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Ánxel Vence.

Crónicas galantes

Ánxel Vence

Guerra a palos y pedradas

Coquetean en estos días los estrategas con la hipótesis de una Tercera Guerra Mundial, lo que es tanto como ignorar que la Cuarta se librará ya con palos y piedras. Esta última predicción la hizo Albert Einstein, en frase que no hace mucho citó –por sorprendente que parezca– el presidente ruso Vladimir Putin.

No es seguro que Putin, en plan pacifista, pretendiese advertir al mundo de las consecuencias de un intercambio de misiles con cabeza nuclear. Bien al contrario, no ha parado de amenazar con el uso del vasto arsenal atómico de Rusia a medida que se le iba complicando la guerra convencional en Ucrania. Puede que vaya de farol, como los buenos jugadores de póquer; pero en casos como este conviene no tentar a la suerte.

Winston Churchill, que tanto tuvo que tratar con Stalin, confesó en su día que le resultaba imposible predecir lo que haría Rusia; y el tiempo no tardó en darle la razón. Los soviéticos se aliaron primero con la Alemania nazi y, a continuación, con las democracias occidentales. “(La URSS) es un acertijo, envuelto en un misterio, dentro de un enigma”, concluía el premier británico –gran productor de frases marmóreas– para definir la impenetrabilidad de ese enorme y algo melancólico país.

Vladimir Putin Efe

Tan enigmática es Rusia que algunos seguidores de Marx y Lenin exhiben aún su convicción de que sigue siendo un país comunista.

Varias manifestaciones trufadas de banderas rojas, hoces y martillos recorrieron esos días de ahí atrás, para probarlo, las calles de varios países del mundo en apoyo a la invasión rusa (o soviética, pensarían ellos) de Ucrania. Ni siquiera las muy cordiales relaciones del actual Kremlin con la extrema derecha europea y con el anterior presidente americano Donald Trump han bastado para sacarles del equívoco.

"¿Fanfarronear cuando amenaza con el uso de su cohetería atómica contra los países que apoyan a Ucrania? Estamos hablando de la misteriosa Rusia, liderada por un antiguo coronel del KGB"

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Con Putin pasa lo mismo que con Stalin, por diferentes que puedan ser. Nadie creyó en serio que su propósito fuese el de restaurar la antigua Unión Soviética; y tan solo la CIA advirtió que no estaba faroleando cuando se dedicó a acumular tropas en las fronteras de Ucrania.

Los estrategas de casino –que ahora hacen de expertos en la tele– consideraban, por el contrario, que una guerra del siglo XX sería del todo imposible a estas alturas del XXI. A diferencia de Churchill, desdeñaron lo impredecible que puede ser un acertijo envuelto en un misterio dentro de un enigma.

Algunos de ellos siguen considerando irreal la posibilidad de que Putin esté haciendo algo más que fanfarronear cuando amenaza con el uso de su cohetería atómica contra los países que apoyan a Ucrania. Pero estamos hablando de la misteriosa Rusia, liderada por un antiguo coronel del KGB.

Alegan no sin razón los expertos que las armas nucleares tienen un carácter estrictamente disuasorio en la medida que su utilización significaría el apocalipsis. La teoría de la Destrucción Mutua Asegurada, o MAD (loco, por sus siglas en inglés), sugiere en efecto que un conflicto atómico desembocaría en la aniquilación de los dos bandos enfrentados y la del planeta en general.

Volveríamos en el mejor de los casos a la Edad de Piedra, a la que tal vez aludiese Einstein cuando predijo una futura Cuarta Guerra a palos y pedradas. Lamentablemente, el futuro no parece formar parte de las preocupaciones del viejo Putin en su papel de Dr. Strangelove. Que no nos pase nada.

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