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Faro de Vigo

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Luis Carlos de la Peña

Compromiso social

Hace catorce años que los datos de empleo no mostraban un aspecto tan positivo. Desde el lejano abril de 2008, anterior a la crisis del ladrillo y las hipotecas basura, no se daban unas cifras tan halagüeñas en cuanto a contratos registrados y solicitantes de empleo. La cifra de 20 millones de empleados tiene la redondez que gusta a los políticos y los titulares periodísticos. Es, no obstante, una satisfacción relativa, opacada por presagios bélicos y una difusa sensación de incertidumbre y provisionalidad.

Federico Engels, que además de inagotable mecenas de Marx y teórico revolucionario fue también un relevante empresario manchesteriano, escribió en “El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado” (1884) que “cada progreso de la producción es al mismo tiempo un retroceso para la clase oprimida, para la mayoría”. El análisis de las series de datos relativos al empleo revela el efecto positivo que la reforma laboral ha tenido sobre los contratos indefinidos. No obstante, acercándonos al detalle, se observa que el 60% de los mismos lo son a tiempo parcial o discontinuos: una brecha que la ministra de Trabajo no pasará por alto.

"La creciente penetración de los fondos de inversión ha debilitado los vínculos de la empresa con las personas y el territorio"

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En el malestar laboral, trasladable al conjunto de la sociedad, influyen otras variables distintas al tipo de contrato. Una de ellas, el debilitamiento del compromiso vinculante entre empresario y trabajador. La creciente penetración de los fondos de inversión en todo tipo de ramas de actividad ha expulsado al empresario-propietario del capital de la sociedad y, con ello, debilitado los vínculos de la empresa con las personas y el territorio. Los nuevos propietarios establecen un régimen de extracción acelerada de beneficios que no sabe de compromisos laborales o de localización. Su marco referencial es no solo la globalización desregulada, sino también desarraigada y despersonalizada.

Este levar anclas de la empresa se acompaña de otros fenómenos. Por ejemplo, el desistimiento laboral de muchos jóvenes que ya no aceptan ocupar su tiempo en actividades que no retornen una recompensa, más allá del salario, para su construcción como personas, deseosos en definitiva de recuperar la plena soberanía de su tiempo y capacidades. Preocupa también, si se convierte en tendencia, la resistencia de grandes empresas como Amazon o Starbucks a admitir en EEUU la sindicalización de sus trabajadores. Más allá de dar la razón al viejo Engels, la pregunta sería: ¿es sostenible el crecimiento sin compromiso social?

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