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Faro de Vigo

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Joaquín Rábago.

¿Se nos ha olvidado ya la homofobia del presidente polaco?

Todo lo que sucede en torno a la guerra de Ucrania, incluidos los continuos llamamientos a armar hasta los dientes al país invadido, hace a muchos olvidar ciertas cosas, pero los medios deberían estar ahí para recordárnoslo.

Me refiero, por ejemplo, a la carrera política del actual presidente polaco, Andrzej Duda, que se ha permitido últimamente atacar a su colega francés, Emmanuel Macron, y al canciller federal alemán, Olaf Scholz, por haber osado ambos hablar por teléfono con Vladimir Putin.

¿Hemos olvidado ya tan fácilmente que ese mismo Duda, del gobernante partido ultraderechista Ley y Justicia, se impuso en las últimas elecciones polacas a un exalcalde liberal de Varsovia con un programa que, entre otras cosas, anatemizaba a la comunidad LGTBQ?

Bajo su Gobierno se publicó un decreto que invitaba a los municipios polacos a expulsar de ellos a los miembros de ese grupo. Y en 2022, es decir, al año siguiente de su publicación, un centenar de municipios se habían declarado ya zonas “libres de LGTBQ”.

Según declaró el propio Duda en cierta ocasión a los medios, la comunidad LGTBQ es “peor que el comunismo”. O como dijo otro miembro de su partido, “los LGTBQ no son personas, son una ideología”.

"Bajo su Gobierno se publicó un decreto que invitaba a los municipios polacos a expulsar de ellos a los miembros del colectivo LGTBQ"

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Pues bien, ese mismo Duda, que no desentonaría al lado de cualquier político de Vox, se ha convertido en uno de los dirigentes europeos más beligerantes con Rusia hasta el punto de oponerse a cualquier intento de diálogo con Putin, un político también –no lo olvidemos– ultra y homófobo.

Al igual que algunos de sus colegas de las Repúblicas bálticas, Duda tan sólo confía en el escudo protector de Washington y recela profundamente de los esfuerzos diplomáticos –hasta ahora, por desgracia, infructuosos– de sus colegas de París o Berlín, que equipara a intentos de apaciguamiento del invasor, como los del británico Chamberlain con Hitler.

Con el Reino Unido del aún más belicoso y cínico Boris Johnson fuera de la Unión Europea, parece corresponder ahora a esos países excomunistas el papel de frustrar cualquier intento de diálogo europeo con el Kremlin para intentar detener la actual carnicería.

Sólo quieren ver a Rusia desangrada, como desean con ardor también los halcones de Washington, últimamente fuertes en el Departamento de Estado, sin que parezca preocuparles cuántos militares y civiles ucranianos y cuántos rusos dejen la vida por el camino.

Lo malo es que el actual clima político en Europa les favorece: sobre todo en Alemania, donde el anticomunismo de años de Guerra Fría se suma a viejos reflejos antirrusos. Lo primero es, por cierto, un total absurdo, habida cuenta de que Putin es hoy un vehemente anticomunista donde los haya.

Parece como si se quisiese arrojar definitivamente al basurero de la historia la vieja política de distensión con la URSS –la Ostpolitik– practicada por el canciller socialdemócrata Willy Brandt y continuada por sus sucesores, primero en Bonn mientras Alemania estuvo dividida, y luego en Berlín con Rusia.

Es significativo que en uno de los programas de debate político más populares de Alemania, el que dirige el relamido tirolés del sur Markus Lanz, éste no sólo invite sobre todo a partidarios de no dejar una salida a Putin, como quiere, por ejemplo, Macron, sino que interrumpa bruscamente y apenas deje hablar a cualquiera que ose expresar la opinión contraria.

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