honra de la ciudad. 

Muchas gracias.

*Texto íntegro de la intervención del alcalde Abel Caballero durante la gala de concesión de la Distinción de Honra da Cidade de Vigo