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De Almacenes Peláez a Niní y Carlos Peláez

Tres hijos del iniciador de la saga aprendieron el oficio junto a su padre y después montaron sus propios comercios (Y 2)

Almacenes Peláez presumía de su camisa exclusiva La Palma en los años 50 con un anuncio firmado por Curro Volta.

Manuel Peláez Pérez falleció a mediados de 1947 y la gestión de su establecimiento instalado en la segunda casa de los Soportales frente a la Herrería, que él mismo promovió a medias con José Olmedo Reguera, pasó a manos de la segunda generación.

De Almacenes Peláez a Niní y Carlos Peláez

A partir de entonces, Almacenes Peláez cambió su nombre por Hijos de Manuel Peláez, como muestra de admiración y respeto. Obviamente, las cosas habían cambiado mucho en todos los órdenes -no poco en el sector comercial- desde que el fundador de la saga había empezado a trabajar en una Pontevedra más pequeña y provinciana, aunque más alegre y dinámica.

Peláez vivió para ver como sus hijos, uno tras otro, se iniciaban en el negocio familiar; una circunstancia que sin duda le satisfizo y garantizó su continuidad. No obstante, trató de inculcarles el estudio, aunque con desigual suerte. Si bien consiguió que Manuel, el primogénito, obtuviera el título de profesor mercantil, no logró que Carlos, el benjamín, hiciera lo propio. En cambio, este fue mucho el mejor vendedor que aquel: no se le escapaba un solo paisano que asomara por el comercio en un día de feria sin comprar alguna prenda.

Carlos Peláez Barreira había empezado a trabajar al lado de su padre en 1942, según propia confesión, y no había olvidado aquella primera camisa de Regojo en percal que había vendido a 26 pesetas. Enseguida había dominado el pequeño arte de medir con rapidez y precisión un corte de tela con la inolvidable vara de madera, que luego conservó como oro en paño. La suya medía 84 centímetros, el tamaño más habitual, y él decía que hacían falta al menos seis varas para confeccionar un traje de señora.

Con Manuel Peláez Barreira al frente como primogénito, todos los hermanos trabajaron juntos allí durante bastante tiempo. Cada uno cumplió su función, además de atender al cliente de turno. Con mucho alborozo entre ellos se recordaba, por ejemplo, lo mal que llevaba Purita tener que probar los bañadores de cada temporada. Como los viajantes siempre traían las muestras de sus catálogos en pleno invierno, ella se quejaba de estar poniéndose y quitándose bañadores en unos días de frio espantoso.

El comercio era literalmente una fiesta cada vez que entraba alguna familia para contratar una próxima boda. “¡Hay boda; hay boda!”, gritaban alborozados unos a otros, dado el notable gasto que generaban los contrayentes y sus familias. Los encargos incluían ajuares completos y hasta se confeccionaban a medida las prendas interiores.

Ellos conocieron los tiempos en que prácticamente todo se hacía a medida. Por esa razón mantuvieron durante muchos años la sastrería impulsada por su padre, hasta que la confección pret a porter, primero de hombre y luego de mujer, irrumpió con una fuerza imparable. Probablemente, Arturo Martínez fue su último maestro cortador, todavía recordado por algunos clientes.

Los días de feria en la Herrería, que entonces se celebraban cuatro al mes en Pontevedra, eran las fechas fijas de mayor actividad comercial, puesto que suscitaban una enorme concurrencia en la céntrica plaza y sus alrededores. Los almacenes de Clarita, La Moda Ideal y Peláez, resultaban los más beneficiados por su proximidad y no daban abasto. Había compradores para dar y tomar.

Manuel Peláez llevó a gala su condición de alférez provisional y a finales de la década de 1940 tentó la política municipal. Cuando tocó renovar la corporación en 1948 presentó su candidatura a concejal por el Tercio Familiar. Por razones no precisas, hubo muchísima competencia en aquella convocatoria, quizá porque empezaba a vislumbrarse un atisbo de luz tras la negra sombra dejada por la Guerra Civil. Para cinco plazas se presentaron un total de veintiséis candidatos, la mayoría de ellos personas muy relevantes de la vida pontevedresa. Y Peláez no resultó elegido. Luego no volvió a intentarlo más.

En cambio, tuvo más suerte en el ámbito sindical puesto que fue nominado vocal del Sindicato Provincial de Textil a mediados de 1951, junto a Narciso Bravo, Ignacio Juárez, José Camba y algunos más.

Por su parte, Carlos Peláez dedicaba buena parte de su tiempo a otros menesteres más prosaicos. Durante su juventud, sobresalía como juerguista de tomo y lomo, que nunca perdonaba un buen sarao. Particularmente sonada resultó su participación en una de las becerradas más gloriosas que acogió el viejo coso de San Roque en mayo de 1953. Aquel domingo, el célebre Chalala se cortó la coleta, y Pedro Antonio Rivas “El Niño de Compostela”, hizo su presentación ante el público pontevedrés. Carlitos formó parte de la cuadrilla de este con el nombre artístico de “er japoné”, por su rostro achinado.

