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Faro de Vigo

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Julio Picatoste

Lenguaje y políticos

La primera [necesidad] es la aceptación de la existencia de una norma lingüística, que conviene seguir. Pedro Salinas (Defensa del lenguaje)

Yo creo en la fuerza de la palabra. Ya sea escuchada o leída, la palabra ilumina, despierta emociones, y ordenada en procesión de ideas es capaz de sacudir nuestro espíritu con la fuerza de un vendaval. Pero la palabra por sí misma no transforma la realidad, ni el mundo en que vivimos; podrá cambiar a los hombres y entre ellos a los que lo gobiernan.

Sin embargo, algunos políticos creen que la realidad puede ser transformada por el solo efecto de un imaginado poder taumatúrgico de sus palabras. Por ejemplo, piensa el legislador que rotulando una reforma legal procesal con la palabra “urgente” incrustada en el título de la ley, logrará imprimir celeridad a los procedimientos judiciales. Pero como la realidad es testaruda, resulta que es imposible la apetecida presteza porque la norma por sí sola no aligera las sobresaturadas agendas judiciales.

Pero ahora me voy a referir a otras iniciativas lingüísticas de algunos hombres y mujeres dedicados a la política. A veces se trata de hacer visible a la mujer marcando el género de forma explícita, a base de imponer a toda costa la terminación en “a”, abruptamente, como un bastión de feminidad. Recordemos a aquella ministra que habló de las “miembras” para nombrar a las mujeres que forman parte de una corporación o colectivo. Me pregunto si la lógica de tal senda lingüística nos llevaría a hablar de los miembros del cuerpo humano según su referente y decir entonces “los piernos” para nombrar las extremidades inferiores del varón, o “las brazas” si de las superiores de las mujeres se trata. El sustantivo “miembro” se usa como epiceno masculino con independencia del sexo del referente, del mismo modo que hay epicenos femeninos (criatura, persona, víctima). Del primero, nos dice el Diccionario Panhispánico de Dudas que su empleo se va extendiendo como sustantivo común, y se habla de “un miembro” o “una miembro” cuando se quiere explicitar el sexo del referente. La forma “miembra” es rechazada por la Academia. Manuel Seco, en la última versión de su Diccionario de Dudas, la repudia frontalmente por absurda, pues es tanto como decir de un varón que es “persono”.

Especial rechazo me produce el palabro “portavoza” que acuñó la ministra Montero en un arranque de osado frenesí feminista. El término “voz” es ya de por sí femenino y basta con decir “la portavoz”; ¿a qué viene añadirle la terminación en “a” y reduplicar el femenino? A buen seguro que muchas mujeres cultas habrán alzado sus “vozas” para denostar tamaño engendro; generalizando semejante atropello filológico se podría decir que el caballo da una coz y la yegua una “coza”, la loba será “feroza” y la atleta correrá “veloza”. Francamente atroz.

¿Y qué decir del “todas, todos y todes”, de la misma factoría? Pues que en política hay osadas, osados y osades.

"Nos dice el político: usted ve una cosa, pero déjeme que yo se lo diga con preservativos lingüísticos y ya verá que no es lo mismo"

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Otro artificio lingüístico propio de algunos políticos es el de las perífrasis y circunloquios eufemísticos. En general, producen irritación porque el ciudadano medio se siente tratado como un niño o un idiota, o mejor, como un niño idiota. De nuevo aquí aparece la fe en el poder mágico de las palabras. Nos dice el político: usted ve una cosa, pero déjeme que yo se lo diga con preservativos lingüísticos y ya verá que no es lo mismo. Pero, por más juegos malabares que haga con las palabras, la cosa no cuela. Veamos algunos ejemplos; para decir que el líder del Frente Polisario no entró con identidad falsa, nos dicen que entró con “identidad distinta”. ¡Ah, bueno, acabáramos! No es lo mismo, claro. Y también es aleccionador saber que no hay devoluciones en caliente de los inmigrantes, sino “rechazo en frontera de personas que no han pisado prácticamente suelo español”. O sea, que no hay tiempo de que la cosa se ponga caliente. Deben ser devoluciones en templado.

Recientemente hemos conocido la última perla cultivada en boca de la ínclita ministra Margarita Robles, cuando aspirando a serenar nuestro ánimo –acaso también su conciencia– nos aclaraba con cierto tono didáctico que la directora del CNI no había sido destituida, sino simplemente “sustituida”. Diríase que, siendo la ministra de los militares, aplica a su discurso tácticas de camuflaje, que eso es lo que hizo al tratar (inútilmente) de disimular la realidad con la hojarasca del lenguaje. Semejantes añagazas moverían a hilaridad si no fuera porque, creyéndonos pavitontos, nos está faltando al respeto. Parece que más alta consideración le merece el BOE, pues allí, negro sobre blanco, no se atreve a tanto, y la propia Robles firma el Real Decreto 351/2022, de 10 de mayo, donde ya no puede embozarse detrás de paliativos eufemísticos, y en él claramente dispone “el cese” de la secretaria de Estado directora del Centro Nacional de Inteligencia. Curiosamente, entre las diversas acepciones que el DRAE recoge del verbo “cesar” está justamente “destituir o deponer a alguien del cargo que ejerce”.

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