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Faro de Vigo

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El Garaje Puig

Antesala de la ciudad por la carretera de Vigo, fue todo un referente durante medio siglo para la familia automovilística por su buen servicio (1)

Antonio López Fernández, un renombrado arquitecto que trabajó para Hacienda o el Concello, y también para el sector privado, firmó el 29 de octubre de 1921 el proyecto de un moderno garaje por encargo de José Marcelino Puig Arrieta. Solo un mes y medio después, el industrial recibió la autorización oportuna para ejecutar la obra que dio forma al legendario Garaje Puig.

Con estructura sencilla de planta baja y amplia fachada de 382,12 metros, el garaje dispuso inicialmente de taller mecánico, almacén de utensilios, despacho, tienda y expositor de automóviles.

El nuevo garaje se ubicó junto a la carretera de Camposancos -antigua carretera de Vigo- y las calles Sagasta y Virgen del Camino. Precisamente la trasera por esta última rúa se fijó durante su construcción “en línea paralela con la casa de Ramón Poza al otro lado, con ocho metros de ancho de separación por medio”, según el requerimiento municipal.

Cuando la obra estaba ya avanzada, el propietario obtuvo el permiso solicitado para instalar un surtidor de gasolina en la acera de Sagasta.

El Garaje Puig comenzó su actividad en 1923, cuando esta ciudad contaba al menos con otros cuatro garajes bien conocidos y dedicados al alquiler de vehículos: el Gran Garaje, en la calle Progreso; Garaje Ramos, detrás del santuario de la Peregrina; Garaje Moderno, en la calle Alfonso XIII, a un paso del puente de A Barca, y Garaje Hispano, en la travesía de Riestra, al lado del dispensario de la Cruz Roja, donde estuvo la parada de Lola, la mujer taxista.

De todos ellos, únicamente el Garaje Hispano vendía coches y recambios Ford, una actividad lucrativa que enseguida desarrolló José Marcelino con bastante fortuna.

Un álbum familiar conserva hoy una octavilla publicitaria del Garaje Puig que anunciaba un partido de fútbol de máxima rivalidad el 11 de octubre de 1925 entre el Real Club Celta y el Pontevedra Athletic Club, en el Parque del Burgo. Por su reverso, aparecía el garaje como Agencia Fiat en Pontevedra, además de “taller de reparaciones, accesorios y gomas, bomba de gasolina y jaulas independientes”.

Después de la concesionaria de Fiat, el Garaje Puig representó a Dion Bouton, Opel y Chevrolet, sucesivamente; estas dos últimas marcas ya englobadas en la General Motors, el potentísimo grupo norteamericano. Su gran salto comercial se produjo entonces, cuando José Marcelino abrió una oficina de venta de estos coches en Vigo, donde había un poder adquisitivo mayor que en Pontevedra.

Él ofrecía hasta cinco modelos de turismos Opel de dos y cuatro puertas, con asientos para cuatro pasajeros, por unos precios entre 8.485 y 13.000 pesetas. Al mismo tiempo, vendía a plazos los camiones pequeños Chevrolet, con dos toneladas y media de carga útil y un depósito de gasolina de hasta 57 litros, que permitía recortar mucho sus repostajes.

Todo un acontecimiento supuso la gran exposición denominada Automotriz, promovida por la General Motors durante las Fiestas de la Peregrina de 1933, que incluyó un largo desfile de sus coches y camiones por toda la ciudad para mostrar su avanzada ingeniería mecánica: desde el embrague automático, hasta el acelerador de arranque o el amortiguador de inercia.

El Garaje Puig acometió dicho año su primera ampliación, mediante una elevación del techo con nuevas claraboyas y cumbreras por la parte trasera. Dos años después realizó la ampliación delantera, que autorizó el Circuito Nacional de Firmes Especiales, organismo estatal responsable de supervisar los alineamientos y las edificaciones que lindaban con las carreteras. En esta última ocasión, el proyecto llevó la firma del arquitecto pontevedrés Eloy Maquieira.

Ahí no acabó el crecimiento edificatorio del Garaje Puig. Hasta mediados de la década de 1950, siguió modernizando sus instalaciones cada cierto tiempo, incluida una adición de planta que multiplicó su capacidad de aparcamiento de automóviles, cuando las casas se construían en Pontevedra sin garajes propios. Primero el padre y el hijo después, quisieron ofrecer siempre el mejor servicio a su clientela amiga.

Luego adquirieron una casa anexa al garaje y allí levantaron su vivienda familiar: en el primer piso, la familia Puig-Sanmartín (José Marcelino con su mujer y sus hijas), y en el segundo, la familia Puig-Labrador desde su matrimonio.

A mediados de la década de 1950, el padre cedió protagonismo a su único hijo varón al frente del garaje, aunque permaneció al pie del cañón hasta su fallecimiento. Para ambos aquel negocio fue su vida.

