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Tino Pertierra

Sólo será un minuto

Tino Pertierra

El último aliento

María: “Los médicos no lo entendían. No les cabía en la cabeza que alguien con tantos daños pudiera resistir tanto. Yo estaba empeñada en llevar la contraria a los pronósticos más sombríos, a las previsiones más pesimistas. Hacía semanas que debería haber abandonado este mundo y, sin embargo, ahí seguía, postrada en la cama con el cuerpo cada vez más débil, dormida casi todo el tiempo sin más alimento que el suero y sin más líquido que un calmante. Ahí seguía cuando todos los datos y todas las pruebas decían: esta mujer debería haber dicho su último adiós hace tiempo. Y no. Deberían haber hablado con mis hijas. Les habrían explicado que nunca fui una mujer que se rindiera así como así, que siempre planté cara al destino, que a cada golpe de la vida yo respondía con un empujón para que apartara de mí cualquier tentación de claudicar. Pero no es eso lo que enseñé a mis hijas. Sin sermones, sin apelar a creencias divinas. Luchar hasta el último aliento y ponerle las cosas difíciles a la adversidad. E irme con serenidad, convencida de que quienes me quieren me seguirán teniendo en un lugar de su memoria que merece la pena habitar. Cuando mi hija Ana me cogió la mano y acercó sus labios a mi oído (es el último sentido que se pierde, no sé si lo sabes) supe que había llegado el momento. Me dijo que era muy afortunada por haber tenido una madre como yo, que jamás olvidaría las lecciones de vida que aprendió a mi lado (valentía, orgullo, dignidad e incapacidad para guardar rencor, por ejemplo) y que cuando yo no estuviera haría lo que le pedía tantas veces: rompe cadenas, empieza una nueva vida que sea un desafío, sé tú misma. Mamá, si me oyes, aprieta mi mano, dijo. Y yo reuní las pocas fuerzas que me quedaban y, antes de entregar mi último aliento, se la apreté. Así”.

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