Suscríbete

Faro de Vigo

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Isabel Olmos

Memorias de un tren “borreguero”

Voy en un tren moderno de largo recorrido, mirando por la ventana los múltiples azules del Mediterráneo, fundidos con el reflejo de mi propio rostro, que me mira divertido desde el cristal. Cuando me pierdo en los pensamientos generados por el vaivén del convoy se impone la visión de un sinfín de casas y árboles pasando veloces ante mis ojos; cuando regreso a la realidad son mis propios ojos quienes me observan, curiosos, como preguntándome a qué lugar lejano me he ido ahora.

Los viajes en tren siempre me provocan una combinación extraña de ilusión y nostalgia, una mezcla dispar de emociones que ni yo misma logro, en ocasiones, gestionar. Quizás todo venga de la memoria que, compasiva, siempre acaba resaltando lo bueno frente a lo malo, para que podamos seguir adelante sin arrastrar con nosotros más losas que las necesarias. Sea como sea, subirme al tren me emociona y despierta en mi un algo nervioso, repleto de expectación.

Durante años, como tantas decenas de personas década tras década, utilicé el tren para regresar a mi hogar cada vez que el calendario marcaba, con alborozo para mi, un puente o un festivo aprovechable durante los estudios de la carrera. Cinco horas tardaba en llegar a casa entre el Cercanías, el metro y un tren que, en el mejor de los casos era un Talgo y, en el peor, el conocido borreguero o sevillano, el Federico García Lorca que unía Cataluña con Andalucía y, más concretamente, Barcelona con Sevilla. Y, en medio, en Valencia, me bajaba yo, despidiéndome y deseando un buen viaje a quienes había conocido en el vagón y les quedaban todavía muchas horas de recorrido.

En esos vagones cerrados, muy asequibles para los estudiantes de los años 90, coincidí con hombres, mujeres, viajeros y turistas pero sobre todo, coincidí con muchas, muchas historias, tantas como infinitas paradas tenía aquel García Lorca. Y casi todas ellas, si no todas, hablaban de emigración. De empezar nuevas vidas en otros sitios lejos del lugar de origen. Eso era así. Aunque empezáramos hablando del tiempo, del retraso del tren o de la falta de espacio siempre, siempre, en algún momento de la conversación salía el tema de la emigración. Del abuelo que se fue a Cataluña el primero, del tío que marchó a vivir a Valencia, de los nietos que se educaron en catalán y regresan al pueblo los veranos, del embutido ‘como no hay otro igual’, de los oficios y los deseos, de las costumbres y del ‘qué caro está todo ahora’ pero, por encima de todo, se hablaba de las raíces. Hablábamos, me incluyo, de las raíces. Valencianas, andaluzas, murcianas, catalanas, extremeñas, mallorquinas, castellano-manchegas.... Y no recuerdo ni un momento en esos largos trayectos en tren entre el sur y el norte en que alguien criticara las políticas de inmersión educativas en catalán, ni se burlara de las ayudas de desempleo andaluzas, ni menospreciara los ‘nanos’ valenciano, el folclore gallego o cuestionara la diversidad que existía no solo ya dentro de ese vagón sino, lo más importante, también fuera.

Luego pasaron los años y las cuatro horas entre Barcelona y Valencia se convirtieron en menos de tres y llegaron los Intercity y los Euromed. Y se acabaron las largas conversaciones sobre los lazos que nos unen, nuestros afectos y nuestro vínculo común. Y hoy, que voy en tren y dentro de poco serán las elecciones andaluzas pienso en todo aquello y solo ansío que aquella gente emprendedora y valiente de la que tanto aprendí en las noches del borreguero hayan transmitido su inmensa tolerancia a los suyos y que su tierra continúe siendo tierra de apertura y no pasto de los enemigos de la diversidad.

Compartir el artículo

stats