Antonio Puig obtuvo la concesión de la casa de motos ROA para las provincias de Ourense y Pontevedra. La mayoría de los ganadores de las pruebas de aquellos años, con Manuel Romo al frente, formaban parte de los equipos ROA. Antonio impulsó además el alquiler de coches sin chofer, e incluso montó una academia de conducir que no duró mucho tiempo.

A pesar de que el Garaje Puig enmarcó la entrada a esta ciudad para cualquier visitante, la pavimentación de la carretera dejó bastante que desear hasta que se convirtió en Avenida de Vigo. Antonio no se cansó de reclamar su necesaria mejora. Igualmente, prestó un eficaz servicio al turismo incipiente, porque los vehículos extranjeros aprovechaban el repostaje para solicitar recomendaciones y consultar dudas.

El joven Antonio mostraba con orgullo en aquel tiempo una postal fechada en París por un trotamundos pontevedrés después de recorrer media Europa: “Amigo Puig, tengo que felicitarle pues en todo mí viaje no he encontrado aún una estación donde se engrase con la eficiencia y la honradez que en la suya”.

Medio siglo después de su apertura, cuando todo había cambiado tantísimo en el mundillo automovilístico, Antonio Puig Sanmartín afrontó la realidad con pena, pero con determinación, y en 1981 encaró un cierre tranquilo y ordenado del negocio creado por su padre.

La próxima semana contaremos la trayectoria más humana de los protagonistas de esta historia.

El banquete en honor de Calvo Sotelo

Por primera y también por última vez, el Garaje Puig acogía en ocasión muy especial un gran banquete en honor a José Calvo Sotelo el 25 de abril de 1924. Entonces Calvo Sotelo desempeñaba el cargo de director general de Administración Local; acababa de firmar el Estatuto Municipal y tras su aprobación se encontraba en plena campaña de propaganda por el interés despertado. Solo un año después entraba a formar parte del Gobierno de Primo de Rivera como ministro de Hacienda. Todo parece indicar que los organizadores de la visita de Calvo Sotelo eligieron el Garaje Puig para celebrar aquel almuerzo porque era el único local que existía en esta ciudad con capacidad suficiente para albergar a cubierto unos 500 comensales, entre alcaldes, concejales, diputados provinciales, secretarios municipales y delegados gubernativos de toda la provincia. El establecimiento de José Marcelino apenas llevaba dos años abierto y todavía presentaba un estado de revista más que aceptable. Una artística decoración en techos, paredes y mesas, hizo el resto por cuenta del Restaurant de la Estación, que tuvo a su cargo el almuerzo con beneplácito general. Ramón Iglesias fue capaz de servir allí un suculento menú al medio millar de asistentes: entremeses, langosta, merluza, huevos en salsa, timbal de pollo, ternera y fiambres, amén de frutas, quesos, dulces. Ofreció el banquete el alcalde César García Solís, en presencia de las primeras autoridades. Luego siguieron en el uso de la palabra otros comensales; se sucedieron los brindis y destacó especialmente una alocución de Antonio Losada Diéguez, antes del cierre del acto por el propio Calvo Sotelo.

El pleito de los camiones de limpieza

José Marcelino Puig extendió su negocio de venta de automóviles a Vigo en la década de 1930 y concretamente abrió un local en el número 20 de la populosa calle García Barbón, en el corazón mismo de la ciudad, para tratar de sacar el mayor partido a su condición de concesionario exclusivo de importantes marcas para toda la provincia. Cuando el Ayuntamiento de Vigo anunció en 1935 un concurso para adquirir ocho camionetas destinadas a mejorar su servicio de limpieza urbana, Puig no lo pensó dos veces y presentó su oferta. El pleno municipal celebró la reunión decisiva el 29 de marzo de aquel año, tras la recepción y el estudio de dos propuestas. La corporación presidida por el alcalde Salgado Urtiaga, analizó un informe realizado por el ingeniero municipal en favor del ofrecimiento remitido por el industrial vigués Demetrio Vázquez Rodríguez, representante de la marca Dodge, por considerar que sus vehículos ofrecían mayor fortaleza y calidad. FARO dejó entrever que el estudio del técnico no convenció a la mayoría de los concejales porque se armó un buen follón. Algunos ediles molestos optaron por abandonar la sesión, en tanto que los concejales presentes se decantaron finalmente por la proposición de Puig, concesionario de los camiones Chevrolet, de General Motors, por resultar más ventajosa económicamente. No satisfecho con el resultado del concurso, Demetrio Vázquez planteó un pleito judicial que el Tribunal Provincial de lo Contencioso-Administrativo falló a favor del Concello dos años después, en plena Guerra Civil. De modo que Puig y sus Chevrolet se llevaron el gato al agua.

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