Suscríbete

Faro de Vigo

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

José María de Loma.

Mi cargador ha muerto

Mi cargador ha muerto. He intentado reanimarlo pero nada. Le he aplicado viejos trucos pero no ha habido manera. Falleció feliz, en casa, rodeado de los suyos. O sea, de otros cargadores más viejos que él, más eficaces o peores, más caseros o sofisticados. Todos familia. Tuvo una vida plena. Trabajó a todo ritmo diariamente, a veces tres o cuatro veces por jornada. Viajó por Europa entera, conoció bien España, prestó sus servicios en hoteles, pensiones, casas rurales, casas de amigos, oficinas, platós, restaurantes e incluso en un supermercado, en una filatelia y en una tienda de metáforas.

No solía protestar, aunque a veces se calentaba. Le gustaba ir en el bolsillo del vaquero, algo incómodo pero cerca de donde él consideraba que tenía que estar. También viajó en mochilas, guanteras, aviones, trenes, bolsos, coches ajenos y hasta bolsillos de familiares. Y en el bolso de mi mujer.

Mi cargador era muy proclive a la integración del extranjero, muy partidario del enriquecimiento que supone la mezcla cultural. O sea, no se oponía a que yo a veces comprara otro en el chino. Eso sí, a veces se escondía en un cajón o detrás de un libro o bajo el mantel e incluso en la cocina entre cacharros. Pero todos tenemos días malos o perezosos.

Lo noté renqueante hace unos días, remolón a activar el móvil en según que posición o enchufe. El blanco de su cuerpo y su cable fue oscureciéndose y finalmente, un día, tras toquetear y probar una y otra vez, tras retorcer el cable e insistir, dejó de funcionar. Palmó. Puede ser eso, el cable, me dijo un especialista en cargadores. Quizás sea el móvil y no el cargador, dictaminó a quien pedí una segunda opinión.

Fue electrizante, o sea, bonito mientras duró. Lo he metido en una caja y tardaré en olvidarlo. Yace con otros, que también lo dieron todo en su día. Acabo de bajar a comprar otro. Para no descansar en paz.

Compartir el artículo

stats