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Ánxel Vence.

Crónicas galantes

Ánxel Vence

Sanchismo sin Panza

Al presidente del Gobierno le atribuyen sus más ensañados enemigos el mérito de haber creado un régimen que denominan “sanchismo”. No deja de ser un homenaje involuntario a su figura, si se tiene en cuenta que solo los líderes con poderío son quienes de bautizar con su apellido una corriente política. Como el leninismo de Lenin o el peronismo de Perón, pongamos por caso; aunque este no sea en modo alguno el caso.

Se trata de una exageración, dado que Pedro Sánchez dirige un partido socialdemócrata y, más o menos, se comporta como tal, salvadas sean algunas medidas más bien anecdóticas que le exigen sus socios de gobierno. Son estas, por lo general, cuestiones de costumbres relacionadas con el sexo, la correcta alimentación, el veganismo o la ecología entendida como una variante de las concejalías de parques y jardines. Ahí les deja hacer a los unitarios de Podemos.

Otra cosa son las palabras mayores. Cuando hay que afrontar asuntos serios, como las relaciones exteriores, la OTAN o la UE, quien decide en primera y última instancia es Sánchez. O por decirlo con exactitud, Estados Unidos.

Lejos de constituir una novedad, este hábito tiene su antecedente en los tiempos ya algo lejanos del felipismo, así llamado en honor al presidente Felipe González.

“Por el cambio” fue en 1982 el lema del PSOE, que ganó de calle las elecciones llevando en su programa el reclamo de sacar a España de la OTAN. González convocó después un referéndum para seguir bajo el mando militar de Estados Unidos y los españoles se lo aprobaron, igual que antes le habían votado por la razón contraria. Al final hubo cambio, pero de opinión; lo que no impidió que Felipe siguiera obteniendo el plácet de sus electores.

“Puede que los detractores del presidente le estén haciendo un elogio”

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Tal vez advertido de ese carácter mudable de la opinión pública, Sánchez ha dicho a menudo una cosa y su antípoda con la misma soltura que su antecesor. Temía, por ejemplo, que una alianza con Podemos le provocase insomnio, pero apenas unas semanas después formó gobierno con la organización del otro Pablo Iglesias.

No hay motivo para reprochárselo. El genial Maquiavelo, maestro de estadistas, hizo notar mucho tiempo atrás que en el arte de la gobernación no existe el engaño, sino un acuerdo tácito entre los que engañan y los que están dispuestos a dejarse engañar. Es un consejo que han utilizado imparcialmente en España –y no solo aquí– la izquierda, la derecha, el centro y los extremos.

El mismísimo general Franco, que era casi genéticamente antiamericano, no dudó en regalarle a Eisenhower, el de Normandía, unas cuantas bases militares a cambio de que el imperio hiciese la vista gorda con su dictadura.

Extraña un poco, si acaso, que a los españoles se les vea por ahí afuera como quijotes, cuando lo cierto es que nos encaja más bien el perfil de Sancho Panza, tan abundante aquí como en cualquier otro país del mundo.

Al escudero del inmortal Caballero de la Triste Figura lo retrató Cervantes con los rasgos de un gordo simpático, algo vago, glotón y dotado de una filosofía de la vida que se basaba en ensartar refranes como cuentas de rosario. Curiosamente, no es este Sancho de la Ínsula Barataria, sino Sánchez el de La Moncloa, quien ha dado nombre a la actual corriente del “sanchismo”. Aun sin pretenderlo, puede que los detractores del presidente le estén haciendo un elogio.

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