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Faro de Vigo

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Cuando murió Antonio

Pontevedra estuvo en vilo hace 50 años tras el grave accidente sufrido por el jugador granate, que finalmente le costó la vida

Los jugadores granates portaron el féretro de Antonio a la entrada y salida del funeral en San Bartolomé. | // FDV

Aquel domingo, 14 de mayo de 1972, Antonio fue uno de los jugadores más destacados del Pontevedra en el partido disputado contra el Oviedo en Pasarón. Formando pareja con Plaza, ambos futbolistas se adueñaron del centro del campo e impulsaron la victoria del equipo granate por 2-0 frente al líder de Segunda División. Ruibal marcó los dos goles y Antonio exhibió una magnífica condición física y mostró visión del juego, junto a su habitual entrega y pundonor. Eso reseñaron de forma unánime los cronistas deportivos. Nada hizo presagiar la tragedia sobrevenida pocas horas después.

Rafael López Torre

Los periódicos del día siguiente, o sea de hoy mismo pero medio siglo atrás, contaron que Antonio y su compañero Illumbe, portero titular, sufrieron aquella madrugada un grave accidente automovilístico a la altura de Rande. El Mini verde que conducía Illumbe derrapó en una curva, se salió de la calzada y se estrelló contra el muro de una casa. Antonio se llevó la peor parte.

Trasladados por su mayor proximidad a la Residencia Sanitaria Almirante Vierna, de Vigo -“El Pirulí”, popularmente-, la situación clínica de Antonio resultó harto preocupante: fuerte traumatismo craneal, rotura del hígado y del antebrazo izquierdo, y fuertes contusiones en las regiones abdominal y lumbar. Mucho más tranquilizador fue el parte médico de Illumbe, que solo sufrió la rotura de su clavícula derecha, heridas en la cara y contusiones varias.

La noticia del suceso en la prensa de la época decía que ambos jugadores regresaban de asistir al partido del Celta en Balaidos. Sin embargo, toda la ciudad supo que aquella era una mentirijilla piadosa, que no vale la pena desentrañar cincuenta años después.

Ni la inauguración del Centro de Educación Especial Juan XXIII; ni el estreno de la obra teatral “La puerta del paraíso”, del popular catedrático del Instituto, Miguel Covaleda. Tampoco el concierto de la Coral Polifónica en el Teatro Principal para la Sociedad Filarmónica; ni el ciclo sobre Derecho Civil Gallego, organizado por Amigos da Cultura; ni la apertura de Creaciones Garbo, de Antonio Pérez Corbacho…Ninguna de estas cosas interesó más a los pontevedreses que el estado de salud de Antonio en las dos semanas siguientes.

En las oficinas y en los bancos, en las tascas y en los bares, en las peluquerías y en los comercios, la preocupación por el jugador granate prevaleció en todos los mentideros. Pontevedra parecía una ciudad en estado de shock.

Natural de Marín y “fillo da Burata”, Antonio López Martínez tenía entonces 28 años y era un jugador muy querido; quizá el más apreciado por la afición en aquel momento. Formado desde muy jovencito en la cantera granate, había dado el salto al primer equipo la temporada 1964-65, cuando empezó a gestarse la leyenda del Hai que roelo. Después fichó por el Sevilla y el Elche. Y finalmente volvió al Pontevedra, que fue su equipo del alma y donde rindió más.

“El prestigioso cirujano Barros Malvar vino de Madrid y lo operó en el Hospital Domínguez, pero no logró restañar sus gravísimas heridas”

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Guapetón y buen chaval; el futbolista lucía una planta magnífica. Gustaba por igual a las jovencitas que a las mamás. Además, estaba casado con Mª del Carmen Sandoval Lara, conocida por “Noska”, una de las chicas más guapas de su generación, y el matrimonio tenía dos hijos pequeños, un niño de año y medio y una niña de tres meses. Esta circunstancia encogió sobremanera los corazones de muchos pontevedreses tras el tremendo accidente.

El primer parte médico que emitió “El Pirulí” confirmó que Antonio se encontraba en estado muy grave. Su situación era desesperada.

Al igual que ocurrió antes y después en diversas ocasiones, una persona amiga requirió la opinión del eminente cirujano pontevedrés, José Luís Barros Malvar, jefe del servicio de cirugía del Hospital Provincial de Madrid. El buen doctor se volcó siempre con cualquier paciente por el hecho de ser pontevedrés y accedió a desplazarse hasta Vigo para ver al accidentado

Una vez que visitó a Antonio y conoció el parecer del equipo médico, el doctor Barros accedió a intervenirlo quirúrgicamente, pese a su estado crítico. Solo puso una condición: que la operación se llevara a cabo en el Hospital Domínguez, de Pontevedra.

Al parecer, Barros no quiso someterse a las rigideces de un centro sanitario que desconocía por completo. Por el contrario, el hospital pontevedrés le ofrecía libertad absoluta y plena garantía de medios humanos y técnicos. Además, contaba con algún aparato muy avanzado entonces que resultaba vital para el paciente, según el recuerdo impreciso que conserva hoy Miguel Domínguez junior. Aquella exigencia sentó fatal en Vigo, por cuanto que suponía un cierto desaire para su residencia sanitaria.

