Domingo Villar se ha alejado con la última marea, con el último barco, dejado ojos de agua salada en familiares, amigos y admiradores. Por lo que he leído hoy, el escritor merece la lectura o relectura atenta de toda su obra, en ella permanecerá para siempre, en cada una de sus páginas, de sus historias, de sus personajes. Ha creado un mar de palabras, olas de frescura, historias que ya son de todos.

Con Domingo, con su palabra, con las imágenes que de ellas se extraen, seguiremos paseando Vigo, sus alrededores, con sus reales e imaginadas circunstancias. Deambularemos de nuevo, callejearemos con el autor y con sus personajes, a paso lento, con el regusto seguro de que en cada giro, en cada expresión, en cada reconocible esquina, toparemos con hallazgos renovados, como tratando de descubrir que la vida era eso, lo otro, y que la literatura nos permite soñar, ser evocación: ahora un reloj de arena de Samil, más tarde el sonar del más puro jazz, los ecos profundos de la ría o del océano, una sinfonía de vientos torvos, el silencio tenue de una encalmada, o la bocina de un trasatlántico extraviado de rumbos.

La vida tiene sus tormentas, esas que nos impregnan con la humedad del lado ingrato, pero hemos de saber hallar el socaire en los recuerdos placenteros, entre las frases de fortuna de una conversación permanente en el pasar de hojas, como en un otoño encuadernado, con quien nos regaló mundos nuevos.

Tengo por costumbre leer de manera inmediata las biografías de los premiados y de los fallecidos, sobre todo la de aquellos que no conozco. Repaso las de personajes a cuyas obras o datos he accedido, degusto con expectación la de los que no conozco. Me abismo en sus referencias vitales y, si lo estimo oportuno, adquiero inmediatamente sus obras, tomo notas y, en no pocos caso, improviso un texto. Todos permanecen ya para siempre atrapados en las nieblas febles de mi recuerdo, al menos lo harán hasta que el mal de la desmemoria se imponga o la guadaña siegue la mies de mis circunstancias.

Me mueve el ansia inquieta de saber, de elevar la curiosidad a conocimiento, de homenajear a quien con su predisposición y obra trata de que los demás accedamos a su elevado estado de comprensión, expresión e intención. Me conmueven los que considero pequeños tesoros. Merecen más que un dato, que una fecha inserta como una flecha definitiva que alcanza una biografía.

Constato, una y otra vez, que alguien anónimo se apresura a insertar la fecha de defunción en las webs. Es como un ejercicio macabro, a mi modo de ver siempre precipitado, apurado sobre el último gesto humano vital, sobre esa verdad incomprensible que conlleva la muerte en todo momento, a cualquier edad. Parece más un deseo de culminar una documentación, de cerrar una semblanza, que un gesto sensible. Lo puedo entender pero no lo alabo, como no reconozco a aquellos que en las historias personales ajenas añaden a la fecha de nacimiento un guion y un interrogante. Nada se espera, pero hemos de pensar lo contrario.

Tengo una conversación pendiente con Domingo Villar. Entre tanto, charlaré con el inspector Leo Caldas para indagar qué es la inmortalidad, qué suerte de eternidad se esconde tras las Islas Cíes, y de cómo consolar las penas de quienes desde el amor y la cercanía vieron como bajaba esta marea precipitada, inmensa, a deshora.

Domingo Villar, tenemos una cita pendiente en la Estación Marítima.

*Periodista