“La máquina se convertía en juez del ser viviente; la materia sentenciaba en las cosas del espíritu... Era algo demasiado espantoso... “.

Giovanni Papini (‘El libro negro’)

Tal vez el título de este artículo haga pensar al lector que voy a hablar de esos pseudosuperjueces que, a golpe de comisiones de servicio y servicios por comisiones, son capaces de poner cuarenta sentencias a la semana, con la bobalicona complacencia del Consejo General del Poder Judicial. No, no. El artículo trata de otras máquinas, de esos robots tan perfectamente programados que se dice harán la función de los jueces. Es la magia del algoritmo y el mundo de la inteligencia artificial aplicados al quehacer jurisdiccional.

En mis días de estudiante, leí un relato breve de Giovanni Papini (incluido en “El libro negro”) acerca de una máquina, producto de los avances de la técnica, que administraba justicia. El acusado prestaba declaración ante ella y, a continuación, lo hacían los testigos. Cumplido este trámite, un técnico apretaba un botón y el invento maquinal, en unos segundos, dictaba sentencia, en aquel caso condenatoria, con apreciación automática de las atenuantes y agravantes pertinentes.

El relato me parecía puro ejercicio de imaginación, y hasta cierto punto agravioso al minimizar o automatizar la compleja función judicial. Hoy, sin embargo, y merced a los espectaculares avances de la inteligencia artificial, diríase que caminamos en esa dirección, hacia esa utopía, o acaso distopía: máquinas que hacen de jueces. Usted, apreciado lector, podría ser desahuciado, o condenado a pagar una deuda, o lo que es peor, ser enviado a prisión por el dictado de un artilugio que ni siquiera puede mirarle a los ojos.

Debe saberse que la primera dificultad para la resolución de un litigio radica en la determinación de los hechos sobre los que hay discrepancia. Toda la actividad probatoria que se lleva a cabo en el curso del proceso va encaminada, precisamente, a desbrozar, de entre la hojarasca de afirmaciones hechas por las partes y las declaraciones de los testigos –unas y otras frecuentemente contradictorias– cuáles son los hechos que pueden tenerse por ciertos. Decía el juez Jerome Frank que los pleitos son fundamentalmente pleitos sobre los hechos. Una vez estos son fijados por el juez, la búsqueda y aplicación de la norma es labor menos compleja, aunque no siempre, claro. Pero hay toda una tarea previa intelectiva –no siempre sencilla– de fijación de hechos que ha de realizar el juez ante el que se ha desplegado toda la miscelánea probatoria: las declaraciones de las partes, los testigos, los documentos, la comprobación de visu de bienes o terrenos, el dictamen de los peritos, etc.

“La inteligencia artificial examina en nanosegundos lo que una persona no podría leer ni en una semana. Por fortuna, no llegaré a verlo”

Ese primer estadio procesal destinado a acotar y extraer los hechos que se tienen por probados exige una función cognitiva y ponderativa del juez (cómo interpretar las palabras del documento discutido, qué testigos dicen la verdad, qué perito emite el dictamen certero, etc.) que me parecía, por sus connotaciones intelectuales, difícilmente realizable por un robot por muy inteligente que este fuera. La máquina no ve la faz del testigo o de la parte interrogada, la expresión de su mirada, ni oye el tono de su voz, ni el modo de expresarse, el movimiento de sus manos, el ritmo de su respiración, su agitación, su aplomo, su dubitación... Esa es una percepción radicalmente humana y personal, aunque es cierto que hoy la psicología del testimonio nos alerta de que ciertas alteraciones conductuales y fisiológicas en que se basan los legos para valorar la credibilidad de los testigos están desautorizadas en cuanto que ni son unívocas, ni decisivas, por lo que los jueces no debemos confiar en nuestras pretendidas habilidades valorativas fundadas en criterios de ese tenor; no somos psicólogos, sino simples legos imbuidos de falsas creencias que aquellos profesionales han sabido desenmascarar.

Y en esto llegó la inteligencia artificial. Solo el conocimiento de la enorme y sobrehumana capacidad de manejar y manipular ingentes volúmenes de información produce vértigo; la inteligencia artificial examina en nanosegundos lo que una persona no podría leer ni en una semana. Las llamadas máquinas inteligentes no solo son capaces de llevar a cabo tareas que hasta ahora solo podían realizar los humanos, sino que se anuncia que pronto habrá una coexistencia o confluencia entre humanos y máquinas, y los más extremosos y agoreros anuncian la posibilidad de que un día estas puedan dominar a la humanidad. Afortunadamente, por mucho que cuido de mi salud y cultivo mi esperanza de longevidad, no llegaré a verlo.

La ministra de Justicia ha anunciado recientemente su firme propósito de trabajar para conseguir un servicio público de justicia ágil y eficiente, y en esto, la robotización y la inteligencia artificial desempeñan un papel fundamental. De momento, y a ese nivel ministerial, solo se habla de su aplicación a aspectos que, aun siendo muy importantes, son instrumentales y que solo inciden en lo procedimental y organizativo. Pero ¿llegarán los robots inteligentes a dictar sentencias? ¿Los veremos ejerciendo la función de juzgar? ¿Ocurrirá algún día esa deshumanización de la justicia?