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Faro de Vigo

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Joaquín Rábago.

Ucrania y la guerra informativa de Occidente

En cualquier guerra moderna, lo que el lingüista Noam Chomsky llamó “opinión manufacturada”, es decir, la preparación psicológica de los ciudadanos, es absolutamente esencial, y esto se ha visto con gran claridad en la guerra de Ucrania.

Antes ya de que Rusia comenzara la brutal invasión de su vecino, los grandes medios de comunicación estadounidenses, que son siempre los que marcan la agenda informativa, al menos la de Occidente, empezaron su labor en ese sentido.

Había que demonizar a Vladímir Putin, calificarle no ya solo de “dictador” o “autócrata”, lo cual es por desgracia cierto, sino también de “criminal” al frente de un “Estado canalla” (en inglés: rogue state) como era el Irak de Sadam Hussein cuando lo invadió, ilegalmente también, EE UU.

Había que denunciar su anexión de Crimea y compararle con el dictador comunista Josef Stalin y el criminal nazi Adolf Hitler por su voraz apetito de territorio ucraniano, y advertir de que si no se le paraba a tiempo, seguiría tragándose a un país europeo tras otro.

Había, sin embargo, que olvidarse del hecho, bien documentado, de que el Departamento de Estado norteamericano y la CIA no fueron ajenos a la sangrienta revolución del Euromaidán, que sirvió para derrocar a un presidente democráticamente elegido, y reorientar la política ucraniana hacia Occidente y la OTAN.

Y como se había estado haciendo durante años, había que silenciar el hecho de que el batallón Azov, integrado sobre todo por neonazis, hubiese llevado a cabo una guerra brutal que causó 14.000 muertos contra las regiones independentistas del este de Ucrania, de mayoría rusófona, que no aceptaron aquel viraje de la política exterior de Kiev.

Había también que olvidar que Ucrania había sido un Estado tan corrupto como la propia Rusia, con sus riquísimos oligarcas, uno de los cuales había financiado la cadena de televisión que había dado popularidad como cómico al nuevo presidente del país, Volodímir Zelenski.

Y no hablar nunca más del hecho de que, al igual que los oligarcas, Zelenski hubiese escondido su millonaria fortuna en paraísos fiscales, como revelaron los llamados “papeles de Pandora”, y presentarle como un impoluto demócrata, dispuesto a luchar heroicamente hasta el final por los valores europeos.

Ni volver a mencionar tampoco la vinculación de Hunter Biden, el hijo del presidente de EE UU, con la empresa gasista ucraniana Burisma, cuando su padre era vicepresidente de su país con Barack Obama, circunstancia que trató de aprovechar Donald Trump en su frustrado intento de reelección a la Casa Blanca.

Y por si alguien se atreviese a dudar de la imagen que nuestros medios presentaban diariamente de Ucrania, había sobre todo que silenciar la propaganda rusa, prohibiendo el acceso de los ciudadanos europeos a su versión manipuladora de los hechos, tratándolos como menores de edad, incapaces de hacerse su propia opinión.

Había, al mismo tiempo, que desacreditar a las poquísimas voces que en Occidente se atrevían a disentir de la versión aliancista de la guerra sin tener en cuenta que entre ellas había veteranos diplomáticos o reputados politólogos estadounidenses nada sospechosos de filorrusos.

Y en la cobertura informativa de una guerra por cierto tan brutal como son todas las guerras, era absolutamente necesario presentar siempre y de modo casi exclusivo la versión del Gobierno ucraniano, sin verificar muchas veces sus aseveraciones y sin tener en cuenta el viejo dicho de que “la verdad es la primera víctima de la guerra”.

Se trataba, al fin y al cabo, de una lucha entre las fuerzas del bien –Ucrania, EE UU y sus aliados europeos– frente al mal absoluto, encarnado por “el carnicero del Kremlin”.

Y finalmente había que proponer un eventual procesamiento de Putin como criminal de guerra ante la Corte Penal Internacional, olvidando que, al igual que Rusia, Washington no reconoce a ese tribunal y que nadie pidió lo mismo cuando EE UU invadió ilegalmente Irak, Afganistán o el Panamá del dictador y excolaborador de la CIA Manuel Antonio Noriega.

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