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Faro de Vigo

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Julio Picatoste

Los derechos de la madre Tierra

Si los seres humanos desaparecieran de la faz de la tierra, los animales y las plantas sobrevivirían; si desaparecen los animales y las plantas, los seres humanos se extinguirían. Gabriel Rabinovich

Tras su jubilación, José Antonio Martín Pallín está viviendo una etapa prolífica solo entendible en quien cuenta con un bagaje intelectual copioso y una destreza comunicadora que administra con oportunidad y acierto. Es la suya una jubilación fructífera. Por eso, le he insistido varias veces para que, aprovechando esa energía productiva, pusiera negro sobre blanco la memoria de los avatares del mundo judicial del tardofranquismo y de la Transición. No puede ser que tan rico acopio testimonial de historias y vivencias que le he oído en animadas sobremesas veraniegas quede inédito. Cuando le pregunto si se ha puesto manos a la obra, él, que es gallego, simplemente sonríe, sin pronunciar palabra, reacción gestual que en él es de ambigüedad equiparable a la posición incierta del gallego en el rellano de la escalera.

Me refería a su fértil jubilación porque, además de los artículos de prensa, en espacio de unas semanas, ha publicado dos libros: Los derechos de la Tierra y La guerra de los jueces. Me ocupo hoy del primero exclusivamente. Es un interesante y jugoso opúsculo con el que el autor alza su voz para sumarse a ese grito coral con el que hombres y mujeres de buena voluntad entonan la sinfonía ecuménica en defensa de los derechos de nuestra madre Tierra. Es un elogio del ecologismo, pero de un ecologismo solidario y responsable, sin aquellos excesos que, a la postre, favorecen una imagen distorsionada de los movimientos ecologistas.

Hay en sus páginas un vigoroso llamamiento a la defensa de un planeta gravemente herido por la voracidad del ser humano que lo habita, y es a la vez una condena de quienes, ávidos de enriquecimiento, llevan a cabo una depredadora explotación de los recursos de la naturaleza. Estamos alterando la capacidad de autorregulación de la vida sobre la Tierra. El hecho es, sin duda, de una gravedad extrema. Si no se remedia, será un lento suicidio colectivo. Elocuentes son las palabras de Rabinovich que trascribo como entradilla de este artículo y que tomo de las páginas del libro que comento.

Estamos hablando del daño causado a bienes que son comunes: el aire, los ríos, los mares, los bosques, elementos vitales cuyo grave deterioro supone el insolidario quebrantamiento del deber moral de proteger y conservar, para las generaciones venideras, la habitabilidad del planeta.

"Estamos alterando la capacidad de autorregulación de la vida sobre la Tierra. El hecho es, sin duda, de una gravedad extrema. Si no se remedia, será un lento suicidio colectivo"

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De ahí que el autor propugne un pacto intergeneracional para remediar y poner coto a un menoscabo progresivo que compromete seriamente la habitabilidad del hogar de la humanidad, nuestro planeta.

El artículo 45 de la Constitución ampara “el derecho a disfrutar de un medio ambiente adecuado para el desarrollo de la persona, así como el deber de conservarlo”. Consecuencia del anterior derecho de los ciudadanos, habitantes del planeta, es la correlativa obligación que el mismo precepto impone a los poderes públicos “de velar por la utilización racional de todos los recursos naturales, con el fin de proteger y mejorar la calidad de vida y defender y restaurar el medio ambiente, apoyándose en la indispensable solidaridad colectiva”.

Pero, en opinión de Martín Pallín, la respuesta de los tribunales no tiene la contundencia que la gravedad del hecho merece; la escasa sensibilidad de los tribunales en esta materia deja reducido el artículo 45 de nuestra Constitución a un texto de evanescentes buenos propósitos. Y ya que el citado precepto ampara el derecho a disfrutar de un medio ambiente adecuado para el desarrollo de la persona, debe ponerse en relación con el art. 10 que incluye el libre desarrollo de la personalidad como derecho fundamental en el que se fundamenta el orden político y la paz social. Esta propuesta del autor no debe echarse en saco roto; recuérdese que el Tribunal Constitucional se apoya en la doctrina del Tribunal Europeo de Derechos Humanos sentada el caso López Ostra contra España para afirmar que ciertos niveles de contaminación ambiental son susceptibles de atentar contra los derechos fundamentales a la integridad física y moral, a la intimidad personal y familiar y a la inviolabilidad del domicilio (ej. STC 119/2001).

Y el autor va más allá; propone una modificación parcial del texto constitucional por la vía del art. 167 con el objeto de completar en lo necesario la redacción de las referencias al medioambiente.

Basándose en experiencias judiciales (EE UU) y parlamentarias (Nueva Zelanda) propugna el reconocimiento de derechos de plantas y animales. Y finalmente, se suma a la propuesta de Ferrajoli de elaborar una Constitución de la Tierra que ampare su habitabilidad frente a los desmanes de la codicia insensible. El propio Martín Pallín arrima el hombro y ofrece, de propia factura y como colofón de sus reflexiones, una Constitución para la Tierra. Es esta –dice– una especie de iniciativa utópica, pero irrenunciable. Yo me apunto a esa utopía. Por razones de justicia y para que “eternamente resplandezca de azul la lejanía” en la que quiero que vivan los nietos de mis nietos.

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