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Francisco García Pérez opinador

Lo que hay que oír

Francisco García Pérez

¡Agua va!

En el sosiego del jardín del balneario, consulto la prensa en el móvil y me entero de que la ciudad en que vivo es eficiente, sostenible e innovadora. Pues mira qué bien, me digo. Parece que tiene la capacidad de lograr los resultados deseados con el mínimo posible de recursos (eficiente). Parece que se puede sostener (sostenible) y parece que se muda o altera, introduciendo novedades (innovadora). Pero lo que me pone como una moto es que mi ciudad tiene, además, smart light (luz inteligente, en paleto), por lo que es una smart city (ciudad inteligente, en aldeano). O sea, que no vivo en una ciudad con luz inteligente (sea tal cosa la que fuere): vivo en una city con light smart. Así de anglo semos, macho. Al instante, me da un ataque de lenguaje castizo, es decir, puro y sin mezcla de voces ni giros foráneos. Acompaño traducción al español moderno.

Soy un agüista (persona que asiste a un establecimiento de aguas mineromedicinales) por placer, que se está tomando afusiones (acción de verter agua, fría por lo común, desde cierta altura sobre el cuerpo) en una balnearia (nada de spa), que es un edificio con baños medicinales y en el cual suele darse hospedaje. Es limpísimo, no un bañadero (charco o paraje donde suelen bañarse y revolcarse los animales monteses) y aún conserva algunos bañados (orinales) de museo. Me atienden bañeros (cuidadores de quienes se bañan tanto por el método ruso –vapor seguido de masaje y baño en frío– como por el turco −vapor caliente–). Para gente presurosa o cochinorra, baños austriacos: partes bajas y sobacos. Acudo al lavacro (baño) o semicupio (bañera para tomar baños de asiento) con mi pampanilla (taparrabos, que en Cuba se llama calembé), a gozar de la perfusión (untura) y me entrego luego al vaporario (aparato para producir vapor), a aliviar pulmones. Tantas palabras perdidas, tantas de nuestro idioma.

"Yo elijo hablar como me da la gana. Y no elijo la tontería hodierna engolada, cursi y agilipollada"

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¿Es antigualla tal léxico acuático? Lo será… aunque aún usan las gentes del bronce el clásico “¡Agua va!” −resumido en “¡Agua!”− para avisar peligro policial y urgir dispersión. Pero yo elijo hablar como me da la gana. Y no elijo la tontería hodierna engolada, cursi y agilipollada. Ya que estoy con asuntos tales, recuerdo la diatriba que lanzó en 1837 el doctor Mariano José González contra la proposición de ciertos diputados que reputaban inútiles y “aun perjudiciales” los directores de los baños. Aquellas sus señorías consideraban que los galenos cobraban un pastón del erario, amén del “derecho a exigir a cada enfermo diez reales de vellón por solo el acto de dar una papeleta y decirle: pase a los baños”. Además –siguen argumentando en recio español– apenas trabajan, como trabaja, por ejemplo, un juez, quien “tiene 365 días de trabajo y solo siete mil reales de sueldo; y un médico, cuyos yerros cubre una losa, y cuyos desaciertos se encubren siempre con la naturaleza del paciente, por solo noventa días de trabajo cobra treinta mil reales. Hay más: es necesario darle al médico un alojamiento, no como a un militar que solo dura tres días, sino durante la temporada, y algunas veces lo disfruta con toda su familia”. Contra tal dictamen se alza don Mariano alabando sin tasa a los directores médicos de los balnearios, quienes evitan que la prescripción curativa de “los desgraciados a quienes sus terribles dolencias obligan a buscar la salud en estos preciosos manantiales quede encomendada al acaso, o a merced de un estúpido charlatán o ignorante bañero”. Y concluye su perorata señalando seis culpables del abandono balneario: “La desidia, la incuria, la malicia, la intriga, la envidia, la ignorancia”. Prefiero muy mucho este modo de hablar y escribir al analfabetismo galopante de tantos próceres y próceras. Lo prefiero a quienes escriben smart light, smart city para hablar de mi pueblo. Prefiero una mezcla de Valle-Inclán con el gran entrenador Marcelo Bielsa gritando viva mi idioma, carajo.

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