Lo curioso del caso fue que, sin saberlo, Carlos emuló a su padre, puesto que Manuel Peláez había sido uno de los cuatro espadas que intervinieron en un festival taurino a beneficio del Asilo de Ancianos que había organizado la Asociación de Dependientes de Comercio en 1913.

La saga de los Peláez dejó huella en la vida social pontevedresa y durante la década de 1960 fue cuando su produjo la disgregación de Hijos de Manuel Peláez, en unos casos por razones comerciales y en otros por motivos personales. Cada uno tomó su propio rumbo.

Manuel llamó Nuevas Confecciones a su comercio. Nini abrió su boutique. Purita se retiró tras su matrimonio. Y Carlos promovió Confecciones Peláez.

Tiempo después, Carlos Peláez montó “Carlos Peláez” en el mismo lugar de los Soportales a donde su padre había trasladado Las Novedades desde la plaza de la Herrería medio siglo antes. El día de la Virgen de la O, patrona de esta ciudad, inauguró en 1978 un comercio decorado por Eduardo Dios y su mujer, todavía bien recordado por su amplio escaparate y su buen gusto.

Esta resultó a la postre la última aventura comercial de la saga de los Peláez, aunque Carlos se hizo también con Tejidos Crego en Manuel Quiroga, antes de su fatídico fallecimiento en una playa de Sanxenxo.

En aquel tiempo nuevo todo había cambiado mucho, delante y destrás de los largos mostradores, que acortaron bastante sus tamaños. Las grandes marcas acabaron con los sastres; el trato entre vendedores y clientes se hizo más frio y, en fin, el comercio local comenzó a sufrir una transformación irreversible que acabó con los Peláez, los Olmedo, los Simeón y tantos otros.

Sobreponerse a la adversidad

A mediados de 1956, Manuel Peláez Barreira sufrió un grave accidente que pudo costarle la vida. Buen conductor y miembro del legendario Moto Club, una noche que regresaba a Pontevedra tras reunirse con un proveedor en A Estrada, resultó arrollado por un camión que invadió el lado izquierdo de la calzada. Trasladado al sanatorio Nuestra Señora del Carmen de aquella villa, el equipo médico apreció fracturas muy graves en ambas piernas y lesiones en los brazos. Su pierna izquierda resultó tan afectada que aquella misma noche se optó por su amputación en una operación de urgencia. La dramática noticia enseguida corrió de boca en boca y provocó una desolación general entre familiares y amigos de Peláez, que tuvo que guardar cama durante algún tiempo. La Audiencia Provincial acogió tiempo después el juicio consiguiente, donde quedó debidamente acreditada la culpabilidad del camionero, no solo por imprudencia temeraria, sino también por conducir el vehículo sin el carnet exigido para su potente tonelaje. La indemnización fijada rondo las 130.000 pesetas, cantidad global que incluyó los gastos sanitarios y el destrozo de la motocicleta. Lejos de venirse abajo, Peláez mostró una admirable fortaleza y continuó adelante en cuanto pudo con su actividad comercial. Encargó una pierna ortopédica, compró un coche adoptado y siguió conduciendo. Algunos años después tuvo la mala fortuna de sufrir otro accidente automovilístico, que limitó todavía más su maltrecha movilidad, aunque nunca se vino abajo. Al contrario que su padre, Manuel Peláez Barreira no quiso que sus hijos siguieran en el negocio familiar y prefirió favorecer su formación universitaria. Él vendió su local de los Soportales y se retiró antes que su hermano Carlos.

La boutique que rompió moldes

María del Carmen Peláez Barreira vivió desde niña el ajetreo comercial de Almacenes Peláez, de la mano de su padre. Luego siguió trabajando allí junto a sus hermanos Manuel, Purita y Carlos, hasta que puso en marcha la boutique Niní a su imagen y semejanza. Niní fue uno de los veintiún establecimientos ubicados en las Galerías Oliva, una revolución comercial que recibió una acogida extraordinaria desde su inauguración a mediados de 1961. Calzados Pedestal, Tilma, Arasol, mercería Montes, Milord, Askal, librería Cervantes, Charito, droguería Nantes…. y Niní. Niní fue la primera boutique que conoció Pontevedra y que respondió a su concepto más genuino como selecta tienda, que combinó moda y lujo a partes iguales. Lo primero que impactó de Niní fue la decoración art decó que firmó Rafael Alonso. Si el comercio respondió a un concepto inequívocamente francés, quien mejor para realizar su decoración que aquel artista pontevedrés que había renovado su faceta creativa en la capital parisina. Rafael Alonso acababa de desarrollar todo su talento en la decoración del Hotel Universo y sacó el mayor partido de aquel pequeño local en las Galerías Oliva, desde el escaparate de ladrillos trasversales pintados en blanco, hasta la escultura-expositor de hierro negro, pasando por el logo de Niní partido en dos e incrustado en la puerta. Ella hizo el resto con su buena mano comercial. Simplificando un poco, hoy diríamos que Nini resultó una tienda pija para señoras y chicas bien, que se disputaron sus modelos exclusivos. Quince años después de su apertura, cuando se cansó un poco del negocio, María del Carmen Peláez Barreira se tomó un merecido descanso y dejó la boutique en manos de su fiel dependienta María García Tobío desde 1987.

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