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Faro de Vigo

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Joaquín Rábago.

El suicidio económico de Europa

Estados Unidos es una potencia económica en declive que se resiste, sin embargo, como todo imperio pasado, por ejemplo el británico, del que tomó precisamente el relevo, a aceptar su suerte. Y la tan absurda como intolerable, por ilegal, guerra de Ucrania le ha ofrecido a Washington la ocasión de resistir todavía algún tiempo a lo que parece, sin embargo, inevitable.

Los sucesivos gobiernos estadounidenses se han caracterizado por el fuerte endeudamiento exterior, facilitado por el poder dólar como moneda de reserva, unida al expansionismo y las injerencias políticas y militares en otros países. La deuda ha servido tanto para financiar aventuras militares, como la ilegal guerra de Irak, y mejorar su balance energético mediante el acceso a las fuentes de materias primas.

Como señala el filósofo italiano Andrea Zhok (1) , EE UU no busca ya simplemente gobernar la tendencia global a la centralización del capital, sino que trata de bloquearla gracias a lo que la secretaria norteamericana del Tesoro, Janet Yellen, llama en inglés friend shoring. Friend shoring significa restringir el comercio a “amigos” en los que se confía y con quienes se comparten “valores y normas sobre el sistema económico global”, es decir, los intereses estratégicos de Washington, y desacoplarse en cambio de aquellos otros a los que se considera rivales, por no decir enemigos: Rusia y China.

Así, estos dos grandes países vecinos encuentran cada vez más obstáculos a la hora de exportar sus capitales a Occidente, algo que comenzó a ocurrir, por cierto, antes de la invasión rusa de Ucrania y la aplicación de las más duras sanciones a la Rusia de Vladímir Putin.

Pero esa estrategia norteamericana, aplicada a sus aliados europeos, significa de hecho que estos han aceptado jugarse el acceso a fuentes energéticas abundantes y a precios moderados. Estamos (los europeos) cortando los puentes precisamente con una parte del mundo de la que somos complementarios: Rusia, con sus recursos naturales, y China, con su importante base manufacturera.

Y al mismo tiempo, como consecuencia, con el resto de los BRICS (acrónimo que designa a las llamadas economías emergentes: Brasil, Rusia, India, China y Suráfrica), que, aunque no nos guste, no comparten la actitud de Occidente frente a la invasión rusa de Ucrania. Así, nos subordinamos voluntariamente a un país, EE UU, con el que estamos en fuerte competencia en el plano industrial y que nos lleva además la ventaja de que es autónomo desde punto de vista de la energía.

Rusia está pagando sin duda un elevado precio económico por su invasión de Ucrania, pero, a cambio, se ha convertido algo así como en referente para muchos países que fueron colonias europeas y que hoy pretenden tomarse la revancha de Occidente.

En opinión de Zhok, por mucho que trate de obstaculizarla EE UU, una alianza de esos países con China es “invencible” desde distintos puntos de vista: tanto el territorial, como el demográfico, el económico y, eventualmente, el militar.

Al consentir que EE UU desconecte a Europa al mismo tiempo de Rusia y de China, los Veintisiete pueden estar cavando su propia tumba, pronostica el filósofo italiano, que advierte de las profundas consecuencias económicas y sociales que tendrá para todos los europeos, sobre todo para las capas más pobres. Siendo esto así, no se entiende por qué nuestros gobiernos, sobre todo los de París y Berlín, no vincularon desde el principio la ayuda militar al gobierno ucraniano de Volodímir Zelenski, a la aceptación por este de los llamados acuerdos de Minsk.

Por el contrario, dejaron que, con el apoyo sobre todo de Polonia y los países bálticos, se impusiesen las tesis de Washington, que buscaba desde el principio hacer sangrar a Rusia con esa guerra en territorio ajeno, de la que, a diferencia de Europa, la superpotencia puede solo salir beneficiada.

(1) Artículo publicado en el portal “Sinistrarete”

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