Ahora que se ha –casi– institucionalizado la aplicación a determinadas actuaciones, o situaciones, lo del “efecto” –en relación, por ejemplo, a la llegada del señor Feijóo a la jefatura de la oposición, o lo que puede significar el resultado electoral andaluz en el resto de la España política–, quizá no venga mal recordar el “efecto D”, de Demografía. Que probablemente tendría que llevar de cabeza a todos aquellos que optan a gobernar o a mantenerse donde están, pero que, sin embargo, no parece despertar, al menos en público, a muchos de lo que aparenta con respecto a ese problema una larga y plácida siesta. De esas, como dijo Cela, que incluyen “pijama y orinal”.

Viene a cuento el introito de la noticia de FARO que advertía, de nuevo, acerca de la caída de la población gallega, que, muy resumida, consiste en que aquí se mueren más personas de las que nacen. Y si eso se mantiene, o empeora, en un plazo no demasiado largo, puede ocurrir que el antiguo Reino de Galicia se va a queda reducido a un recuerdo melancólico de tiempos mejores. Algo que, si se une a otras dos características propias, que son el envejecimiento y la dispersión poblacionales, “olvidadas” reiteradamente por el Estado, resulta probable que a los malos augurios que se citaban haya de añadirse que antes de desaparecer, el país esté en bancarrota. Y si alguien lo duda, que repase despacio las cifras estadísticas: meten miedo.

No es propósito de quien tal opina provocar una alarma que los que habrían de combatirla con hechos no parecen sentir. Pero no porque no sea cierta, sino sencillamente a causa de que les da demasiado temor como para confesarlo o, en sentido contrario, ninguno. Lo segundo sería mucho peor que lo primero, porque significaría pura y simplemente una irresponsabilidad gubernativa manifiesta. De modo que, por si acaso, no estará de más recordar otra vez que, a modo de guía, quien la necesite en ese laberinto tiene a disposición un trabajo excelente de la Fundación Barrié, que diagnostica y aporta recetas. Es posible que en algún detalle pueda necesitar un aggiornamento, pero sigue siendo muy válido.

Resulta evidente que la cuestión tiene un alcance global, y que amenaza sobre todo a los países desarrollados –a unos más que a otros, cierto–, pero nadie escapa a la búsqueda de soluciones y para hallarlas habrán de obtener respuesta colectiva. Que significa políticas estatales cohesionadas, con los matices o variantes que se necesiten, pero a la vez que estudie a fondo salidas paliativas como son, por ejemplo, las de establecer normas claras y generosas acerca de la inmigración. Un fenómeno creciente que debe contemplarse desde doble punto de vista: el de humanismo y el de necesidad económica mutua, por ese orden. Sin privilegios ni discriminación y sobre todo sin atender a quienes predican lo de “Santiago y cierra España”, que deberán ponerse al día, no sea que se vean tan anticuados como el propio lema. Y. en último caso, porque también les interesa.

Se ha reiterado desde el conjunto social el aviso de que Galicia es una de las regiones europeas más afectadas por el “efecto D”. Y como el tiempo apremia, y juega en contra, cumple requerir de la Xunta en esta nueva etapa, que aborde y mejore el plan que en la anterior se anunció. Y no porque fuera deficiente, sino porque es manifiestamente mejorable y todavía más necesario. Cierto que lo que se reclama ha de encajarse en el marco común de España, pero las peculiaridades gallegas reclaman premura: como se afirma en lenguaje coloquial, el Ejecutivo gallego tiene que ponerse las pilas si desea evitar un futuro aún más complicado. En lo demográfico y en lo político, porque un país prevenido no debe ser sorprendido.