La familia dio el consentimiento y Antonio fue trasladado a Pontevedra en ambulancia la noche del día 18, tras practicarle una traqueotomía.

El doctor Barros Malvar tomó la determinación de intervenir al paciente la tarde del domingo 21 tras sufrir un empeoramiento, “a pesar de los graves riesgos existentes”. No había otra alternativa.

“El doctor Barros ha practicado una resección hepática en el lóbulo derecho, en los segmentos posterosuperior que habían sido afectados en el traumatismo toracoabdominal de días pasados”, decía el parte firmado también por los doctores Pérez Carbajal, Domínguez Rodríguez e Iglesias Fernández. “El estado -añadía- sigue siendo muy grave debido a las lesiones encéfalo-torácicas y las complicaciones abdominales”. El único rayo de esperanza procedía de la fortaleza del jugador, que había soportado bien la delicada operación.

Los tres días siguientes, Pontevedra estuvo sumida en un continuo sinvivir, con ligerísimas mejorías y rápidos empeoramientos, hasta que el parte médico emitido la noche del día 24 anticipó el fatal desenlace. “El estado del paciente -explicaba- sigue un agravamiento progresivo al no mejorar, pese al tiempo transcurrido, su estado de coma cerebral y continuar agravándose su problema respiratorio”.

Ante la crítica situación, Antonio fue trasladado al domicilio de sus padres políticos, los señores Sandoval-Lara, y allí falleció a las once y media de la mañana del viernes 26.

Pontevedreses y marinenses, unidos en la pena, tributaron una inolvidable despedida a “O Burato”, que todavía se recuerda hoy medio siglo después.

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Un entierro sobrecogedor

El funeral y posterior entierro de Antonio resultó sencillamente sobrecogedor; hubo lágrimas para dar y tomar. Numerosas coronas de flores, muchas de ellas de diversos clubs de fútbol, del Celta y el Deportivo, al Atlético del Madrid y Elche, acompañaron en su recorrido al coche fúnebre. También se recibieron incontables condolencias y telegramas de pésame. Los jugadores granates se aferraron a la caja mortuoria en el domicilio del finado, y como no queriendo despedirse nunca de Antonio prácticamente no lo soltaron hasta que no tuvieron más remedio que hacerlo ante la misma sepultura. Con el féretro a hombros cubrieron el recorrido de ida y vuelta desde la casa mortuoria en la calle Cobián Roffigñac hasta la iglesia de San Bartolomé. El oficio religioso corrió a cargo del padre Pato, amigo del jugador y asesor religioso del Club Marín. Finalizado el funeral, se organizó una caravana de acompañamiento desde Pontevedra hasta el cementerio de Marín. Su villa natal tributó una emocionada despedida a Antonio. Centenares de vecinos esperaron la llegada del féretro y asistieron conmovidos a su cristiana sepultura.

Homenaje del Hai que roelo

Al finalizar la temporada, el club granate organizó un homenaje póstumo a Antonio, que en lugar de un partido fueron dos. Pasarón registró una entrada extraordinaria, con el recuerdo del jugador muy presente entre la afición. Para abrir boca, se enfrentaron una selección de futbolistas gallegos contra un equipo del Pontevedra, que finalizó con victoria de los granates 3-2. A continuación, llegó el esperado plato fuerte con un choque entre viejas glorias del fútbol español y el equipo que popularizó el legendario Hai que roelo. Hasta Pontevedra se desplazaron jugadores tan renombrados como Ramallets, Segarra, Del Sol, Biosca, Luís Suárez, Yosu y Tucho de la Torre, entre otros. Por su parte, el equipo granate presentó una alineación de gala, que niños y mayores se sabían de carretilla: Cobo, Azcueta, Batalla, Cholo, Calleja, Vallejo, Rivada, Martín Esperanza, José Jorge, Neme y Roldan II. El público disfrutó mucho con la goleada del equipo granate 4-0. Antoñito, de dos años, lució una camiseta granate con el número 6, que su padre portó tantas veces, y realizó el saque de honor en el centro del campo.

La condena a Illumbe

José Antonio Illumbe se marchó al Osasuna tras finalizar la temporada 1971-72, porque el recuerdo de lo sucedido con su compañero Antonio estaba aún demasiado fresco en su memoria. Fue mejor poner tierra de por medio. Sin embargo, tuvo que regresar y comparecer ante el Juzgado de Instrucción número 3 de Vigo como conductor del vehículo accidentado. El juez fue duro en su resolución primera, que Illumbe recurrió en apelación y atendida en parte por la Audiencia Provincial en su pronunciamiento ya firme. La sentencia estableció que el portero del equipo granate circulaba a más de 90 km/h por hora cuando entró en la fatídica curva de Rande. Allí había una señal que fijaba una recomendación de 40 km/h, él perdió el control del coche tras sufrir un violento derrapaje, y terminó chocando con el muro de una casa. Illumbe resultó condenado por un delito de homicidio por imprudencia a la pena de tres meses de arresto mayor, privación del carnet de conducir durante un año y el pago a los herederos de Antonio de una indemnización de 750.000 pesetas, más otras 175.017 pesetas de gastos por los servicios médicos.

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