Si el discurso de la sesión de investidura había estado orientado a las políticas públicas, al elogio de las políticas de Feijóo y a sus propuestas de futuro, Rueda dejó para su toma de posesión las primeras pinceladas de su concepción de Galicia, de su idea de la identidad y de la visión que debe tener Galicia para autodefinirse y para formar parte de España y del mundo.

La escenografía cuidada, como en los mejores tiempos, en el aire las notas del Himno del Antiguo Reino de Galicia, y en la sala un lleno total para un tránsito que nadie quería perderse. Era un día de fiesta, pero ya no hablaba el candidato, hablaba el Presidente; en los pocos días que habían pasado de la sesión de investidura a la toma de posesión, Rueda había dejado de hablar por boca de otros y hablaba solo por la suya.

Mientras Feijóo se refugió en la Galicia emocional, emocionada, Rueda trató de adentrarse en los terrenos de la identidad a palo seco, tratando de generar una posición con contenido de la mano de intelectuales galleguistas propicios, mostrando que no tiene complejos, y ese ha sido sin duda el aspecto más positivo de su intervención.

En la parte negativa, el propio anclaje histórico de su relato, demasiado comprometido en un espacio concreto; porque un galleguismo sin complejos requiere que las posiciones intelectuales de la identidad no pertenezcan ni a la izquierda ni a la derecha, sino que sean compartidas por todos y todas, para que nadie se apropie de la historia común y la cuente exclusivamente a su servicio y manera.

Pero el simple hecho de que Rueda se haya metido en ese territorio en su primer discurso y no lo haya hecho sólo para emocionarse cuando nombra a Galicia es un buen comienzo. El problema ahora es elegir el camino por el que recorrer esa relación con la identidad gallega, el modo de concebir las identidades compartidas que puede exhibir Rueda y el PPG en este nuevo tiempo.

Y en ese sentido, especialmente llamativo el momento en el que el nuevo Presidente se dirigió a los gallegos como “compatriotas”, “son un galego que ve nos seus compatriotas o seu mellor exemplo”, estoy segura que desliz, o no, alguna presidenta de alguna comunidad del centro de España debió dar un respingo de narices.

Ahí nace el principal problema de este país, demasiadas mayorías absolutas hacen confundir la mayoría con la unidad y voluntad de las mayorías con la voluntad general. Y por eso, estaría bien que cuando Rueda habla de unidad no se refiriese a su mayoría absoluta sino a todos los gallegos y gallegas; me da igual si hablan de patria, de matria, de nación, de región o de país; en una tierra a la que no hemos sido capaces de llamar todos y todas con el mismo nombre.

No me importaría tener un presidente que construyera esta tierra que nos uniera por fin a los gallegos y gallegas de todas las ideas, aunque no fuera del partido que voto ni el Presidente que deseo, pero para eso hay que hacer que las palabras que escribimos en discursos como el que hoy pronunció Rueda sean por fin realidad y no simples palabras de ceremonial. Ojalá alguna vez…