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Faro de Vigo

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Jorge Fauró

ARENAS MOVEDIZAS

Jorge Fauró

Periodista

Desaparecer como Marisol

La Academia de Cine Español, con sede en Madrid, mantiene abierta al público hasta el 29 de julio la exposición Marisol, el resplandor de un mito, un repaso en imágenes al icono nacional que fue y continúa siendo la actriz y cantante Pepa Flores, con 39 fotografías del maestro César Lucas, su retratista de cabecera desde comienzos de la década de 1960 hasta mediados los años 80.

La muestra, muy recomendable, incluye algunas de las instantáneas más reconocibles de la artista malagueña y otras menos populares, e incluso inéditas, que evidencian la grandeza de un personaje que pasó de niña prodigio a artista y mujer prodigiosa, amada por cuantas generaciones la vieron en pantalla, grande o pequeña, o la escucharon a través de los microsurcos de un vinilo o de aquellas cintas de casete que andábamos casi siempre rebobinando con un bolígrafo Bic, asociación de objetos de difícil explicación para hípsters y millennials que no han sido coetáneos de Marisol, siempre Pepa.

En el preámbulo de la muestra, que se acompaña de una entrevista grabada en vídeo con César Lucas, se pone en valor la fuerza de un personaje cimentado en apenas dos décadas de actividad artística, el periodo que transcurre entre 1959, cuando conoce al productor Manuel Goyanes –para recibir al año siguiente, con solo 12 años, un premio en la Mostra de Venecia–, hasta 1985, en que tras un arranque de decenio de exitosas películas y álbumes de estudio, se retira de la vida social poco después del estreno en TVE de Proceso a Mariana Pineda, serie de la que fue protagonista. Desde entonces, vive en Málaga apartada de la vida social y retirada de todo lo relacionado con el oficio que la convirtió en leyenda y que, según su fotógrafo de referencia, jamás quiso ejercer. En 2020 tampoco acudió a recoger el Goya de Honor de la Academia, que ahora le rinde otro homenaje con las mejores fotos de Lucas. Aquel año 85 Marisol desapareció.

"Dichosos los que en la cresta de la ola de sus carreras profesionales deciden, por cualquiera que sea el motivo, retirarse a sus cuarteles de invierno"

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Desaparecer. Qué envidia, esos personajes –muy pocos– que, de forma voluntaria y pudiéndoselo permitir, eligen quitarse de la circulación, llevar la vida que siempre desearon o apartarse de la que nunca quisieron ser protagonistas. Marisol, la italiana Mina, el autor de El guardián entre el centeno J.D. Salinger, David Bowie en diez de los últimos 12 años de su vida, actrices como Silke, modelos como Esther Cañadas o iconos planetarios como Sean Connery, en cuya última etapa se recluyó para escribir, constituyen algunos ejemplos de las consecuencias de una fama excesiva y en determinados casos no deseada, en ocasiones labrada –Marisol es la excepción entre la nómina citada– de forma voluntaria, buscada, trabajada de manera abnegada y a menudo cruzada con la realidad de un espejismo de sobreatención mediática, lujo y oropel que acaba machacando el talento. Estoy pensando también en la gimnasta Simone Biles, agotada posiblemente por todo lo anterior cuando apenas acaba de iniciarse en la aventura de la vida.

En cualquier caso, dichosos los que en la cresta de la ola de sus carreras profesionales deciden, por cualquiera que sea el motivo, retirarse a sus cuarteles de invierno. La Historia transcurre permanentemente a dos velocidades, la de los que deciden apartarse porque pueden y la de los que se quedan porque no tienen más remedio, que es (somos) la inmensa mayoría, silenciosa o embarullada, lo mismo da. Los primeros acumulan mayor riqueza emocional que los diez primeros millonarios de la lista Forbes, a quienes les resultaría imposible tomar el mismo camino que Connery o de Pepa Flores. Estos últimos se benefician de las ventajas de no salir hasta la náusea en los medios de comunicación o en las redes sociales, más que de tanto en tanto, cuando en alguna redacción alguien plantea escribir aquello de qué fue de aquél o de la de más allá.

Existe un tipo de personas que no podrían desaparecer aunque se lo propusieran, lo mismo da que se llamen Elon Musk o el trabajador o desempleado anónimo, siempre pendientes de los vaivenes del mercado financiero o laboral; se llamen Amancio Ortega o apechuguen a diario con una relación tóxica, en casa o fuera de ella. Estoy convencido de que Marisol, que a día de hoy continúa resplandeciendo como el mito que fue, no se cambiaría por cualquiera de los hombres y mujeres empoderados en la cumbre de sus profesiones. Para los demás, pobres o ricos, la vida continuará siendo una tómbola.

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